La familia Címbaro Canella y la peste bubónica
Por Marcos Misiaszek - Si acaso hubo una peste que la mayoría conoce y que inmediatamente nos transporta a otra época, es la peste negra o bubónica. Fue la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad y la reconocemos casi inmediatamente en pinturas antiguas donde se evoca el sufrimiento humano ante la cruel infección, pero a pesar de que la asociemos a Europa o tierras lejanas, y sobre todo a tiempos de la Edad Media.

Pisó suelo argentino y no en años tan lejanos, su efecto fue tan devastador que un conocido personaje del Chaco se encargó del trágico suceso, el reconocido médico Julio Perrando.
El ingreso en el país
La epidemia se adentró en Sudamérica a través de las rutas marítimas de diferentes regiones del mundo. Según la revista Biomédica la peste ingresó en abril de 1899 con la llegada a Montevideo (Uruguay) del velero holandés Zeir. La embarcación provenía de Rotterdam y transportaba un cargamento de arroz de la India. En el viaje se encontraron ratas muertas y, posteriormente, dos marineros fallecieron infectados, probablemente por la peste. Una vez en Montevideo el cargamento fue transferido al barco de vapor argentino Centauro, que partió el 19 de abril, pasó por el puerto de Buenos Aires, La Plata y el río Paraguay, para llegar a Asunción (Paraguay) el 26 de abril. En esa nave también se advirtió la presencia de ratas muertas. La familia Címbaro Canella de Fontana nunca olvidaría el año 1924, cuando perdió a nueve de sus integrantes. Un diario local publicaba: “Es duro y cruel que seres que se han visto dos días antes llenos de salud y alegría, perezcan repentinamente, azotados por las malditas epidemias”. Más adelante agregaba: “La bubónica pulmonar ha hecho su aparición en Vicentini, devastando traicioneramente un hogar de antiguos y apreciados vecinos del territorio que cooperaron entusiastamente en los trabajos de progreso”.
Dolor infinito

En la construcción antigua que en 2000 cumplió más de cien años fue el escenario del drama.
Ferno Fermín Címbaro Canella fue uno de los sobrevivientes que en una publicación de NORTE recordó los diez días de puro terror.
En la misma casa, encerrados herméticamente en sus habitaciones, quedaron aislados los integrantes de la familia y personas que casualmente estaban de visita. Alrededor, un cerco de policías impedía que alguien ponga un pie fuera de la construcción, ya que era necesario que la muerte quedara encerrada.
Todo comenzó cuando su hermano Clorindo, que trabajaba en un almacén de Puerto Tirol, acomodando cosas en el depósito retiró una rata muerta. Nadie sabía que aquel pequeño cadáver desataría en poco tiempo un caos impredecible.
El adolescente se sintió muy enfermo, estaba pálido, tembloroso e incluso sufría de esporádicos ataques de vómitos con sangre. Sin saber cómo proceder, la familia acudió a Julio Cecilio Perrando.
El médico sugirió llevar al enfermo hasta la vieja casa ubicada en Puerto Vicentini para acortar la distancia hasta el hospital y para actuar con velocidad. El hermano volvió a la casa y con él, la peste.
Clorindo tenía 16 años y tres días después, el 19 de marzo de 1924, luego de luchar contra la infección que no daba tregua, falleció en la casa. Al día siguiente del entierro, empezaron a mostrar los mismos síntomas sus padres. Luego otra hermana, Aurora, de 19 años. La joven iba a casarse en julio pero cuando la epidemia asaltó la casa y su novio de apellido Piccilli que estaba de visitaba también debió quedar en la vivienda de los Címbaro Canella.
Ferno recordó que familiares de Aurora alentaban al novio a escapar de noche, aprovechando las sombras, pero el muchacho se negó y eligió permanecer al lado de su amada hasta el final. El 25 a las 10.20 falleció Aurora, a las 11 su padre, que tenía 45 años, y a las 18, la madre, de 39 años.
Piccilli sobrevivió a la epidemia y algunos lo recuerdan de pie junto a la sepultura de Aurora, que fue enterrada con su vestido de boda.
Días terribles
En una de las fatales madrugadas, Perrando acudió a la vivienda a examinar a los ocupantes de la casa. Los pacientes escupían sangre y apenas podían mantenerse en pie. Eran los mismos síntomas que había sufrido Clorindo. El doctor pidió una junta médica y se confirmó lo que todos más temían: la familia Címbaro Canella y sus visitas estaban siendo atacadas por la peste bubónica. Un día después de las primeras muertes, cayeron enfermas Olivia y Ernesta, familiares de los Címbaro Canella. Luego, el mal atacó a Francisco Bergagno y a José Dellamea, otros inquilinos de aquella inmensa vivienda. Los cuatro murieron entre el 31 de marzo y el 1 de abril.
Perrando ordenó que los niños fueran subidos a un sulqui inmediatamente, para ellos aún había esperanza.
Los que sobrevivieron momentáneamente a la epidemia fueron confinados en un rancho de barro que estaba al fondo de la casa: Catalina Blazutto (la abuela), un peón de apellido Duarte y José Címbaro Canella. En aquel lugar José enfermó y murió, pasando por los horribles síntomas que vivieron sus familiares.
La abuela y el peón se trasladaron a otro ranchito, aunque parecía que la infección lograba colarse más allá de la vieja construcción y ese era el miedo principal de las autoridades.
En un momento de confusión, y tal vez aprovechando algún descuido en el cerco sanitario que cada vez se extendía más, Duarte pudo escapar del infierno. Los tiros sonaron por un tiempo pero pareció ser que ninguno logró alcanzarlo. Se realizaron búsquedas para dar con él, pero no pudo ser encontrado por ninguna parte. Había desaparecido y con él, también desapareció la peste.
Luego de aquellos caóticos días se tomaron decisiones drásticas para combatir el posible avance de la enfermedad. En primer lugar, las autoridades decidieron prender fuego a todo lo que había en la casa. No se salvó nada, incluso, un enorme almacén se quemó y enterró. Recuerdos de todo tipo, muebles, objetos de valor, hasta joyas, fueron consumidos por el fuego.
De esta fatal historia quedaron pocos sobrevivientes y gracias a uno de ellos, Ferno Fermín Címbaro Canella, pudimos conocer lo que realmente pasó en aquel nefasto 1924.
La historia de una familia prácticamente aniquilada por una epidemia, del fuego que lo consumió todo, incluso de los recuerdos que atestiguaban a los habitantes de la casa, perdidos para siempre.
Del espectro asesino que apareció en un viejo almacén por sorpresa y que con la misma agilidad desapareció para siempre de nuestra ciudad, podríamos pensar que el peón Duarte se encargó de llevarlo lejos con el deseo tal vez de terminar con aquella pesadilla, aún si el precio era su propia vida.
Fuente: Bajo La Lupa










