Nuestro pequeño mundo en el universo chino
Immanuel Wallerstein dice que desde el siglo XVII ha habido tres principales potencias hegemónicas a nivel global: Holanda, tras la guerra de los 30 años; Inglaterra, después de derrotar a Napoleón; y EEUU, al cabo de las dos conflagraciones mundiales de la centuria pasada. En este siglo XXI marcado por crisis, guerras y revoluciones, medio mundo sabe que en alguna parte se está gestando un nuevo hegemón, y la mayoría coincide en que el candidato más firme a ocupar esa plaza es China.
Por Rubén Tonzar
El gigante asiático ya ha mostrado en dos ocasiones decisivas su papel central en la nueva configuración del mundo. La reconversión capitalista iniciada por Deng Xiaoping en 1978 no sólo catapultó a China al centro de la economía mundial como potencia emergente: también permitió el triunfo global del neoliberalismo, entendido como un ataque feroz a los derechos de los trabajadores y al Estado de bienestar. No por casualidad, la histórica y masiva oferta de mano de obra baratísima que ofreció china desde entonces fue contemporánea de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

La segunda gran intervención china en los negocios globales se registra desde comienzos de este siglo. Cuando América Latina, nuestra porción superexplotada del mundo se rebelaba de conjunto contra un modo de producción históricamente fracasado (el extractivismo de materia prima), llegó nuevamente China con sus compras hipermillonarias para justificar la continuidad. Soja, minerales, petróleo, y todas las riquezas efímeras que financiaron el empobrecimiento secular del cono sur persistieron en el centro de sus economías gracias al consumo chino. Hasta ahora, cuando una nueva caída global de los precios de las materias primas vuelve a recordarnos a los americanos del sur aquella verdad esencial de la fábula de la cigarra y la hormiga.
Y la tercera ola, probablemente la decisiva para consagrar a China como el nuevo cacique de la tribu mundial está en pleno desarrollo: cuando EEUU dice que va a aislarse en sí mismo, China es el país más dinámico en financiación de infraestructura global. Ahora, además, impulsa un megaproyecto de conexiones entre Oriente y Occidente llamado Nuevas Rutas de la Seda. En mayo de este año, el presidente Xi Jinping anunció ante representantes de un centenar de países que aportaba u$s 70.000 millones adicionales de financiación para continuar el desarrollo de su ambicioso plan global de infraestructuras. El gobierno chino aportará u$s 14.500 millones, y otros u$s 55.000 millones serán préstamos de dos bancos nacionales, que se sumarán al Fondo Ruta de la Seda creado al comienzo de la iniciativa, que es de u$s 40.000 millones.
Ferrocarriles de alta velocidad, puertos, aeropuertos, centros logísticos, autopistas, canales fluviales y decenas de otras infraestructuras impulsadas y financiadas por China en decenas de países servirán para potenciar la unión comercial y cultural de Oriente y Occidente, “porque la economía mundial necesita nuevos motores de crecimiento”, proclamó Xi. China propone que otros Estados se asocien a los proyectos en lo financiero, en lo logístico y en la construcción. Pero cuando carga con el peso principal del gasto, y eso es en la enorme mayoría de los casos, pone condiciones dignas de consideración. Veamos.
De concretarse, la gran apuesta de integración económica mundial de Xi conducirá a una mayor influencia política y económica global de China, pero no sólo por su iniciativa y financiación, sino principalmente por los requisitos que impone a los interesados. Al respecto, el caso argentino es ilustrativo del conjunto: aquí ya hemos conocido anuncios de enormes inversiones chinas en 2004, en 2010, y ahora, tras el viaje del presidente Macri a Oriente. La primera vez, bajo la presidencia de Néstor Kirchner, se habló de u$s 20.000 millones en infraestructura para el Norte de nuestro país. En 2010, bajo la presidencia de Cristina Fernández, la promesa llegaba a u$s 10.000 millones, incluyendo dos represas en Santa Cruz y centrales nucleares en Río Negro y Formosa. Nada de eso se concretó, pero en el mientras tanto Argentina expandió de 5 a 20 millones las hectáreas de soja, con todo el terremoto sanitario, social y ecológico añadido, principalmente para ser uno de los mayores proveedores de China.
Ahora, el presidente Macri, que durante la campaña electoral se había postulado para detener el avance chino sobre la economía argentina, regresó con anuncios de inversiones por u$s 15.000 millones, otra vez centradas en infraestructura energética, otra vez con las represas santacruceñas en el centro del paquete. El viejo dicho español “el diablo está en los detalles” es una buena guía para analizar este asunto: la construcción de las represas está cuestionada judicialmente por el impacto que tendría sobre los glaciares Upsala, Moreno y Spegazzini, sobre el propio río Santa Cruz, y sobre los numerosos yacimientos arqueológicos de la región. Macri se comprometió a obtener la autorización de la Corte para la construcción de las represas (¿y la Justicia independiente?).
Luego vienen las centrales nucleares. Sin contar el hecho de que es una forma de energía rechazada mundialmente a partir del caso Fukushima, con la suspensión de proyectos de ese tipo en muchos países, está la cuestión de las tarifas. Algunos expertos señalaron que la tarifa eléctrica necesaria para justificar la inversión ascendería a un 500% más que la actual. Otra condición ya aceptada por el anterior gobierno y confirmada por el actual es que a cambio del financiamiento barato de los bancos chinos, las obras deben adjudicarse sin licitación… también a empresas y proveedores chinos. Otro ítem a considerar es la cláusula ‘cross default’: quiere decir que si una obra no se lleva a cabo por impedimentos legales o de cualquier otro tipo, caen todas las demás inversiones pactadas. Es decir, es un paquete, atado y bien atado, de tomar o dejar en bloque.
Por último, más allá de la eventual baratura de los créditos, el Estado argentino agregará un considerable volumen de deuda a sus obligaciones externas. China se transformará en un nuevo acreedor que podrá imponer más condiciones en las obras, en las compras, o en lo que desee. Esto ya ocurre en Ecuador y Venezuela, donde a cambio de adelantos de financiación adeudan a China el petróleo que aún no han extraído. Las Nuevas Rutas de la Seda pueden terminar, para muchos países como el nuestro, en los viejos destinos que siempre hemos conocido.










