Cumbre de París intenta revivir proceso de paz palestino-israelí
La segunda Cumbre de París celebrada esta semana con miras a propiciar la pacificación del Cercano Oriente reunió a más de setenta países y organizaciones internacionales en la capital francesa. Sin embargo, ni el líder palestino Mahmoud Abbas ni el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu estuvieron representados en la reunión.
Pero el primer ministro israelí disparó desde lejos y calificó la conferencia de inútil.
Estas fueron “las últimas convulsiones del mundo del ayer”, aseguró. “El mañana será diferente, y el mañana está muy cerca”, fue su frío rechazo a los esfuerzos de paz de la comunidad internacional.
El líder palestino Abu Mazen, por su parte, deposita esperanzas acompañadas de escepticismo para que se promueva la creación de un Estado palestino junto a Israel en las fronteras del 67, con Jerusalén Este como capital.
Queda por verse la reacción del presidente electo de Estados Unidos.
Y es que, además de pedir que israelíes y palestinos retomen las negociaciones para dirimir la añeja discordia mediante la creación de dos Estados, en la conferencia también se advirtió que la propuesta de Trump de mudar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén sería una provocación de consecuencias extremadamente duras.
El ministro francés de Exteriores, Jean-Marc Ayrault, dijo estar convencido de que Trump no cumpliría su amenaza, y le pidió al sucesor de Barack Obama en la Casa Blanca que evitara toda acción unilateral que complique el proceso de paz.
Al igual que Netanyahu, Trump es consciente de que la cita de París tiene sólo efectos declarativos pero también teme que perjudique la vía negociadora directa entre israelíes y palestinos. Una vía sin salida y muerta desde abril de 2014.
El encuentro constató la degradación de la situación en el terreno y urgió a que se busquen cauces para el diálogo.
De hecho, cerca de 250 exmiembros de los cuerpos de seguridad de Israel firmaron una petición pública en la que instan al Gobierno de Netanyahu a separar a su país de los territorios palestinos. “Si no lo hacemos, Israel será menos judío y menos seguro”, se argumentó en ese texto.
Israel teme que se impongan condiciones de paz desde afuera que le resulten desfavorables, mientras que los palestinos han saludado la iniciativa.
Los especialistas opinan que la primera conclusión que puede obtenerse de la Conferencia es que ni los tiempos fueron los más adecuados ni la fórmula escogida es la más eficaz.
La fecha elegida es de todo menos casual: a días del cambio de inquilino de la Casa Blanca, teniendo claro que hasta ahora Estados Unidos ha sido y se espera que siga siendo un actor clave en el diálogo entre las partes. Parece lógico pensar que, con un interlocutor de esta talla, lo más prudente hubiera sido esperar al menos al relevo.
Más allá de los discursos y apretones de manos en París, que difícilmente conseguirán resucitar el proceso de paz, 2017 es un año crucial para el proceso de paz en Medio Oriente. Si ahora se dan pasos unilaterales, como el traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, se amenaza con una nueva escalada en el conflicto.
Es decir: en la práctica la solución de dos estados -la única salida viable al conflicto, según el consenso de la comunidad internacional- cada vez se complica más y tampoco parece que haya voluntad política para defender este modelo de convivencia.
De trasfondo se encuentra el peligro de una tercera Intifada y, con ella, más violencia.










