La fuerza secreta que nos anima

Las lecturas bíblicas que la iglesia nos propone en este tiempo litúrgico de pascua marcan de manera preponderante los frutos que produce en la vida de los creyentes el encuentro con el Señor resucitado. Todos los textos muestran las consecuencias reales que genera en la iglesia naciente la experiencia impactante de “verlo”, “escucharlo” y “tocarlo “a Jesús resucitado, luego de haberlo visto crucificado, muerto y sepultado.


Así, van emergiendo en visible contradicción lo que eran los discípulos antes de la resurrección y en lo que se transforman después de ella. Pedro, quien poco antes andaba llorando escondido detrás de las paredes se transforma en un león rugiente proclamando la resurrección de Cristo sin temor ni temblor. Del mismo modo aquellos peregrinos tristes y fracasados de Emaús que se van alejando de Jerusalén con el rostro desencajado por la frustración, vuelven corriendo a Jerusalén con una afirmación sobrecogedora: Hemos visto al Señor. También las mujeres que temerosas y llorosas andaban rondando sepulcros, son impactadas por una aparición del resucitado que las lanza hacia una carrera alocada anunciando que Jesús estaba vivo. Todos, repentinamente, son cualificados profundamente en su esencia por una experiencia definitivamente real que habría de marcar para siempre sus vidas. El cobarde se vuelve valiente; el de poca cultura y poca instrucción se vuelve maestro de discursos y de sabiduría; los deprimidos se alzan de sus tristezas y saltan de gozo anunciando a todos esta alegría; las mujeres acomplejadas por su condición femenina y por su pasado se vuelven protagonistas de un anuncio que partiría la historia en dos: Cristo Jesús ha resucitado de entre los muertos; y los incrédulos se convierten en hombres y mujeres de fe.
Los de su tiempo se preguntarían ¿qué les pasó? ¿Cómo es posible que aquellos seres insignificantes se volvieran tan valientes? ¿Cómo, aquellos que huían despavoridos ante la amenaza, eran ahora capaces de afrontar las peripecias de una persecución virulenta y sin titubeos arrojarse a las fauces de las fieras? Era legítima la pregunta del historiador de aquel tiempo: ¿qué fuerza secreta anima a los cristianos? La fuerza secreta es nada más ni nada menos que el Resucitado. Es el encuentro personal con el Cristo vivo lo que vino a espantar todas las dudas y llenar de vitalidad lo que estaba muerto. En efecto, la resurrección de Cristo subsana todas nuestras incompatibilidades humanas y exalta nuestra real posibilidad de hermosura. No hay nada más hermoso que un ser humano que refleja en su vida el poder de la resurrección, vale decir, el Cristo vivo que lo habita. Pensemos en Juan Pablo II, Madre Teresa de Calcuta, Chiara Lubich, los santos de nuestro tiempo que mostraron en sus vidas el rostro resplandeciente del resucitado. La fuerza secreta que anima a cada cristiano es justamente ese encuentro íntimo y contundente con Jesús que a todos en algún momento como a Tomás nos ha dicho: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. De esa experiencia colosal nace nuestro grito: “Señor mío y Dios mío”, y de ese grito nace también la proclamación gozosa de la Iglesia que anuncia a todos los hombres de todos los tiempos: Jesucristo Hijo único del Padre se encarnó por obra del Espíritu Santo, en el seno inmaculado de María Virgen, padeció por nuestros pecados, fue crucificado, muerto y sepultado y al tercer día resucitó para nuestra salvación.