Tengan ánimo, se acerca la liberación

En la agonía de la noche alborea una luz que comienza a disipar las tinieblas, y el sol que nace en el horizonte revela la
majestuosidad de la creación.

La vida, que parecía en reposo, cobra vitalidad y el canto de los pájaros, los colores del día y los ruidos del hombre nos anuncian que hemos vuelto a la vida. 

Como cada año la Iglesia inicia este domingo el tiempo de preparación al nacimiento del Hijo de Dios. Es el adviento, en la
espera de “algo” que revolucionará nuestra existencia. Los textos bíblicos nos hablan de “promesas cumplidas y de tiempos en que imperará la justicia”; tiempos en que el corazón del hombre será gobernado por “la santidad y la mansedumbre”, y tiempos en que toda la oscuridad del hombre dará paso al poder y la gloria de Dios que vendrá a liberarlo de la esclavitud. Lo que la palabra anuncia en tiempo futuro, en realidad, la Iglesia ya lo vive en el presente. En efecto, en los millones de seres humanos que han optado por vivir de acuerdo con la verdad revelada por Jesucristo, esa palabra es ya una profecía cumplida.
 
Y aunque esperamos su gloriosa venida, los cristianos “vivimos ya” el presente glorioso de la victoria de Dios sobre el mal del mundo. ¿O no es eso lo que sucede cuando la Iglesia celebra, por ejemplo, el misterio de la Eucaristía? En esa acción
litúrgica la Iglesia anticipa y “vive ya en el presente” la realidad de una humanidad reconciliada con Dios, donde todos los hombres, de todas las razas, pueblos y naciones se sientan a la misma mesa, a celebrar la unidad, la paz, la vida nueva en Dios, donde resplandece el hombre nuevo, que es Jesucristo. El hombre nuevo cuyas característica son la caridad, la compasión y la misericordia vive en esos millones de seres que abrazando la fe han transformado sus vidas y la han adecuado a Jesucristo. 

“Hombres y mujeres nuevos”, viviendo como anticipo la plenitud de los tiempos, anunciando con el testimonio de la propia
vida los tiempos venideros. La venida del Señor, por lo tanto, no es un hermoso cuento de niños; es una realidad tangible que la podemos ver en cada persona y en cada circunstancia que se opone a las tinieblas para vivir en la luz. Podemos ver Adviento y Navidad en cada acción generosa que derrota el egoísmo en el corazón del hombre. 

Emergen Adviento y Navidad como conciencia de humanidad nueva en nuestras familias y contextos laborales y sociales,
toda vez que nos resistimos a la mentira, a la falsedad, a la corrupción, al odio y la violencia haciendo triunfar a la verdad
y el amor. La Iglesia anuncia en este tiempo una esperanza, no como un sueño inalcanzable, sino como un presente
gozoso en muchos hombres y mujeres que ya viven los valores del Evangelio y, por eso, se constituyen en signos visibles
de lo que la Iglesia proclama como la gran espera de lo que vendrá. Allí hay madres y padres consagrados a conformar
auténticas familias; hay obreros y trabajadores que ganan con sacrificio y honestidad el pan para los hijos; hay patrones que no se quedan con la tajada más grande a costa de la explotación de los pobres; hay gente de todo tipo, ricos, pobres, profesionales, científicos, intelectuales, que representan ya el triunfo de Dios sobre la historia. 

Son ellos el lucero de la mañana que anuncia “la hora y los tiempos nuevos”, viviendo ya en sus corazones y en sus conciencias el reinado de Dios. Adviento y Navidad se actualizan continuamente en la iglesia en cada persona
que decide hacer de su corazón un pesebre donde nazca Dios, para iluminar cada acto y cada acción de su existencia.
En un corazón así, la liberación no es una promesa futura, sino una profecía cumplida ya en el presente.