Un mundo feliz: la profecía autocumplida

La píldora de la euforia

“La sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen.”(William Faulkner)

Día tras día, cada vez un poco más, nos introducimos en una sociedad que podríamos definir como la del individuo ensimismado: internacionalmente conectado, que conoce en tiempo real los asuntos que a la poderosa estructura de los medios de comunicación de masas le conviene, pero que prácticamente no conoce nada de su entorno inmediato.

Día tras día nos acercamos más a la profecía de Aldous Huxley en "Un mundo feliz": estamos construyendo un universo de cretinos emocionales, que buscan por encima de todo una vida sin complicaciones y que combaten toda hipotética inquietud social por medio de la "píldora de la euforia". 

La elevada productividad, la automatización, la ingente cantidad de bienes y servicios al alcance de los consumidores, son mostrados como las consecuciones legitimadoras del sistema económico capitalista. 

Mientras tanto, se esconde la marginación e inseguridad de los suburbios, la desolación de las grandes ciudades, la desesperación espiritual de las personas apenas disimulada por su frenético ritmo de vida. 

Simultánea y paradójicamente las cargas de estrés, presión y exigencia han crecido de manera exponencial. Para materializar los anhelos más profundamente acariciados en los aspectos materiales y sociales, el hombre contemporáneo requiere entregarse a un esfuerzo supremo, realizando la mayor parte de las veces actividades que le resultan insatisfactorias y vacías, pero indispensables para mantenerse cómodo en el entorno que ha escogido.
Así, la necesidad imperiosa de ser aceptado por quienes considera sus pares lo obliga a desarrollar la ilusión de compartir intereses y posesiones e incluso a competir de manera brutal por el reconocimiento del grupo. 

El problema es que casi siempre el precio que se paga por ese reconocimiento y esa sensación de pertenencia es demasiado alto y muy poca la satisfacción de hacer lo imposible para obtenerlo. Sumado esto al enorme sacrificio de renunciar a intereses y vocaciones genuinas por meros afanes prácticos, conduce a vidas saturadas de tensión y al mismo tiempo de un profundo aburrimiento y sinsentido. 

El reino del tedio

Ante el vacío profundo, el mundo contemporáneo, con todo y las múltiples oportunidades potenciales que ofrece, se ha convertido en el reino del fastidio. 

La vida termina por transformarse en una realidad insatisfactoria y llena de espacios muertos que deben llenarse a toda costa, porque dentro de la filosofía de los tiempos que corren “aburrirse es un crimen”. 

Como consecuencia de ese vacío existencial, los miembros de las sociedades medianamente desarrolladas deben enfrentarse a uno de los males más extendidos: el tedio. 

Basta observar que el número de “placebos sociales” es mayor que nunca, para constatar que también el tedio está más extendido de lo que hubo estado jamás. 

Al flagelo del tedio, el hombre lo combate con sus contrarios: la saturación y la dispersión. Al mismo tiempo un individuo medio escribe un informe laboral, revisa sus correos, mantiene cuatro charlas simultáneas en el chat, atiende en el Twitter los últimos comentarios estridentes de Lady Gaga y los escándalos de “Il Cavalieri”, se percata de que en su celular hay tres llamadas perdidas que ni siquiera escuchó y publica en el muro de su Facebook que “se siente abrumado”. 

No es para menos; está desarrollando una multitud de actividades simultáneas. El problema es que ninguna le sirve para nada, y ninguna de ellas le aporta verdadero valor o contenido a su existencia. 

Así, por la noche, de camino a casa sentirá la pesadez de un día más que ha transcurrido sin que en su vida realmente suceda nada. 

Un hombre incapaz de trascender y trascenderse


Lo inmediato, lo presente, son garras que incapacitan al hombre en su trascendencia. Por lo dicho en párrafos anteriores, el hombre en cuya vida realmente nada sucede, es incapaz de dar el salto hacia ‘algo más‘ y desprenderse de las seguridades inmediatas, materiales. 

Carece de todo, no ve el pasado, no reflexiona el presente y el futuro se le complica, no le interesa. 

Metido de lleno en lo funcional y eficaz, en lo productivo y rentable, no llega a ver otras dimensiones de su vida e historia. De ahí que esté siempre en búsqueda de algo más. Pero todo apunta a que el hombre actual es funcionalista y objetivista en la percepción de su realidad y la realidad que lo rodea. Vale lo instrumental, lo funcional, lo constatable y lo empírico. Está atrapado en valores materialistas. El consumo desaforado es un síntoma. Se le escapa todo el mundo de la evocación y la analogía. Ve los objetos, pero no ve en profundidad, se queda en la superficie. 

Por eso, la mayoría de las veces se desencanta de la realidad y la vida, pues llega un punto en que no ve nada más. Por otro lado, ante el vacío que provoca el no profundizar, no ir más allá de las cosas, se evade en un mundo de idolatrías y supersticiones. Pero solo encuentra baches. Sigue, a pesar de todo, su picoteo por diversas experiencias escindido entre lo que se acomoda a lo que hay en el mundo de las relaciones visibles y la insaciable sed de sentido.