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La imagen del aborigen chaqueño del siglo XIX

El indio vencido Sofocados los grupos guerreros, se estimaba difícil que se reorganizaran a raíz del escarmiento sufrido y porque los acantonamientos establecidos los amedrentaban y desmoralizaban.

La ocupación realizada los privaba del recurso de la pesca y en gran medida los de la caza, porque la forma en que la hacían denunciaba su presencia y los convertía en presa fácil de los soldados.

Tobas vendiendo artesanías en una esquina de Resistencia, 1959-1960.

Esta situación determinó que muchos indígenas se apresuraran a acogerse a las reducciones o a los obrajes por necesidad de subsistir y por miedo a las represalias. Al informarse de lo que acontecía, se señalaba la necesidad de buscar un sistema adecuado para situarlos permanentemente en los puntos convenientes a los efectos de ir modificando poco a poco sus costumbres y, al mismo tiempo, lograr mano de obra barata para los ingenios y obrajes de madera.

El indio quedaba casi definitivamente derrotado por el blanco. Gradualmente y luego con violencia, éste lo había desalojado de las tierras que ocupaba, lo había despojado de los medios que hacían posible su vida en libertad, había violentado su naturaleza introduciéndole males y formas de vida extrañas y creándole necesidades que sólo podía satisfacer trabajando para ellos, bajo las reglas que los patrones imponían.

La derrota era de tal contundencia, que casi borró los rastros culturales de los primitivos habitantes autóctonos en la vida ciudadana, excepto en algunos rasgos de la fisonomía de los mestizos, tan míseros y desprotegidos como ellos.

La identidad chaqueña que dificultosamente se iría delineando en las primeras décadas del siglo XX, tampoco recogió sus caracteres, avasallados tal vez también por el aluvión cosmopolita que iría poblando sus tierras.

Sólo la figura del indio hosco, huraño, con la tristeza en el rostro que mendigaba o el que vendía sus simples artesanías en la calle, permaneció en la mentalidad de los habitantes de la primera mitad del siglo en las ciudades y pueblos del Chaco.

Recién al registrarse el advenimiento de los gobiernos provinciales luego de 1950 y en el marco de programas culturales específicos, estos elementos comenzaron a ser rescatados en alguna medida, pero tardíamente y con grandes dificultades para arraigarse en el grueso de la población.

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, algunos escritos nos brindan la imagen del indio derrotado y en decadencia en todos sus aspectos. Decía Ricardo Rojas: “Dispersa ya la raza, continúan siendo nómades.

Los más hábiles o mansos, van de estación en campamento o de campamento en estancia, no en son de guerra ni en jira de pecoreo como en pasados días, sino tristes, misérrimos, pedigüeños...ese grupo de bohemios de la selva no encuadra bien, por cierto, en el preconcepto con que el hombre de las ciudades lo concibiera”.

Un informe realizado por Juan Bialett Masé a principios de siglo sobre el trabajo en las provincias argentinas, que serviría de base para la propuesta de Ley del Trabajo, nos proporciona datos que posibilitan también la reconstrucción de la imagen de este indio vencido, ya transformado por las circunstancias antes señaladas, desempeñándose en el trabajo, pero excepcionalmente dueño del mismo.

Su mirada piadosa, comprensiva, resulta en definitiva un alegato de defensa del indio explotado. Los comentarios vertidos alaban la capacidad de trabajo del indio chaqueño, al que califica como el “elemento más eficiente del progreso e importante en el Chaco” pues sin él no habría ingenios azucareros, ni algodonal ni otras plantaciones. Cosechero insuperable del algodón, nadie lo reemplazaba eficientemente en el manejo del hacha ni en la cosecha de maní.