Salvadora Medina Onrubia, la Venus roja de las redacciones
Tenía 16 años y estaba embarazada cuando decidió irse de Gualeguay, Entre Ríos. Le había dicho a su madre, una maestra viuda, que se iba a la capital de la provincia con un abogado con el que “andaba de amoríos” y del cual esperaba un hijo. Pero al llegar a Paraná, él le dijo que era casado y que no podía asumir la responsabilidad de cuidarlos a ella y al pequeño.
Por Pamela Soto
Entonces Salvadora Medina Onrubia tomó las riendas de su vida y se fue a vivir a Rosario, ciudad que por esas épocas -1910- era la cuna del anarquismo, una ideología que ella abrazó destacándose como oradora y en la redacción de proclamas.

Fue la primera mujer en trabajar en la redacción de un diario argentino cuando llegó a Buenos Aires. Llegó al diario La Protesta con su pequeño hijo en brazos, una carta de recomendación de sus compañeros anarquistas. Viéndola así, tan valiente y determinada, el editor le dio un puesto y un sueldo fijo, algo que impensado en un momento que las trabajadoras, por ley no tenían permitido casarse, mucho menos tener hijos.
Meses después, cuando el diario Crítica estuvo en problemas, se presentó molesta y dispuesta a confrontar a Natalio Botana, porque se había burlado de un artículo escrito por ella. El periodista uruguayo era un joven de 27 años, muy culto, que fundó el diario con dinero ganado en apuestas. Al verla, dicen, que quedó impactado por fortaleza, seguridad y rudeza que transmitía Salvadora. Natalio se enamoró. La admiraba por ser madre soltera, de hecho luego adoptó al niño como propio llamándolo Carlos Natalio Botana y que cariñosamente le decían Pitón. El muchacho creció creyendo que era su hijo biológico y jugando debajo de los escritorios del director y la flamante ‘mandamás’ de Crítica. Los otros tres hijos de la pareja (Elvio, Tito y Georgina) también se criaron así.
Con la camiseta puesta

Salvadora no iba a quedarse en casa cuidando los niños, como otras mujeres. Ella desafiaba constantemente las normas de impuestas por la sociedad conversadora de su tiempo.
Como era de esperarse, no tomó un rol cómodo en Crítica, sino que se ocupó de cuestiones esenciales. Una de ellas fue sanear problemas financieros como grandes deudas por alquileres impagos e incluso con los trabajadores. Para evitar gastos, iba temprano y cocinaba para los trabajadores.
Cuando hubo ganancias compraron una casa con cuatro hectáreas de parque en Florida, partido de Vicente López, a la que bautizaron Villa Alegre.
En caída libre
El poderío de los Botana en el mundo periodístico comenzó a decaer cuando Pitón, el hijo mayor se enteró que Natalio no era su padre biológico y se suicidó. El matrimonio nunca más volvió a ser el mismo y Salvadora se convirtió en un ser sin alma que deambulaba por las casas de lujo que tenían. La pareja siguió junta pero solamente por el diario. Construyeron la mansión Los Granados, en Don Torcuato, donde Salvadora hospedó a personajes como Pablo Neruda, Federico García Lorca, Carlitos Gardel y el David Alfaro Siqueiros y su mujer, la escultural poetisa uruguaya Blanca Luz Brum.
Una de las turbulencias del diario fue cuando el General Uriburu -a quien Botana había apoyado en su golpe contra Yrigoyen- notó que el diario se estaba volviendo en contra de su gobierno. Una madrugada lo clausuró, detuvo a 30 empleados y al matrimonio Botana, que dormía en su residencia. Después de la liberación, ambos se exiliaron en Uruguay.
Un día de invierno en 1941, Natalio viajó a Jujuy con amigos en su Rolls Royce. En el camino el coche se desbarrancó y cayó desde un puente. Horas después Botana falleció. Lo velaron en la redacción de Crítica y los personajes más grandes del país pasaron por la capilla ardiente.
Salvadora manejó el diario por los siguientes 22 años sin dejar de desarrollar su pasión por las letras. También publicaba regularmente artículos para medios prestigiosos como La Nación, El Hogar y Caras y Caretas.

Durante el gobierno de Perón se hizo notoria la rivalidad entre Salvadora y Evita, que declaró a Crítica su enemigo, quitándole la cuota de papel y por consiguiente, lo condenó a un tiraje mínimo. Un empresario acaudalado ayudó, pero la sentencia de muerte estaba firmada y llegó el día de la ‘escritura de cesión’. Salvadora lloró sabiendo que era el fin de una era, dispuso todo para que su palacete de varios cuartos, se convirtiera en una pensión. Allí vivió, modestamente e ignorada, hasta el día de su muerte, a los 77 años.
*Fuente: Salvadora Botana: Anarquista, periodista y poeta. Revista Todo es Historia. 2001, Capital Federal.
La Carta a Uriburu
Si bien la relación de Salvadora con el gobierno de Hipólito Yrigoyen no fue buena, peor fue con la dictadura que lo volteó, encabezada por el general filofascista salteño José Félix Uriburu. Crítica festejó la caída del presidente en tapa, aunque el nuevo César no era lo que esperaba y terminó clausurando el diario y mandando a prisión a Natalio y a Salvadora.
Cuando un grupo de intelectuales solicitaron “magnanimidad” para Salvadora por ser poeta y madre, ella desde la cárcel mandó una carta en la que agradecía el gesto de sus compañeros y reclamaba un trato común. “General, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta cómo, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio”, escribió.
Primera en todo
Salvadora Onrubia también fue la primera escritora sudamericana en estrenar una novela en el teatro. Las Descentradas era una obra autorreferencial, contaba el rol que ocupaban las mujeres en los años 20 en Buenos Aires.
Su protagonista, Elvira Ancizar, casada con un ministro al que aborrece y denuncia por sus ‘arreglos’ políticos telefoneando a un conocido periodista, de manera anónima. El periodista se convierte en el prometido de su mejor amiga y en su oculto enamorado. La búsqueda de una autora desconocida y escasamente representada es construir modelos alternativos a los estereotipos de la tradición literaria. Reescribe las historias sentimentales mil veces contadas en folletines o letras de tango para contradecir el modelo de felicidad para las mujeres.










