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Recuerdo de Violeta Parra a 50 años de su muerte

Su hermano, Nicanor Parra, guardó para la intimidad, como correspondía, la carta en la que esa excepcional artista explicaba las razones del tiro del final. “Me falta algo, no sé qué es. Lo busco y no lo encuentro, seguramente no lo hallaré jamás”, le dijo a un periodista días antes de ese domingo 5 de febrero de 1967 a las seis menos diez de la tarde, cuando se pegó un tiro en la sien dentro de la Carpa de la Reina, su centro de arte popular en la comuna de La Reina, en Santiago. Allí pensaba instalar su Universidad Nacional del Folclore, en terrenos cedidos por la alcaldía en el parque La Quintrala, paraje de difícil acceso en los faldeos andinos.

Los Parra, y sobre todo Violeta fueron un hito en la historia del folclore chileno y también en toda la música popular latinoamericana. Trajo a las ciudades una música que tomaba su savia en los territorios más ricos de la historia y la cultura popular, y la amplificaron como entidad novedosa para los grandes públicos. De tan chilena, Violeta se hizo universal. Sus sonidos, sus instrumentos y sus versos tan sencillos como profundos y henchidos de significados, cautivaron audiencias de todo el mundo, sin perder jamás su vínculo con los trabajadores citadinos o campesinos de Chile. Como si fuera poco, Violeta era además pintora, escultora, ceramista, bordadora, sus artes recorrieron importantes salas de todo el mundo.

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Era hija de un maestro de música y de una modista campesina, de honda pobreza material que marcó su infancia y primera juventud junto a sus siete hermanos (Por suerte tengo guitarra / y también tengo mi voz / también tengo siete hermanos, amén del que se engrilló / los siete son comunistas, por la gracia del Señor....”). Desde chicos los hermanos incursionaron en las artes: Lalo y Violeta cantaban cobrando una pequeña entrada que aportaban a la economía familiar. Ella a los 12 ya componía canciones. A los 18 años, con el padre fallecido, la familia se trasladó a Santiago. Allí cantó en bodegones, teatrillos, cafetines y hasta en burdeles, con sus hermanos Eduardo, Hilda, Clara y Roberto. Enseguida se casó con un obrero ferroviario, que la acercó al Partido Comunista, y tuvo dos hijos (Ángel e Isabel, también músicos notables). También fue pronta la separación, porque el estilo de vida de Violeta superaba la tolerancia del hombre.
El 5 de febrero de 1967 hacía pocos meses que Violeta había compuesto “Gracias a la vida”, el emblema que sintetiza su calidad poética: “Me ha dado la marcha de mis pies cansados / con ellos anduve ciudades y campos / playas y desiertos, montañas y llanos / y la casa tuya, tu calle y tu patio”. Cuando Borges se refería a la ‘máxima sencillez posible” como las más alta aspiración del artista, no estaría pensando en Violeta, pero la inapelable belleza de este canto ilustra claramente ese concepto, donde naturalmente se une el universo ajeno de ciudades y campos, montañas y llanos, con “la casa tuya, tu calle y tu patio”.
Violeta amó y creó con pasión extrema, y en su arte nos dejó ese algo que a ella le faltaba y que nunca pudo hallar. El 5 de febrero de 1967, a los 49 años, la mayor folclorista surgida de América latina iba a buscar ese algo al lugar donde se reúnen todas las cosas.

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