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Poner el cuerpo

Las mujeres venimos poniendo el cuerpo hace mucho tiempo. A la pobreza, a la maternidad, al marketing que nos convirtió en objetos deseados o descartables según se precise, al trabajo, todos los trabajos, el de la casa, el del campo, el de la fábrica, el de la villa. Y a la muerte.

Se viste con nuestros cuerpos la muerte, se llama con nuestros nombres la puñalada, el disparo, el martillazo, la asfixia, aunque después la justificación de lo injustificable nunca nos nombre, y solo nos llame la drogona, la bailantera, la imprudente.

Le ponemos el cuerpo a todo y a todos menos a nosotras. Relegadas y ninguneadas, nos creímos aquello de que el amor todo lo acepta, todo lo perdona, todo lo lava, lo limpia y lo plancha, y aceptamos que ser princesas tiene sus costos, que a veces los príncipes azules solo necesitan un poco de amor para cambiar y que, si no te posee, no es amor.

Esa creencia abonó un terreno fértil que nos convirtió en presas. Desde lo doméstico, lo laboral, lo simbólico, lo mediático y lo institucional las violencias contra las mujeres, en su acepción de entidad femenina y no solo de mujer biológica, aumentan de manera alarmante, aunque solo sean nuestros cuerpos sangrantes los que lleguen a los titulares. 

Hay que morir para ser noticia, hay que sangrar para que te reciban la denuncia, hay que trabajar el doble para ganar lo mismo, hay que parir para estar completa y hay que aguantar para ser una mujer como Dios manda.

Un Estado ausente y políticas de género que no pasan del discurso demagógico y la ignorancia cínica nos deja inermes frente a la violencia.

En una ecuación indigna, a mayor cantidad de femicidios, menor presupuesto. A mayor necesidad, menor respuesta, a más mujeres en riesgo, menos prácticas que conlleven a soluciones reales y no parches. Quieren curar el cáncer con aspirinetas y restañar un cuchillazo con curitas.

La violencia contra las entidades femeninas no es casual ni un hecho aislado y debe ser comprendida y tratada responsablemente como un problema social que atraviesa lo jurídico, lo económico, lo político y lo cultural.

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La enorme desigualdad y la exclusión de las mujeres se refleja en hechos que van de lo más complejo a lo más simple, desde una entrevista laboral en la que a la mujer se le pregunta s tiene hijos o si piensa tenerlos, y al varón no, hasta el dominio y la soberanía del cuerpo, que en nuestro caso está supeditada a la mirada, deseo, mandato de una sociedad heteropatriarcal que nos divide en zorras o madres.

La justicia, como parte de este Estado que nos niega, aporta su granito de arena a las condiciones de precariedad en que nos coloca esta desigualdad en el equilibrio de poder: penas mínimas y en suspenso a agresores extremadamente violentos, como en la vergonzosa sentencia que la jueza Lezcano de Urturi acordó al golpeador Raúl Sebastiani,  medidas cautelares que no incorporan a los niños y niñas, quienes continúan expuestos y son usados a menudo como arma de amedrentamiento hacia la mujer, revictimización de las sobrevivientes a través de innumerables instancias en las que se ve obligada a repetir su infierno, justificarse, explicar que no hizo nada, como si la violencia machista necesitara alguna otra razón que su poder para ser ejercida.

Razones que justifican lo injustificable, como las que esgrimen los medios cuando buscan en la vida de la víctima las razones de la violencia: la chiquilina que se fue del boliche con un desconocido, la mujer que lo dejó, las mochileras que viajaron "solas" a un país extraño, la travesti que ejercía la prostitución, la nena que salió sola al almacén. Todas las excusas son buenas para no reconocer que, como dice la canción, nos matan por ser mujeres.

Y nuestros cuerpos de mujeres siguen cayendo, cada día, en infinitas violencias que nos matan, aunque a veces sigamos respirando.

Es tiempo de que elijamos poner el cuerpo por nosotras. Es tiempo de que decidamos empoderarnos y ganar a golpe de paro y marcha lo que nos corresponde por el solo hecho de ser humanas: la libertad, la salud, la soberanía de nuestras decisiones, la igualdad laboral, el reconocimiento de nuestros trabajos no remunerados, el acceso a la educación y a puestos de jerarquía en igualdad de condiciones y sin tener que elegir entre realizarnos como trabajadoras o criar una familia.

La situación que atravesamos y nos atraviesa no va a cambiar por si sola. Ni por estados en las redes sociales ni por un cartel pegado en la luneta del auto.

Facebook no es suficiente, Twitter se queda corto, Instagram no muestra todo y los  me gusta no reparan injusticias. Es necesario, diría que imprescindible que una vez más, las mujeres salgamos a poner el cuerpo, pero esta vez por decisión y necesidad propias. La resistencia es en la calle, en manada, marea, multitud, que se lleve por delante los viejos paradigmas, las antiguas inequidades, las culpas atávicas y el pecado original que nunca cometimos.

Salir de la virtualidad para sumarnos en carne, hueso y grito al ni una menos que ha dejado de ser pedido o deseo para transformarse en exigencia innegociable, en demanda de millones de mujeres alrededor del mundo, en más de 40 países que se suman al 8M, un día histórico y no solo en la realidad de las entidades femeninas, sino en el contexto integral de una sociedad que debe cambiar, aunque se resista.

No hay tiempo para la hipocresía ni la demagogia. Nos están convirtiendo en una especie en extinción, no podemos esperar más. Ni nosotras, ni la sociedad en general, ni el Estado, ni los gremios que deben amparar a las compañeras para que este 8 de marzo puedan adherir al paro y asistir a la marcha. No se puede hablar de defensa de los derechos de los trabajadores y hacer la vista gorda a un pronunciamiento claro y definitorio.

"Este 8de marzo la tierra tiembla" No la dejes temblar sin vos.

(“Colectivo Ni Una Menos Resistencia")

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