El sueño de María Magdalena

Comenzaba el otoño cuando lo vi por vez primera. Paseaba en medio de la sementera con mis esclavas y doncellas. Jesús estaba solo. El ritmo de sus pasos resonando en el camino era distinto al de los hombres comunes; movimiento igual que el de su cuerpo nunca pude ver otro parecido.

Los demás hombres no poseían su forma de caminar, y aún ahora no sé si lo hacía lentamente o con rapidez. Me detuve un momento y levanté mi mano en ademán de saludo, que él no contestó ni siquiera mirándome. 

En ese momento lo detesté y pude sentir cómo mi sangre se consumía en mis venas por el odio que hizo presa de mí. Temblaba, helada, igual como si me encontrara en medio de una horrible nevada.

La segunda vez que pude verlo, siempre en mi duermevela, se encontraba descansando a la sombra del ciprés que está frente al jardín de mi casa. Lo observaba a través de la ventana. Su figura irradiaba paz y majestad; parecida a esas estatuas de piedra que se ven en Antioquía.

Lo miré con detenimiento y se emocionó mi espíritu hasta lo más profundo de mí misma, porque era realmente hermoso. Su cuerpo era incomparable. Todas sus líneas se habían uniformado armoniosamente, tanto que me parecieron estar enamoradas unas de otras. Una belleza que no era de este mundo

En ese momento me atavié con mi mejor vestido para ir a hablarle. ¿Era mi soledad la que me llevó hasta él o fue el perfume de su cuerpo?

¿Acaso era la codicia de mis ojos que anhelaban la belleza, o era su belleza lo que buscaban mis ojos? Hasta hoy no lo he podido saber.

Cuando hube llegado hasta él, lo saludé. Buenos días, María, me respondió. Luego me miró. Sus ojos negros vieron en mí lo que no vio hombre alguno antes que él. Ante su mirada me vi desnuda y sentí vergüenza de mí misma. ¿Quieres venir a mi casa?, le dije

¿No estoy ahora acaso en tu casa?, replicó. No comprendí sus palabras en aquél momento, pero ahora sí que las en¬tiendo: Mi casa era mi corazón, pero yo era apenas una mujer solitaria y errante
¿Quieres compartir conmigo mi vino y mi pan? -insistí.

Sí, María, pero no ahora. En estas palabras había la voz del océano, del huracán y del bosque. Y cuando me las dijo, hablaron simultáneamente la Vida con la Muerte.

Acuérdate, amigo mío, y no te olvides, que yo estaba muerta; que era una mujer que se había divorciado de sí misma y vivía lejos de este “yo” que hoy ves en mí. Había sido poseída por todas las pasiones sin ser de ninguna. Me llamaban libertina y decían que tenía siete demonios. Todos me maldecían y todos me envidiaban; pero cuando el atardecer de tus ojos alboreó en los míos, desaparecieron y se apagaron todos los astros de mis noches y me volví María, únicamente María:

Una mujer que se había extraviado sobre la tierra que conocía, para luego encontrarse a sí misma en nuevos mundos.

Volví a insistir: Ven a mi casa y comparte mi pan y mi vino. ¿Por qué insistes que yo sea tu huésped?, respondió. Y le contesté: Te ruego que entres en mi casa.

Mientras yo le hablaba, sentía que todo lo que tenía de la tierra y del cielo se reunía en mis palabras y en mis súplicas.

Entonces me observó fijamente, y sobre mi espíritu alumbró la luz de sus ojos. Y me dijo:
Tú tienes muchos amantes, pero soy yo el único que te ama. Los demás hombres se aman a sí mismos a tu lado, pero yo quiero y amo tu alma. Los demás hombres ven en ti una belleza que se marchita antes de la terminación de sus años, pero la hermosura que yo veo en ti no se marchitará jamás. En el otoño de tus días no temerá aquella belleza mirarse a sí misma en un espejo, y nadie podrá acusarla ni denigrarla. Sólo yo amo lo que es invisible en ti.

Se levantó y me miró como cuando miran las Estaciones al campo; sonrió y me dijo nuevamente: Todos los hombres se aman a sí mismos a tu lado, mas yo sólo te amo para tu salvación. 

Dijo esto y siguió su camino; nadie hubiera podido caminar como él. ¿Habrá nacido en mi jardín algún soplo divino y luego se fue hacia el Levante? ¿Fue una tempestad que vino a sacudir todas las cosas para volverlas a sus verdaderos cimientos?

No lo supe en ese entonces, pero en aquel día el atardecer de sus ojos mató la bestia que vivía en mí. Y por eso me volví una mujer, María, María Magdalena. 

La última vez que lo vi 

Escondida en el pasillo oscuro, esperé a que pasaran los soldados de ronda. Corrí, luego, calle abajo y me perdí en las sombras de un estrecho callejón. Desde allí miré hacia atrás, nada de que preocuparse, nadie de quien escapar.
Fue en ese instante que levanté la vista al cielo, no hacia el cielo en que la luna brillaba con pálida luz, ni tampoco hacia allí donde las estrellas son mil gotas apretadas como rocío en primavera, sino hacia el último, el séptimo firmamento, aquel en que la oscuridad es un abismo tenebroso, profundidad espesa que confiere a los ojos de la criatura la certeza absoluta de que ella es nada y el Señor, todo. 

Y extasiándome en aquel fondo sublime y eterno, elevé mi voz al creador del día y de la noche, pronunciando palabras sagradas, pues en los Libros sagrados se hallaban escritas: “Por la noche, buscaba el amor de mi alma: lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas buscando al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré” 

Me topé los guardas que rondan la ciudad, y les dije: “¿Visteis al amor de mi alma?” Y, apenas los pasé, encontré al amor de mi alma: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas, María?, me preguntó con dulzura y supe que ya siempre estaría en mi.