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Del azar y la predestinación

Milenarias doctrinas orientales proponen que el destino del hombre está irremisiblemente determinado ya desde su nacimiento o, más aun, desde el principio de los tiempos. Por Enrique Gamarra

Como parte de la armonía universal, todo lo que acaece, desde la caída de una hoja, el movimiento de un insecto o una explosión nuclear, está escrito en el gran libro del destino y nada habrá que lo modifique pese a la gestión humana que no hará sino corroborar lo que de ningún modo podrá alterarse, pues ese acto será también mandato original.

 

La concepción occidental, por el contrario, propone aquello de que cada hombre es el arquitecto de su propio destino y su vida será, en suma, lo que fue construyendo o dejando de construir en el camino de los aciertos y los errores, de manera que no podrá aducir suerte esquiva o interferencias imposibles de controlar.

Él ha dibujado su suerte en el mapa del universo con una precisión que no le es ajena, pues su voluntad ha sido la fuerza elemental que ha propiciado sus actos, aunque sin percatarse de ello, cegado tal vez por la tarea de vivir.

No aceptamos lo que puede ser consecuencia de nuestros propios actos y al mismo tiempo admitimos el influjo del azar. Sin que este interrogante nos lleve a pensar que podemos ser la antítesis de nuestro propio yo, convenimos en que algo no anda bien en nosotros, de acuerdo con lo que hubiéramos deseado en cada circunstancia.

A pesar de todo hay hechos puntuales en la vida de los hombres que no podrán manejarse, como el envejecimiento y la muerte. La fuerza del azar, entonces, no tendría razón de ser, salvo tal vez y excepcionalmente en el caso de muertes prematuras que pudieron haberse evitado.

Podemos pensar, incluso, que el azar es la otra cara de la predestinación si lo consideramos solo como tal, es decir si nos sustraemos a lo que pudiera ser una humorada de lo desconocido, lo que en definitiva nos remitiría a lo que conocemos como predestinación.

Circulan entre nosotros otras expresiones que contradicen nuestra condición de occidentales. Cuando decimos nadie muere el día antes estamos admitiendo que todo está escrito en el libro de la vida y la muerte. Tal vez se deba a nuestra simple y compleja condición mortal.

Pero no nos remitiremos solamente a las palabras, que nos transfieren una realidad que estamos lejos de reprobar, sino a algunos hechos que pueden ser una suerte de enfrentamiento entre el azar y la predestinación, hechos que de algún modo podrán parecernos caprichosos y hasta dignos de cierto parpadeo de incredulidad.

Un caso llamativo es lo ocurrido al bailarín César González, quien fue sobreviviente en el muy comentado accidente de Bella Vista, en el que junto a otros músicos perdió la vida el trovador chaqueño Zito Segovia. Esto sucedía el 8 de setiembre de 1989.

En los meses siguientes, González se sumergió en un profundo estado depresivo que lo llevó a encerrarse en su domicilio y no salir siquiera para dar cumplimiento a sus compromisos de trabajo. Justo al año, el 8 de setiembre de 1990, impulsado por un sentimiento de gratitud que excedía su propio estado y al mismo tiempo para testimoniar a la Virgen una fe que creía perdida, formó parte de una

peregrinación a Itatí, en la que participaban más de cuatrocientas personas. Llovía intensamente. Durante casi todo el trayecto César “Puchi” González iba tomado de la mano de su madre.

De repente cayó fulminado por un rayo. Más allá del espectáculo de la muerte, el desconcierto de los promesantes fue total, más aún si se tenía en cuenta que la madre del bailarín resultó ilesa.

No se comprendía cómo el rayo no la había alcanzado, pues las manos entrelazadas suponían el efecto en ambos. La lectura de esta tragedia siempre será confusa, distinta según quien la enfrente.

Habrá quienes la vean como simple casualidad cercana al azar, pese al capricho de las fechas y la acción limitada del rayo. Otros, por el contrario, supondrán una suerte de dádiva del destino concedida al bailarín sobreviviente de la tragedia inicial de Bella Vista. Y no faltarán aquellos que vean en lo sucedido una humorada feroz de quien rige el destino de los hombres.

Lo cierto es que jamás podremos apreciar con claridad las entrelíneas de la tragedia y menos aún descifrar su significado. Son dignos de mencionar otros casos acerca del tema que nos ocupa. El primero de ellos se registró en la Capital Federal el 31 de agosto de 1999.

En el aeroparque de Buenos Aires Jorge Newbery un conocido empresario de la industria textil debía abordar el vuelo 3142 de la aerolínea LAPA con destino a la ciudad de Córdoba.

Ya en el aeroparque, por razones de último momento relacionadas con su empresa, decidió desistir del viaje. El Boeing 737- 204 C despistó en el despegue, atravesó la verja perimétrica del aeroparque, cruzó la avenida Costanera, arrolló y mató a un hombre que iba manejando su auto, hasta que envuelto en llamas chocó contra un talud de arena de un campo de golf cercano.

De las cien personas que estaban a bordo solo una veintena consiguió salvarse. El empresario de la industria textil presenció el accidente y de inmediato se puso en contacto telefónico con empleados de la empresa para notificarles que estaba sano y salvo, que había desistido del vuelo.

No pudo hacer lo propio con sus familiares, quienes seguramente estaban al tanto de lo ocurrido, por lo cual de inmediato tomó un taxi para dirigirse a su casa. En el trayecto el taxi se estrelló contra una furgoneta y el empresario falleció en el acto.

Al día siguiente algunos diarios coincidieron en el título de La extraña muerte del empresario textil. Un último caso: Richie Valens, el famoso músico estadounidense de origen mexicano, pionero del rock and roll y autor de la canción La bamba, sentía verdadero pavor por los viajes en avión. Vivía anticipando su fin en uno de esos vuelos cuando se decidiera a provocar a la suerte tratando de vencer ese miedo.

Llegó el día en que ante una urgente presentación y alentado por sus músicos y algunos amigos decidió el viaje tan temido desde siempre. Por supuesto, el avión se estrelló y Richie Valens murió como lo había anunciado en tantas ocasiones. Fue el 3 de febrero de 1959, en Iowa, Estados Unidos. El comentarista de espectáculos de un conocido matutino de Nueva York habló de muerte inducida.

Una observación propia del realismo mágico. Los sucesos citados nos llevan a reforzar la idea expresada con anterioridad acerca de que el azar es el otro lado de la predestinación, su rostro último y primero. Según parece, el azar no solo se circunscribiría a los hombres, sino también a los pueblos, lo que es posible corroborar cuando escuchamos decir, por ejemplo, ante tanta y tanta tropelía, que la Argentina solo por puro azar sobrevive.