Sé lo que hicieron el verano de 2007
Como sucede con todos los grandes hechos históricos, no hay un tiempo preciso, una línea de 24 horas que trace el límite entre la noche del statu quo y el día de la tragedia. Al revés, podemos citar al menos tres fechas del verano del hemisferio norte de 2007, y numerosos antecedentes significativos en los años previos, chispas que saltaban hacia el pasto seco sin captar la atención de todos. Veamos.
Uno
El 22 de junio de 2007, el banco Bearn Sterns debió rescatar apresuradamente a dos fondos de inversión que había promovido, basados en títulos respaldados por hipotecas. Las cifras alcanzaban los u$s 10.000 millones, y lo que era peor, su cotización se había desplomado de 100 a 10 en 24 horas.
Dos
El segundo episodio notorio del proceso sucedió exactamente un mes después, el 22 de julio, y este tuvo la peculiaridad de pasar a la historia con un apodo distintivo: el “martes negro”, en honor de su antecedente más notable hasta entonces, el martes 29 de octubre de 1930, que diera origen a acontecimientos que sacudieron al mundo entero por décadas.
Este 22 de julio no fueron un banco ni un par de fondos los que desfallecieron, sino más de 100 fondos que abarcaban el 23% de los créditos hipotecarios ajustables, por un valor aproximado de u$s 700 mil millones, que se hallaron de repente en “terreno negativo”.
Es decir, los papeles se estaban transando por valores que eran decenas de veces superiores al valor de las propiedades cuya compra financiaban. Como el pintor que advierte que le han sacado la escalera, decenas de bancos y millones de inversores estaban colgados del pincel, luego de que los deudores hipotecarios no pudieran hacer frente a sus deudas por el tipo de créditos que contrajeron.
Tres
Y el tercer hito de la catástrofe, aunque en apariencia menor que los anteriores, fue el que levantó las compuertas definitivamente y permitió que la corriente se llevara todo.
Sucedió el 9 de agosto de 2007, y consistió simplemente en que el banco francés BNP Paribas congeló los activos de tres de sus fondos de inversión hipotecaria ante la amenaza de una corrida. El Paribas no sufrió ese día, pero encendió la mecha.
Al otro lado del canal de la Mancha, el británico Northern Rock tenía muchos más fondos de inversión hipotecaria que el Paribas, y los masivos retiros de dinero de los alarmados inversionistas, un mes después habrían quebrado el banco si el gobierno del Reino Unido no hubiese decidido nacionalizarlo.
Pero lo que en Europa se saldó momentáneamente congelando fondos y nacionalizando bancos, un año después en EEUU implicaría una cadena de quiebras generalizada que se trasladaría a Europa y al mundo en forma potenciada.
La ley de la gravedad
La crisis en los mercados de títulos basados en hipotecas rápidamente se trasladó a otros mercados de crédito, y la tasa de riesgo la diferencia entre el interés que rinde un título y lo que rinden de los bonos del Tesoro de EEUU comenzó a subir constantemente. Los capitales huyeron entonces hacia el Tesoro estadounidense, desde Europa, desde Asia y por supuesto desde Argentina.
En ese mismo 2008, en nuestro país, el gobierno de turno trató de atenuar la fuga de capitales aumentando el impuesto a la exportación que cobraba a los cultivadores de soja.
Eso desató una batalla cuyas repercusiones llegan hasta hoy. Pero si en este pequeño rincón del mundo, tuvo esas consecuencias, qué no habrá sucedido donde las masas de capital acumuladas pueden derrocar gobiernos, desatar guerras y hasta quebrar Estados.
Justamente eso: ante el riesgo de crisis sistémica, muchos gobiernos, en primer lugar el de EEUU, y también varios de Europa y Asia, viendo la creciente disparada de inversiones, la caída estrepitosa del crédito, y el inicio inminente de la recesión, decidieron empeñarse en el rescate de los bancos.
Rescate y consecuencia
El gobierno estadounidense llegó a emitir dólares por valor superior al 50% del PBI del país (se habla de u$s 8 billones en al menos dos gigantescas emisiones), y una ruta similar dentro de sus posibilidades se siguió en la Unión Europea.
A raíz de eso, la deuda pública de varios Estados superó el 100% de su PBI en poco tiempo, y algunos como Grecia, Portugal, Irlanda y España se asomaron al precipicio de la quiebra sin que hasta hoy se hayan recuperado.
Los bancos beneficiados con esos rescates no los invirtieron en las economías de las que eran parte, sino que abrieron un nuevo y burbujeante ciclo especulativo, aunque esta vez no con títulos basados en hipotecas, sino en materias primas.
Así, entre 2009 y 2014 aproximadamente, los países productores de soja, minerales o petróleo, conocieron un veranito de precios altos y de alza del ciclo exportador que fue celebrado como el inicio de una nueva era de bonanza.
Pero no: sólo era una consecuencia menor de un proceso global que llevaba a la economía mundial en su conjunto hacia un estadio recesivo, en el que hoy nos encontramos. Las grandes masas de capital vuelven a buscar refugio en el oro, en los títulos del Tesoro de EEUU, o en todo tipo de negocios de corto plazo y gran rendimiento, como las célebres Lebacs argentinas o las emisiones de bonos brasileños.
Viendo el panorama completo, se aprecia una situación de impasse en la que la balanza ha alcanzado un equilibrio inestable en su punto más bajo.
El capital, que es el concepto y el sistema global de naturaleza más dinámica que hasta hoy ha conocido la sociedad humana, humea suavemente en el cráter. Más abajo, el volcán tiene demasiada energía acumulada.










