El futuro deambula por las calles de Resistencia

Podía oler la tormenta en el vaho caliente de la noche. Apuré el paso pero mis ojos no pudieron esquivarlos: dos pibes de entre ocho y diez años dormían entrelazados en el sucio umbral de una vieja casa.

Uno boca arriba, con la pierna izquierda tocando al otro, que a su vez apoyaba la mano sobre el cuerpo del primero. El contacto mutuo los hacía sentirse seguros y acompañados en medio de la noche. Respiraban profundamente, ajenos al ambiente hostil y amenazante. No se pueden permitir el miedo. En cuanto amanezca, tendrán que dejar el umbral de la vieja casona y rebuscarse la vida en las calles. Unas cuadras más adelante, sobre un muro y bajo las escaleras de un edificio en construcción, una niña que no debe de llegar a los diez años duerme boca arriba, con las manos sobre el pecho. Como una bella durmiente a quien ningún príncipe vendrá a despertar con un dulce beso. Da miedo verla allí sola, indefensa, en medio de las sombras de la noche que taladran sus huesitos. Son los niños de nadie, la nada los ampara. Andan por los pasadizos de los suburbios y las vidrieras del centro, se visten con harapos remendados y se alimentan en extraños manantiales de basura. Escurren su enigma de fugitivos forasteros por callejones que asombran la ciudad. Se juntan en parques abandonados a la penumbra del olvido, entre la mala hierba que se propaga como tizón que los carboniza y la miseria trotando en sus alas apenas desplegadas. Cachorros macilentos que juegan con su propio cadáver, esqueletos caminandohacia ninguna parte... Son los niños de la nada. Pequeños que deambulan como espectros por las avenidas de las ciudades, de nuestras ciudades. Nacen y mueren en las calles; sin escuela, sin alfabeto, sin pizarra, sin maestro; sin besos ni canciones, deshabitados de padres. Rechazados por una sociedad que los margina, sobreviven robando, mendigando una moneda o hundidos en la madeja de la prostitución, asediados por las drogas, el paco y los pegamentos. Navegan por la ciudad como veleros en medio de un mar embravecido. Navegantes solitarios no son simples mendigos o delincuentes, tampoco pequeños monstruos mugrientos y peligrosos, son simplemente niños - nada más y nada menos - que sólo tienen la calle para sobrevivir. Buscan refugio cerca de los bares y tugurios, de los centros comerciales o en los bancos de alguna plaza... Nada tienen y nada esperan, apuestan sus cuerpos y sus almas en su aventura de sobrevivir sin que nadie levante la voz en su defensa; y creen que nada pueden perder mientras surcan los peligrosos “mares de la ciudad”, donde ellos mismos son su propia carta de navegación y donde se van a encontrar con terribles enemigos que les conducen a la prostitución y explotación, a la violencia, a la cárcel o incluso a la muerte. Son la punta del iceberg de una sociedad que padece en la carne de los más débiles las injusticias de sus estructuras. Con cara de tristeza y desesperación el futuro vaga hoy por las calles del Chaco empobrecido. Son niños de miradas rotas por el pegamento, esqueletos caminando hacia ninguna parte, recién paridos a la muerte, ojitos que sostienen los párpados en una proeza irrepetible a la hora en que la panza es un enorme vacío que duele, mientras nosotros cambiamos de canal, preparamos la Navidad y renovamos el calendario moviendo las pestañas a control remoto Niños que no tienen ni un pedazo de padre ni un poquito de madre Que lloran un llanto que no es música, es ruido, estertor, rabia y condena; un llanto que no puede ni medirse, ni pesarse en amor, aunque son gotas de luz sus sucias lágrimas. Niños de hambre, niños sin escuela, sin alfabeto, sin pizarra, sin maestro van por las calles del desamparo y la desventura, deshabitados, ocultando su infortunio en las esquinas. A quien corresponda ¿Acaso no tropiezan cada día con niños que pululan en las calles? Debería, cuando menos, darles vergüenza pasar por lugares en que merodean estos menores mientras ellos se dirigen a sus oficinas a preparar folletería de lujo, cursos de capacitación para funcionarios y pagar costosos consultores, sin que los resultados concretos se noten en las calles. Al parecer, sus colaboradores y los responsables todavía no se han inmutado ni parece preocuparles el tema. A ciencia cierta, hasta ahora nadie sabe ni siquiera la cantidad de niños que hay en la calle. De momento, todavía sigue firme y fuerte “el monstruo de la miseria que los condena” a seguir viviendo y aprendiendo en la mejor escuela para la delincuencia. En estas condiciones, ¿qué se puede esperar de los niños de la calle, de quienes es el futuro de la patria? La respuesta es triste y dolorosa y, sobre todo, augura al país una situación peligrosa. Y bien señores, engreídos dueños del hoy y mañana, caballeros del poder. ¿Acaso no nos ven, no nos miran, no caminan por las calles, no tropiezan con nosotros sus miradas polarizadas? La cosa es simple: tenemos derecho a vivir como seres humanos. ¿O no lo somos? ¿Les parece injusto o pretencioso? Pues a nosotros no nos gusta, a ninguno de nosotros, morir aplastados bajo sus presupuestos ni las botas Ricky Sarkany de sus mujeres o sus queridas. No nos gusta engordar a políticos ladrones. Sentir el aullido del hambre y dar gritos solamente para escuchar sus sordos discursos sobre el acelerado desarrollo y unánime progreso A ustedes la miseria les importa un bledo. Apenas un lugar común. ¿Miseria? ¿Cuál? Si nosotros costeamos los estudios de vuestros hijos y además pagamos fiestas, prendas caras, yates, despachos y residencias de lujo, asesores costosos, consultores a piacereà Pero hagámosla corta, poderosos señores: pasa que el mundo que ustedes construyen y adoran es un poco demasiado repulsivo; huele a corrupto, viciado, mezquino. Y decididamente, no nos gusta.