Desde la nostalgia, la cobardía y el pesimismo a la esperanza
(Con extractos de “Ponerse la Patria al hombro “de SS Francisco)- En el Evangelio de Emaús hay una pedagogía de Jesús que nos da luz para que podamos ser fieles a nuestra misión de ser padres, gobernantes y pastores y de esta manera ser fieles a nuestro pueblo, desde una actitud de cercanía y acompañamiento.
En el relato dos discípulos más que caminando van huyendo, van mascullando amarguras, desilusiones, cabizbajos, con el semblante triste, derrotados. No se habían levantado del adormecimiento interior y estaban por eso incapacitados para ver el don de la vida que marchaba a su lado y que esperaba ser hallado. Cuantos dones , riquezas , tierras , cuántos hombres y mujeres en la patria , cuanta solidaridad , cuanto compromiso social, cuanta creatividad ,cuanta capacidad de goce festivo y artístico, cuanta fuerza intelectual, cuanta vida fluye realmente en la patria , cuanto legado heredado de nuestros ancestros que perviven en nosotros y que no logramos ver y explotar en el máximo de sus posibilidades. Cuanto talento desperdiciado ¿no? , que no siempre se ha visto acompañado por proyectos con continuidad en el tiempo y que no ha logrado tampoco convocar a la conciencia colectiva. Esta experiencia frustrante pudiera llevarnos al comportamiento huidizo de los discípulos y encontramos en un caminar con mucha amargura y fatiga, casi como agobiados por un futuro que no logramos vislumbrar.

Esa desilusión por nuestra realidad interna no nos permite ver el peligro mayor: un proceso de globalización con un poder económico y un lenguaje que exalta el individualismo y el consumo como un estilo de vida, todo ello regido por meras leyes de mercado aplicada según las conveniencias de los poderosos poniendo el valor absoluto en la economía y no en la persona, en la ley suprema de un capitalismo feroz que mata miles de seres humanos todos los días. Ese es el peligro mayor que hay que contrarrestar y por el que hay que consumir energías; nuestras luchas internas pudieran hacernos perder de vista el real enemigo al que debemos presentarle batalla.
Podemos como los discípulos de Emaús quedarnos presos del amargo asombro y la murmuración quejumbrosa, o ¿seremos capaces de dejarnos sacudir por esa memoria histórica y salvífica de nuestro pasado de gloria que puede sacarnos del adormecimiento? Hemos sabido como pueblo cargar al hombro nuestro destino cada vez que en la solidaridad y el trabajo forjamos una amistad política de convivencia racial y social que marco nuestro estilo de vida. Nuestra historia nos recuerda que supimos ser parte y que supimos acercarnos y acompañarnos. Supimos organizarnos con capacidad creativa individual y colectiva y desde la organización popular y hemos conocido momentos fundantes de cambios civiles, políticos, sociales, logros culturales y científicos que nos sacaron del aislamiento y demostraron nuestros valores como pueblo. Momentos que nos dieron un sentido de identidad más allá de nuestras complejas diferencias, donde predomino por sobre todas las cosas el interés común. Nuestro presente nos pide una grandeza moral que nos lleve a apostar por esta verdad superior que es el bien común y entonces rememorar lo que nos une y construye y apuntalarnos más desde nuestros logros que desde nuestros fracasos.
Más que la mirada frustrada y amargada de los discípulos de Emaús, lo que nos sirve es dar lugar al encuentro y según este evangelio sentarnos a la mesa y dejarnos convocar por el gesto profundo de Cristo: El pan bendecido que se debe compartir. Esa imagen de sentarnos en la misma mesa en actitud constructiva y sobre la base de una irreductible esperanza nos convoca a vivir de otra manera, a dejar la nostalgia y el pesimismo y atrevernos a refundar el vínculo social y político y fraterno entre los argentinos. Reconocernos de nuevo en nuestra identidad ciudadana convocados a un bien, a una finalidad con sentido; una mesa donde todos puedan sentarse porque si hay algunos que quedan excluidos, lo que nos queda es solo el enfrentamiento. En nuestra historia hemos aprendido lo que nos sirve y lo que no, no nos sirven los intelectuales sin talento, ni los aticistas sin bondad, ni los historicismos manipulados por intereses ideológicos, no nos sirve el criticismo destructivo. Hay que apelar a lo hondo de nuestra dignidad como pueblo y a nuestra sabiduría, a nuestras reservas culturales que tiene que ver con la ternura y los gestos sencillos que hemos aprendido en familia.
Lo que nos enseñaron nuestros padres, celebrar, amar y defender la vida, cuidar la fragilidad de los más pobres, abrir solidariamente las manos ante el dolor y la pobreza, hacer fiesta y rezar, y la ilusión continúa de querer trabajar juntos para superar juntos nuestras comunes pobrezas. Quizá la vuelta a Jerusalén de los discípulos de Emaús que volvieron gozosos a anunciar que el muerto estaba vivo, signifique para nosotros volver a los hitos fundacionales más significativos de nuestra historia como patria, poniendo de nuevo la mesa de la esperanza y del encuentro como paradigma que nos permita dialogar. Mesa, donde no ya la nostalgia desolada sino el clamor de esperanza nos anime a proclamar casi como un grito de pascua que la argentina está viva y que es posible pensarnos como una gran casa de familia, donde desde el compromiso de todos se trabaje por la justicia, la paz , la unidad y el progreso para todos los convocados a esa mesa, que es la mesa de nuestra argentinidad.










