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La vida es un cuento

En búsqueda de ese alguien

“Desnudarse no tiene que ver con nada físico, tiene que ver con abrir mi corazón a otros para contar mi propia historia, esa que a veces duele”.

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No era una noche cualquiera, bah! hasta el momento estaba siendo bastante aburrida, nochecita de sábado, fresca de invierno, éramos jóvenes. Solo había que inventar algo, y no se trataba de salir a algún boliche, era algo distinto, llamé a dos amigos:

- Carlitos, ¿qué haces?, ¿querés acompañarme a hacer algo?

Hola, nada che, ¿y qué vamos a hacer?

- Ya te vas a enterar… Necesito que cargues en tu camioneta lo que te voy a pedir, la mesita chica esa que tenés, tres sillas, y conseguite un buen vinito.

Eh; pero contame por lo menos de qué se trata.

- Te espero para las 21.

A la otra amiga: - Hola negra, ¿qué haces?

Nada, acá aburrida, ¿vos que hacés? - ¿Querés acompañarme a dar una sorpresa a alguien?

¿A quién? -

¿Querés o no? Bueno sí, no tengo nada para hacer.

- Te espero para las 21, en casa, traete el mejor mantel que tengas en tu casa, servilletas, cubiertos y 3 copas de vino.

Ok, dale.

Ya reunidos, salimos en búsqueda de ese alguien que nos compartiría un pedazo de su vida.

A esa hora las posibles personas no estaban, no había nadie en la calle, recorrimos bastante, hasta ver un señor, en una esquina oscura, durmiendo en el piso.

¡Ahí, ahí!, bajó mi amigo, nosotras atrás.

Agachándose con delicadeza, le toca el hombro: Señor ¿le gustaría compartir con nosotros una cena caliente?

El señor gira, en su desconcierto, entre dormido y totalmente descolocado nos mira y dice:

¡Si claro!, hace rato no como algo calentito. Ustedes parecen ángeles ahí parados, ¿de dónde salieron?

Mi amigo lo ayuda a levantarse, y nos damos cuenta que tenía una sola pierna, lo ayudamos a sentarse a la mesa que ya estaba con el mantel, el vino, los platos, cubiertos dispuestos de tal manera, que a la noche no le hacía falta nada más.

Serví los ravioles calentitos que había llevado en una conservadora, para mantener el calor. Casi como en una ceremonia de algún Rey de cuentos de hadas, él sentado en la mesa; yo observando cada uno de los detalles de su rostro, de sus movimientos corporales, no me gusta perderme ni un gesto, cuando estos acontecimientos suceden en mi vida, cada segundo es un regalo.

Comimos, tomamos, entablamos charlas que son para escribir un libro sobre nuestro amigo Aguirre, algunas palabras que me las guardé:

“Yo vivo en la calle porque me gusta, me gusta ser ‘libre’, no es que no tenga adonde ir, mis hijos siempre me vienen a ver, este es mi lugar, muchas veces me quisieron llevar, pero yo no quiero.

Me enamoré perdidamente de esa mujer que murió en ese accidente, y nunca más volví a amar a nadie.

Me chocó un tren, perdí la pierna, pero eso no impidió que yo siga con mi vida. Esta noche es una noche muy especial por lo que está pasando, ¡gracias!”.

Se hizo un poco tarde, la escarcha tal vez había caído sobre nuestras cabezas, pero la verdad que ni cuenta nos dimos, era tan cálida la compañía; nos despedimos con unos besos con la promesa de pasar de vez en cuando a saludarlo.

Aprender que los gestos simples pueden llenar el corazón de otras personas, fue lo más lindo que saqué de esta experiencia, abrir el alma a un extraño que en realidad no lo es, porque está escrito en algún lado cósmico del universo que nos debíamos encontrar los tres para darnos contención, escucha, historias de vida.

Hacer un acto de amor, ya sea pequeño o grande, es una de las cualidades que todos poseemos, te aseguro que la vida se hace más alegre, valorándose situaciones y objetos muy sencillos que no cuestan dinero, solo tenés que ‘verlos’, están a tu alcance.

Nuestro mundo se construye con actos bondadosos, vos sos parte de él, te propongo hacer uno todos los días.

Abrazo del alma para vos.

Facebook: Corina Schaefer- La vida es un cuento

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