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Cuerpo y sangre de Cristo, una puerta de la eternidad

Ha dicho alguna vez un santo: “Si tan solo los católicos supieran lo que se les da en la Eucaristía, nuestros templos estarían repletos de fieles y a nadie ni siquiera por un instante se le ocurriría abandonar el sagrario, que es el lugar donde se conserva la sagrada forma”.

Los templos monumentales que se han construido y que son la admiración para aquellos que incluso no tienen fe, son fruto de la eucaristía.

La belleza, majestuosidad y perfección de esos templos son la expresión visible de un misterio que no puede ser narrado o descripto en palabras, por la majestuosidad inconmensurable de la suprema belleza que es Dios y que sin embargo ha decidido quedarse para siempre en el mundo en la eucaristía. Entonces la limitada mente humana y también su limitada sensibilidad expresan a través del arte lo que solo el alma puede captar de ese misterio infinito hecho finitud y de esa portentosa eternidad devenida en temporalidad. Del amor a la eucaristía han surgido las monumentales catedrales que hoy nos asombran, porque en cada una de ellas está el altar donde se consuma una y otra vez el acto redentor de Cristo que, en la misa, y solo por ella, hace memorial que actualiza y nos anticipa la vida futura. 

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Es la misa el lugar único, donde la acción salvadora de Cristo se actualiza, uniendo el pasado, el presente y el futuro y asumiendo de esta manera, a la creación entera en la realidad divina, cada vez que comulgamos con su sagrado cuerpo.

Nada es más importante que su sacrificio. El católico que sabe lo que significa ese sacramento y quedarse fuera es estar directamente fuera de la salvación.

En su palabra Jesús nos instruye sobre esto: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

También dice: “Les aseguro que si no comen la carne del hijo del hombre y no beben su sangre no tendrán vida en ustedes”.

La palabra de Dios es categórica además cuando afirma: “Éste es el pan bajado del Cielo, no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

La palabra de Dios es contundente: comer su cuerpo y beber su sangre garantiza la salvación para el que cree.

Cristo claramente en su palabra y de manera expresa manda ejecutar esa acción salvadora para garantizar salvación. Acción que debe hacerse no de manera simbólica, ya que Él dice: “mi cuerpo y sangre”, vale decir, cree la iglesia desde el principio en la correcta interpretación de las palabras de Cristo que él vive realmente en el pan y en el vino que son consagrados en el santo sacrificio de la misa. Esta interpretación que la iglesia fiel a la palabra de Cristo asume con suma prudencia, sumo discernimiento y diligencia y ciertamente auxiliada por el Espíritu Santo, ahonda en el misterio que siempre encierran las palabras de Cristo y afirma sin titubeos que en la Eucaristía está la realidad substancial, viva y real de Cristo que vive en el pan y el cáliz consagrados.

Las primeras comunidades cristianas se reunían a celebrar el banquete eucarístico, no como lo celebramos ahora, por supuesto, pero desde el principio con la conciencia de que al reunirse en el nombre del Señor debían cumplir el mandato de comulgar su cuerpo y beber su cáliz para garantizar la presencia viva, actuante y real de Cristo resucitado.

Después la iglesia misma a través de la meditación de las palabras de Cristo y bajo el influjo de la gracia, comprendiendo la profundidad y densidad del misterio que el Señor había dejado en la eucaristía.

El Papa Urbano, en 1264, instituye la solemnidad del Santísimo Cuerpo y la sangre de Cristo con el fin de tributarle a la eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud a quien es el único merecedor de la más alta adoración y devoción, Jesús el Señor, el rey de reyes.

La iglesia desea que los fieles católicos celebren con alegría portando en procesión a nuestro Señor Jesucristo, que ha querido quedarse en el mundo, en medio de nosotros, bajo las humildes formas del vino y del pan.

La presencia viva de Dios como alimento celestial nutre la vida de la iglesia y la fortalece, y la hace de algún modo indestructible, porque Dios es indestructible.

Todo lo bello y perfecto que tiene la iglesia es fruto de la eucaristía, la gloria de los santos es fruto de la eucaristía, porque es el mismo Cristo ayer hoy y siempre el que nos sigue convocando para que nuestra humanidad sea santificada y elevada por Él a través de la eucaristía.

La corona de santos fruto de la eucaristía a lo largo de los siglos es interminable, todos ellos se hicieron santos gracias a esa comunión íntima y total con Cristo en cada misa en que lo comulgaron.

Desde San Pedro hasta San Francisco de Asís; desde santa Catalina de Siena y Santa Clara hasta la gran santa Teresa de Ávila, y así hasta nuestros días, Madre Teresa de Calcuta, San Juan Pablo II y nuestro querido Cura Brochero, todos ellos frutos de la santa eucaristía. Es allí donde la iglesia es fuerte, victoriosa e inmortal. Incluso donde ella es débil, frágil y pecadora, también la eucaristía resplandece, porque es el mismo Cristo que en ella, sigue sanando a los enfermos, dando fuerza a los débiles y perdonando a los pecadores. Cuántas conversiones verdaderas suceden en las misas; allí Cristo mismo se le aparece al que lo busca y se le muestra en su rostro vivo, glorioso y compasivo, para consumir en su amor todo el dolor, todo el fracaso, toda la tristeza y la enfermedad del mundo.

La misa presencia viva, eficaz y sanadora de Cristo arenga a sus discípulos con santa arrogancia desde cada sagrario y en cada misa: “No teman yo he vencido al mundo”.

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