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Vayan y anuncien que son hijos muy amados

El bautismo nos constituye en discípulos misioneros del Señor Jesús que vino anunciar al mundo que todos somos hijos de Dios y amados por el con un amor de predilección.

La dignidad y el valor de una obra se definen por la calidad y la fama del artista y de aquí es fácil deducir, si cada uno de nosotros hemos sido creados por Dios, el valor que tenemos como personas por la calidad y la dignidad del autor que nos hizo.

En efecto, la fe y la palaba de Dios afirma de manera categórica que todo lo que existe es obra de Dios y que el hombre está en la cúspide de esa creación. De este modo, llamados por Dios a la vida y elegidos para crecer y desarrollarnos en el espacio y en el tiempo somos un diseño de amor pensado de antemano por el creador; somos por eso ungidos por el espíritu santo en el bautismo para ser enviados al mundo a proclamar que todos somos hijos amados de Dios.

Las conclusiones antropológicas, sociológicas y teológicas desde este principio son más que evidentes. Todo ser humano que nace en el mundo es el acto de una voluntad superior que por su carácter divino, le da una impronta divina a todo lo que crea. La vida humana por tanto tiene un valor y una dignidad que no es solo inherente a su condición antropológica autoconsciente, sino y sobre todo porque ha sido creado por Dios.

Esta verdad teológica hace que el hombre no sea solo un animal racional sino alguien que carga en su interioridad una realidad que trasciende su naturaleza y la eleva al nivel sobrenatural de lo sagrado. Las implicaciones sociológicas de este principio hará que nos situemos de una manera diferente ante la vida humana y ante la creación entera y cualificará de manera prominente el modo en cómo el hombre se relacionara con la entera creación.

En síntesis una mentalidad cientificista ve en la realidad, cosas, materia, leyes que gobiernan la materia casi como si esto fuera el producto de una gran casualidad.

El hombre de fe ve en la realidad obra de Dios y aunque reconoce que hay leyes que gobiernan el cosmos, sabe por la palabra revelada y por la fe que todo lo que existe es fruto de una voluntad creadora divina que hace de toda la creación un diseño de amor que surge como fruto del amor y que ha de planificarse en el amor para llegar a su máximo nivel de perfección. No casualidad entonces sino causalidad causada por el amor.

Cuando el ser humano no llega a hacerse consciente de esta realidad de llamado, elección, unción y envió, desconocerá la razón más profunda del porque y el paraqué ha nacido en el mundo y vivirá de este modo errante, fuera de su esencia que es amor y así será un viajero errante por toda la eternidad, sin vocación, sin diseño, lleno de soledad, de odio y de espantos. El bautismo por lo tanto llena de sentido nuestra existencia y nos da el derrotero que como creaturas debemos seguir: vivir como hijos de Dios, reconociendo ese llamado y honrando esa elección y siendo testigos de esa paternidad divina en el mundo para que los hombres y mujeres de todos los tiempos reconozcan a Dios como padre.

De este modo el bautismo es un verdadero empoderamiento que nos envía al mundo para anunciar esta buena noticia: “Eres un hijo eterna e inmensamente amado por Dios”. De este anuncio depende la plena reconciliación de los hombres entre sí y con la entera creación.

Así, la orfandad del amor quedará cancelada y el hombre restituido al deber ser de su diseño, tomará aliento y cual un ángel de bondad surcará las tinieblas de su propia miseria en viaje hacia la luz de la fe y de su más honda verdad: la de ser un hijo de Dios, destinado a la eternidad.

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