“Educar es un compromiso social y político”
Apasionada, inquieta, lectora compulsiva, no hace falta presentar a Martha Bardaro, profesora de filosofía y ciencias de la educación conocida por su dilatada y comprometida trayectoria en el campo de la docencia universitaria y en contextos de encierro, y por su activa militancia en favor de las causas populares y los derechos humanos. Pertenece a una generación que se comprometió con las ideas de su tiempo, y que hoy asume como un desafío las turbulencias que traen las disputas por las ideas en una Argentina quebrada en dos, con sus venas abiertas y a la intemperie, como un tajo profundo de la historia. Por eso para ella la docencia es una experiencia vital y educar un compromiso social y político que no puede ir disociado como tampoco puede ejercerse “sin amor al otro, sin pasión, sin compromiso, sin ética”
Entrevista: Mila Dosso
Fotos: Fabián Maldonado
Egresada en Escuela Normal Mixta Sarmiento como maestra normal, se recibió en Facultad de Humanidades de profesora en Filosofía y Ciencias de la Educación, “lo más próximo a mi vocación primigenia, la psicología, no el profesorado, sino para atender pacientes. Pero no había posibilidad ni aquí ni en Corrientes como tampoco yo tenía posibilidades de irme a otra ciudad”
Locuaz, andariega, de risa alegre y contagiosa y convicciones férreas, con algo más de 70 joviales años, conversó largamente con NORTE en la generosa y colorida biblioteca de su casa, un rincón acogedor y ameno, donde la charla discurrió por todos los andariveles por los que su espíritu ávido, solidario, profundamente humanista, la llevó a caminar haciendo de su vida una aventura fascinante y un desafío permanente.
“Nunca mi vocación docente y mi compromiso social estuvieron disociados. No podrían estarlo. La docencia es una experiencia vital y educar un compromiso social y político que siempre va de la mano con el deber y el placer, con la identificación vital y existencial con los otros y su realidad, su entorno, sus condiciones de vida”, dice con un brillo encendido en la mirada, y apuesta a mucho más: “La docencia sin amor al otro, sin pasión, sin compromiso, sin ética, no es docencia”
Le gusta hablar de su familia, de sus sobrinos y sobrinos nietos, a los que “amo con locura y de los que me siento muy orgullosa”, de su despertar a las inquietudes existenciales, sociales y políticas en el seno de una familia “católica, aunque no muy practicante. Mi padre era Radical Yrigoyenista y muy antiperonista. Pasé por una etapa mística, como muchas adolescentes, e incluso pasó por mi mente la idea de hacerme monja”.

-¿Cómo despertaron en vos esas inquietudes sociales y políticas que abrazarías a través de la docencia y que aún signan tu vida, y cómo llegaste al peronismo y a la militancia activa en el campo popular?
-Me marcó mucho la filosofía de la existencia, comúnmente llamada existencialismo. Más o menos por esa época un gran amigo, Jaime Dri, vino a mi casa y me trajo una carilla escrita a máquina, no había “compus” todavía en Resistencia, y me pidió que la lea y le de mi opinión.
-¿Y cuál fue esa opinión, de que se trataba ese texto?
-Lo leí de inmediato, devoraba todo lo que encontraba porque estaba ávida de conocimientos. Me pareció un texto maravilloso de modo que le pregunté quién era el autor. Cuando supe que era Perón no lo podía creer. Me habían hecho pensar que Perón era un monstruo bruto y aquí me encontraba con una mente brillante. Ése fue mi primer encuentro “intelectual” con el peronismo.
-¿Así te hiciste peronista?
-Después vino el encuentro “vivencial” cuando empecé a militar en las villas del Gran Resistencia, junto a un grupo del peronismo de base.
-¿En qué villas militaste?
A mí me tocó ir a villa Río Negro un barrio muy humilde, donde había jornaleros, ladrilleros, amas de casa, en su mayoría analfabetos.
-Te trasladaste a vivir allí, ¿por qué?
-Sentía que era una incoherencia no hacerlo, vivir un compromiso real desde mi cómo lugar en la ciudad.
-¿Te resultó fácil establecer lazos con una comunidad a la que no estabas acostumbrada?
-Yo llevaba ya varios años trabajando con alumnos secundarios y universitarios que me decían que mis explicaciones eran clarísimas, De modo que fui tranquila a empezar mi relación con otras personas. Pero de entrada me di cuenta que no me entendían. Pese a mis esfuerzos redoblados y pese a la amabilidad con que me recibían, era evidente que cuando se abordaban cuestiones fundamentales era como si yo balbuceara frases en algún idioma extranjero.
Aprender a escuchar
-¿Cómo saliste de la encrucijada?
-Ahí aprendí a escuchar. Me invitaban a sus reuniones y a las asambleas de la villa. Había momentos en que yo sentía que se me ponía la piel de gallina: era hermoso escuchar esas voces ásperas, rudas, que decían con las palabras más simples y cotidianas, las grandes cosas que yo había aprendido en la facultad con términos tan difíciles.
-Te separaba sólo el idioma académico de ese lenguaje cotidiano y simple
- Sí, ellos decían lo mismo que yo pensaba, pero lo decían con tal sencillez que cobraba vida en sus voces. Fueron mis mejores maestros a la vez que mis alumnos más difíciles porque el esfuerzo que me exigieron para traducir los términos de la jerga técnica que yo manejaba con fluidez a un idioma sencillo sin que los conceptos perdieran pertinencia y profundidad, fue uno de los aprendizajes más arduos de mi vida
-¿Dejaste tus clases en la facultad en esa instancia?
- No, paralelamente a mi militancia villera, yo trabajaba en la facu. Era profesora adjunta en la cátedra Introducción a la Filosofía.
-¿Cuántos años viviste en la villa?
- Desde el ´71 hasta pocos años antes del golpe militar. Casi cuatro años
El golpe militar y la ley de prescindibilidad
-Fueron los convulsionados años previos al golpe. Recuerdo que fui alumna tuya, y también en la secundaria, en el Colegio Itatí
- Así fue. Y cuando se produjo el más cruento golpe cívico-militar-eclesiástico en marzo del ’76, muchos docentes de todas las universidades del país fueron echados por medio de la llamada Ley de Prescindibilidad, eufemismo que en buen criollo significa: te echamos y no te pagamos indemnización.
-Vos fuiste una de las prescindidas
- Sí, pero me considero una privilegiada en el sentido de que, pese a perder el único trabajo que tenía y me apasionaba, no sufrí persecución ni cárcel como otros compañeros.
-¿A qué atribuís ese “privilegio”?
-Creo que a dos razones: dos años antes del golpe mi sobrina sufrió un grave accidente que la dejó en coma durante 30 días. Yo dejé mi casita en la villa donde militaba y adonde me trasladé en el ’71
-¿Por qué te fuiste?
-Para ser coherente, porque me parecía una incongruencia estar un tiempo con los villeros y después venir a mi casa paterna en el centro, donde si bien no había lujos, teníamos las comodidades mínimas. De modo que volví a la casa materna (mi viejo había fallecido cuando yo tenía 12 años), para dedicarme por entero a la ayuda de mi familia y el cuidado de mi sobrina.
-¿Abandonaste la militancia?
- Sí. Durante todo ese tiempo yo dejé la militancia y hasta las clases, porque mi mente estaba concentrada en el cuidado de mi sobrina. Es decir, desaparecí del mapa y creo que ésa fue una de las causas que me salvaron.
-¿La otra?
-Lo que yo hacía en el barrio era lo que en la época se llamaba “militancia de superficie”. Era la que se ejercía en villas y gremios a plena luz. Seguramente estaba “marcada” por los servicios, pero no me daba por enterada. Me negué a dejarme dominar por el miedo y no miraba si me seguían o no.
“Trabajé en todo lo que encontraba”
-¿Qué hiciste cuando te prescindieron de la Facultad?
- Me puse a buscar trabajo. Tuve varios. En general no me gustaban y a algunos hasta tuve que aprender a hacerlos. Pasé por varios empleos, el último y más desastroso para mí fue cuando me nombraron jefa de una casa de modas.
-¿Por qué?
-Era una sucursal de modo que debía soportar a las y los supervisores porteños, que humillaban a las empleadas delante de los clientes. Era algo que no podía permitir de modo que tuve grandes peleas con ellos. Aguanté allí más o menos dos años.
-Y te fuiste…
-Me di cuenta que me estaba enfermando. Harta de tener patrones y jefes renuncié sin tener nada en vista. Me sentía aliviada pero no tenía laburo y había que pucherear.
Un tiempo feliz
“No recuerdo cómo conseguí un pequeño préstamo en un banco, no sé ni por qué me lo dieron si yo no tenía ninguna garantía que ofrecer. Con ese dinerillo me fui al estudio de un amigo arquitecto que me construyó un coqueto quiosco con los materiales más baratos que pudo conseguir. Además de la mercadería que pude comprar, me las arreglé para colocar dos anaqueles con libros, novelas, que alquilaba.
Esa fue una época feliz. La gente que alquilaba los libros, cuando me los devolvía, los comentaba conmigo, yo aprendía de ellos y de paso enseñaba algo. Nunca perdí la llama de la docencia”
-Un quiosco muy particular, ¿tenías muchos clientes?
Sí. Mis clientes pertenecían a dos clases sociales bien diferenciadas:
Los vecinos del barrio, de clase media tirando a alta y los empleados municipales clasemedieros, por una parte. Por la otra, como era época de inundaciones la municipalidad contrató a un montón de gente, muchos de ellos pertenecían a la etnia qom. Durante varios días hubo un desfile casi constante de peones, jornaleros, barrenderos, la mayoría pertenecientes a la esa etnia. Yo los atendía como siempre sin darme cuenta que por dentro algo iba creciendo y se iba acumulando en mí. Un día, a eso de las once de la noche se asoma entre la marea de rostros morenos, una carita distinta, no sé si linda o fea, pero que me produjo una inmediata sensación de alivio: ¡era el rostro de un joven estudiante, blanco, de cabellos claros! "- ¡Ah! ¡Por fin una cara blanca!", me dije.
La experiencia fue aleccionadora porque me sirvió para reflexionar y darme cuenta de que yo, como muchos tal vez, tenemos dentro un racista en potencia, al que mantenemos controlado, pero que a veces salta.
El regreso a la docencia
-¿Cuándo y cómo se dio tu regreso a la docencia?
-A fines del 82 los milicos todavía estaban en el poder pero se preanunciaban las elecciones y el retorno a la democracia.
Leí en NORTE que en el Instituto Terciario San Fernando Rey se llamaba a concurso para varias cátedras. Una de ellas era Antropología Filosófica así que me presenté.
-Y te dieron la cátedra
- No fue tan fácil. Por suerte estaba como asesora una profesora de historia que había sido mi profe en el secundario. Un día me pidió que fuera a su casa porque debía contarme algo importante.
-¿Qué era?
-Fui, y me contó que los milicos no querían darme la cátedra porque me consideraban subversiva. Ella peleó por mí, no sé por qué. O porque estaba en contra de los milicos o porque, tal vez, me recordaba del secundario. La verdad no lo sé. La cuestión es que finalmente, y creo que para sacársela de encima, le dijeron que me darían la cátedra siempre que ella asistiera a las mismas para controlar que yo no dijera nada peligroso.
Se ríe a carcajadas y agrega: “Ahora me da gracia, pero en aquel momento me puse nerviosa y no sabía si aceptar o no. Lo conversé con un amigo de confianza quien por supuesto no me dijo lo que debía hacer, pero el hecho de verbalizarlo ante una oreja atenta me hizo clarificar mis propias opciones. Y finalmente decidí aceptar.
-¿Cómo fue la experiencia?
-Todo un desafío, porque en la facu la materia se cursa recién después de haber pasado por una Introducción a la Filosofía y todas las Historias (antigua, medieval, moderna y contemporánea). Acá no. Teníamos que sumergirnos en la antropología sin ningún conocimiento previo.
- ¿Y cómo te arreglaste?
- Acá vino en mi ayuda mi experiencia villera. Fuimos introduciéndonos de a poco en la materia usando un lenguaje cotidiano y poniendo ejemplos tomados de la vida real, de las ciencias, de otras disciplinas humanísticas como la historia y la literatura y hasta de la astronomía.
Mi “espía” asistía a todas mis clases, pero ocurrió lo inesperado. Ella nunca había cursado ninguna materia filosófica; y en lugar de espiar ¡se convirtió en mi mejor alumna! Participaba mucho en las clases, a tal punto que las y los estudiantes que se sentaban adelante -ella siempre atrás en el fondo-, me decían en voz baja: “-¡Martha, por favor, que se calle, que nosotros también queremos participar!-”
Profesora y escritora
No quiere que la llamen escritora, “porque no lo soy. Escribir es como una prolongación de la docencia que es mi verdadera pasión”, dice.
Sin embargo escribió varios libros que fueron y son materia de consulta en colegios no solo del Chaco sino de otras provincias y material de lectura de muchas personas simplemente atraídas por ese modo tan particular y didáctico de introducir la filosofía en la vida cotidiana y volvernos personas más “pensantes”
-“Ocurre que otro desafío se me iba a presentar”, cuenta y recuerda que, “para preparar cada clase utilizaba una cantidad respetable de libros, pero no podía pedirles a los estudiantes que los compraran a todos. Y se iba aproximando la fecha del primer examen parcial. Me entró la desesperación preguntándome cómo harían para estudiar todo lo que habíamos desarrollado en clase, porque en el afán de participar no tomaban muchas notas. Y de la desesperación suelen surgir algunas ideas. Me puse a escribir los apuntes de las clases dadas pero incorporando los aportes de los estudiantes.
-¿Cuándo preparabas esos apuntes?
-Cuando volvía de dar la clase. Me instalaba en mi quiosquito, donde puse una mesita y mi Olivetti portátil, y reproducía la clase, y en la siguiente se los llevaba a los chicos. Eran todas personas grandes en realidad, y se organizaron rápidamente para sacar fotocopias, de modo que cada uno tenía su carpeta con los apuntes escritos por mí. Así seguimos aumentando la carpeta de apuntes.
“Y comenzaron los comentarios desopilantes”, recuerda
-¿Por qué desopilantes?
- En ese momento lo eran para mí. Me decían cosas como “Martha, yo leo tus apuntes con mi marido y nos ayuda en nuestra relación de pareja`; “Martha, mi papá es maestro en la Escuela de árbitros de fútbol y utiliza tus apuntes para dar sus clases”, y otros del mismo tenor que ya no recuerdo. Hasta que llegó el comentario desencadenante: “Martha, a estos apuntes habría que publicarlos porque pueden ser útiles a mucha gente”.
-¿Así se gestó la idea de los libros?
- No pensé en libros primero, pero el comentario de ese alumno me rondó durante varios días hasta que decidí ir a hablar con la rectora para ver la posibilidad de que saliera como una publicación del Instituto. Se entusiasmó con la idea y habló con el supervisor de nivel terciario que era Eduardo Fracchia, pensador, poeta y docente de excelencia, muerto muy joven cuando estaba en la plenitud de su lucidez, que hizo lo que debía hacer toda persona responsable: pidió que se le enviara un juego de apuntes para leerlos. En esa época no éramos amigos, sólo nos conocíamos de la Facultad.
-¿Y que sucedió?
-A los pocos días me cruce con él en uno de los pasillos del Instituto y, si bien mi intención era saludar y seguir mi camino, él me detuvo y me dijo: “Ya leí tus apuntes. No hay duda de que es una curiosa manera de enseñar filosofía”. Yo sólo atiné a forzar algo parecido a una sonrisa y cada uno siguió su camino. La verdad: no sabía si había sido un elogio o una crítica. Mis dudas se disiparon cuando Eduardo se convirtió en el motor de la publicación: consiguió resmas de papel, un administrativo que tipeara los sténciles, cartulina para las tapas, todo. Así salió la pre-primera edición de este librito, todavía con formato de apunte. Claro, con aquellos precarios medios tecnológicos de los que se disponía en aquélla época en que la informática todavía no había llegado a Resistencia, se tuvo que hacer una edición limitada, que se agotó enseguida.
-Pero ese librillo en forma de apuntes llegó a las librerías
- A la librería Lonchi que ya no existe. Recuerdo que su dueño, cada vez que yo iba a comprar algún libro para mí me reclamaba más ejemplares de mi librillo todavía en formato apunte, y mi invariable respuesta era: “se agotó y no hay más porque no hay más dinero”.
Con el transcurso del tiempo, esos librillos se convirtieron en auténticos libros que hoy ya van por varias ediciones de la mano de Rubén Duck, de librería ConTexto
Sus libros
“¿Qué es la Antropología Filosófica? “Introducción a una filosofía de lo cotidiano”. Cuarta edición.
“Desde lejos… Hasta hoy” (Artículos dispersos en revistas especializadas de Resistencia, la Plata, Méjico y Chile)
“Las coplas de Meloni nos enseñan a filosofar”
“Algunas formas de la deshumanización o los Derechos Humanos caídos en el abismo del olvido” - Colección dirigida por Mario Caparra presentado y vendido en Librería Yenny
“Filosofía y Poesía en Eduardo Fracchia. Una mirada filosófica de las Antipoesías”,
Su trabajo en la cárcel
“Desde el 2008 voy a la Unidad Penal 7, cárcel Federal de máxima seguridad de Resistencia, a enseñar a filosofar a los internos. Hasta el 2010 trabajé sola pero noté que los años vividos intensamente habían dejado su huella en mí y, pese a lo gratificante de la experiencia, las fuerzas no me daban para trabajar durante todo el año. Allí se incorporó un joven colega a quien le estaré eternamente agradecida porque supo conectarse fácilmente con los internos y establecer con ellos el mismo lazo de amistad y respeto mutuos que tenían y tienen conmigo.
Hoy somos tres los integrantes del equipo docente.

El proyecto se llama “Salida Transitoria”, nombre elegido por los internos y gestado por el director del Cecual, Francisco “Corcho” Benítez.
Los cursos en la U7: uno por mes, ya sea como clases participativas o como talleres (cada miembro del equipo docente elige la metodología que mejor se adapte a sus condiciones) se dictan todos los miércoles desde las 14:30 hasta las 17, dependiendo del humor de los guardias.
El proyecto incluye talleres o clases participativas y programa de radio que se transmite por Radio Libertad y por Internet. Esto es importante porque muchos de los muchachos internos tienen a sus familias lejos y la radio local no tiene suficiente alcance.
En realidad no vamos a enseñar la historia de la filosofía ni tal o cual autor, aunque por cierto nos apoyemos en ellos. Lo que tratamos de hacer es más difícil pero más apasionante: enseñarles a filosofar, a pensar por ellos mismos, a desarrollar el espíritu crítico y preguntón propio de la filosofía, a no dejarse llevar por lo que les dicen o escuchan en radios y TV, a buscar sentidos de lo que pasa y de lo que nos pasa.
Contamos con el apoyo del Encargado de Educación de la cárcel, pero el problema radica en los guardias que hacen la requisa y que son quienes deben llamarlos para que suban al curso, ya que damos las clases en el primer piso. Muchas veces ha ocurrido que los muchachos estaban esperando, “listos para respirar el aire puro” como ellos califican a las horas que dura cada curso, y se quedaron esperando porque no los llamaron.
Hay muchas cárceles en el país que tienen programa de radio pero el nuestro es el único que trata temas de filosofía. Fue declarado de interés por la Cámara de Diputados del Chaco, por el Senado de la Nación y filmado por el equipo de Eduardo Aliverti para su programa “Los locos de la azotea”.
Lo que pasa en la U7 es de terror, y hace años que estoy golpeando puertas para lograr un cambio estructural y mental del SPF. Varias veces vislumbré una luz al final del túnel y varias veces la luz se apagó, pero seguiré persiguiendo esta utopía. Mandé y seguiré mandando a cuanto contacto consiga, una propuesta para modificar un sistema que asesinó a uno de mis alumnos, como a otros tantos.
La cárcel es federal, de modo que los legisladores chaqueños nada pueden hacer por ella.
En el pasado 2016, y gracias a uno de los integrantes del equipo docente, que también trabaja en la UNNE, logramos que la Facultad de Humanidades extienda los certificados de los cursos que damos. Esto es importante porque se considera “Incentivo Docente” que les sirve a los internos para disminuir el tiempo de encierro










