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De tal palo tal astilla

En la semblanza de nuestro rostro queda reflejada la identidad más profunda de aquellos que nos han dado la vida, nuestros padres ,y esa marca es única y tan distintiva que antes que la ciencia llegue al descubrimiento del ADN, esa impronta original era puesta en evidencia por nuestras huellas digitales, como para decir que aunque se pretenda ocultar la identidad más profunda de la persona esta, está garantizada por las huella indiscutible que queda plasmada en nuestro cuerpo y que demuestra nuestro origen.

Esa misma realidad sucede con una lógica sorprendente en nuestra índole espiritual, el ser humano es imagen y semejanza de Dios, vale decir que lleva en lo más hondo de su ser una impronta divina, una identidad sagrada, que lo impulsa natural e instintivamente a la búsqueda de lo trascendente. Es como una sed infinito que se manifiesta en tantos modos en la persona, el apego a la vida por ejemplo, porque venimos de la inmortalidad y la necesidad de amar y ser amados porque venimos de la fuente suprema del amor que es Dios. Cuando perdemos esta perspectiva por cualquier razón que fuere, perdemos la razón más profunda del ser y entonces lo que estaba destinado a resplandecer en la máxima posibilidad de su belleza por venir, se transforma en una monstruosidad.

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Cuando el ser humano no logra trascender los límites de su cuerpo bilógico y se queda en ese nivel instintivo y material, por esa sed de infinito y eternidad buscará a través de lo material saciar la sed espiritual, y confundido como estará por haber perdido la ruta de su destino, se llenará de un poder y de una eternidad ficticia que colapsará en el exacto instante en que se cuerpo muera.

Y así, como las huellas de su identidad más profunda que es amor, no apareció en su vida por ningún lado, se desvanecerá para siempre en el garrafal fracaso de su imperfección. Y aquello que estaba ha destinado a tomar la forma divina en el mundo, habrá perdido para siempre la oportunidad de tomar la única forma que podría sostenerlo en la existencia: Dios, su amor y su verdad. Y así, deforme, quedara para siempre vagando en el inframundo en una eterna confusión.

La llegada de Cristo al mundo marca ese luminoso instante en el que se nos revela nuestra identidad: Somos hijos de Dios eterna e inmensamente amados por El. Esta revelación nos aclara todas las dudas, y responde a todas nuestras preguntas indicándonos también la ruta directa de nuestro destino: la casa de Dios nuestro creador y padre. Esa es la luz que nos da el evangelio cuando Cristo que trae la plenitud de la revelación de Dios nos dice: “Se les ha dicho: Pero yo les digo….” Y explica que todo lo anterior llega a la plenitud del conocimiento con la verdad que Él había bajado al mundo: el amor en vivo y en directo.

En efecto, Jesucristo es el amor mismo, mostrado al mundo y es justamente Jesús el que nos revela la única y suprema identidad de todo lo que existe: Dios amor. A partir de ese momento comenzaba la etapa de la historia en la que todos los hombres debían llegar al conocimiento y el reconocimiento de esta verdad: Somos hijos de Dios, somos hijos del amor, somos hijos de la perfección.

La imagen y semejanza que emerge de esa identidad divina nos llevaría a reflejar inevitablemente, el útero divino en el que hemos sido gestados, incluso antes de aparecer en el mundo: el seno mismo de la santísima trinidad. Allí esta nuestra identidad suprema y allí encontramos la ruta directa que nos conduce a la perfección: Dios mismo la fuente absoluta de la santidad y la plenitud.

Hay un solo obstáculo para cumplir con este cometido: el maligno que como realidad personal opera para el pecado, y, que, si no estamos atentos, seremos consumidos por él. Esa ruta a la perdición también es una posibilidad real que está latente en la vida de cada uno de nosotros y en la decisión libre que cada uno de nosotros elegimos para sí.

Así como lo dice muy claramente la palabra de Dios: unos elegirán el día la matanza y otros escogerán la vida.

La salvación sin embargo ha llegado al mundo y resplandece en todas partes, es el Cristo que crece y se hace robusto en una humanidad cada vez más consciente de su más sagrada vocación: la perfección, la santidad.

Y aunque parezca que el mal tuviera preponderancia debemos decir que en los millones de justos que pueblan este planeta y en las millones de almas celestiales que ya han sido ganadas para Dios, está la prueba más contundente que el mal en el mundo se encuentra en los estertores agónicos de una muerte anunciada, porque Cristo a vencido al odio con el amor y nos ha devuelto la única y verdadera identidad que tenemos como seres humanos: somos todos hijos de Dios.

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