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Cambiar las huellas del odio por las del amor

Está claro que lo único que hace pleno a un ser humano es el amor. El amor no entendido en su sentido más devaluado y considerado solo desde la sexualidad y el enamoramiento, también con eso, pero no solo, porque el amor es mucho más que un sentimiento o una atracción de índole sexual.

En el largo proceso de la auto revelación de Dios, este se ha ido mostrando gradualmente hasta que había llegado el momento en que podía mostrarse en plenitud, y lo hizo a través de Jesús de Nazaret, el hombre Dios, que encarno en el mundo, diríamos de manera perfecta, el amor. En efecto, en Jesucristo esta la máxima y suprema manifestación del amor de Dios mostrado en el espacio y en el tiempo.

Para acceder a este amor el camino es sencillo, pero también sumamente exigente, ya que hay que poner en práctica la vida y la palabra de Cristo. Sencillo porque Dios ha puesto en la genética más profunda del ser humano, este llamado al amor ya que natural e instintivamente tendemos a él; y exigente, porque el hombre herido por su fragilidad encontrara enormes dificultades para hacer aparecer a Cristo en su vida.

Sin embargo, la posibilidad real de que Cristo tome forma en el rostro humano de cualquier viviente que lo acepte en su vida como Dios y señor es latente y basta un pequeño gesto, una simple palabra, un circunstancial hecho de la vida para que el llamado profundo del amor emerja con fuerza y el hombre comience a vivir según esa dinámica del amor que tiene que ver con la misericordia, el perdón y la ternura.

Es además un camino arduo el del amor ya que es innegable que en el mundo conviven fuerzas en pugna que por un lado buscan la plenitud y la felicidad del hombre y por el otro su destrucción.

Nos resultan tan incomprensibles a veces ciertos actos humanos tan contrarios al amor y tan distantes de esa raíz profunda que nos invita todos los días a responder desde el amor.

Es importante que nos demos cuenta que en esa lucha debemos permitamos que siempre y en toda circunstancia, triunfe en nosotros, lo bueno, lo que es santo y lo que agrada a Dios. Esto no será posible sin la intervención decisiva de nuestra voluntad e inteligencia que se oponga al mal y elija el bien.

Conviven en el hombre por así decir un lobo y un cordero y como es natural triunfara en nosotros el animal al que más alimentemos. Es fácil reconocer en nuestra vida a quien le estamos dando la chance de esa victoria, porque bastara que miremos nuestras acciones cotidianas para reconocer realmente quien gobierna nuestra inteligencia, nuestra voluntad, ¿el lobo o el cordero? La plenitud de la ley que Cristo trajo al mundo, lo sabemos tiene que ver con el cordero.

Nos preguntamos que es un lobo y que es un cordero, fácil responder a esta pregunta: el lobo marca el territorio para cumplir con los dos objetivos fundamentales que garantizan su supervivencia: copular para mantenerse en la especie y comer. El lobo no crea vínculos ya que todo el foco de su instinto está definido por esa urgencia animal que lo hace un feroz depredador.

¿Cuántos seres humanos han especializado el comportamiento del lobo y con el auxilio de la razón obedecen a ese instinto primigenio que no deja de ser un acto animal instintivo. Acumulan riquezas y ostentan todo desde la arrogancia de una sexualidad machista que a través de la fuerza y el poder transforman el mundo en un escenario de conquistas.

El cordero sin embrago expresa la mansedumbre de un animal que es capaz de afrontar la muerte en silencio. Esta imagen del cordero vale más que mil palabras, todo animal instintivamente, grita con alaridos estridentes cuando ve amenazada su vida. El cordero llevado al matadero es la imagen viva de una serenidad y una aceptación que realmente lo destacan entre todos los animales.

Jesús cuando debe llevar a cumplimiento la plenitud de la ley y mostrar también de manera plena el verderol rostro de Dios que es amor, se identifica con el cordero y entonces nos deja esta imagen serena del poder que tiene el amor cuando libre y pacíficamente se ofrece como un acto de amor incondicional hacia el prójimo. La ley llevada a la plenitud es entonces aprender a dar la vida por los otros como un manso cordero, sabiendo que en ello está garantizada la victoria.

En efecto, los lobos de la historia dejan huellas de sangre que saben a muerte y destrucción y por el contrario, los corderos dejan huellas de luz que anuncian una vida muy diferente de aquella que vive el lobo atrapado en la ley de la selva.