La excusa de Malvinas

La aventura bélica que nunca debió ser

Corría el año 1982 y el gobierno militar de facto había entrado en crisis. La salida democrática para un país castigado por las atrocidades cometidas por la junta militar se vislumbraba como única posible, aunque no así en las obtusas cabezas de los jefes castrenses.

La sociedad se animaba a salir a la calle y la muestra la dio la CGT. El 30 de Marzo de 1982 convocó a una manifestación multitudinaria que fue violentamente reprimida.

Acorralada, la dictadura fugó hacia adelante. Y de la peor manera. El 2 de Abril, el entonces dictador Leopoldo F. Galtieri daba la orden de comenzar la guerra en Malvinas. Tan sediento de poder, como de sangre y de whisky, entendió que para volver a ganar la voluntad de la sociedad argentina no le quedaba otro camino que apelar a las pasiones más sensibles, y éstas en cualquier país, de cualquier cultura moderna, remiten al nacionalismo.

En 1982 las excusas que “justificaron” el golpe de Estado de 1976 no tenían ya cabida para sostenerse en el poder, por lo que fue necesario poner sobre el escritorio el mapa de las Islas Malvinas y apelar nuevamente a los sentimientos nacionalistas más profundos.

La patria, el último refugio de los cretinos

La patria es el último refugio de los cretinos y la “gesta patriótica por la soberanía nacional en Malvinas” pretendió de esa forma justificar el manotazo de ahogado con el que la Junta Militar proponía perpetuar al desfalleciente Proceso de Reorganización Nacional. No hace falta que aquí recordemos lo nefasto y terrible que fue ese capítulo de la historia argentina.

Las arengas de Galtieri desde los balcones de la Casa Rosada convocando a los ingleses a la guerra no eran palabras destinadas al imperio británico sino a la sociedad argentina, que se volcó masivamente a apoyar esta aventura militar sin sospechar siquiera la maniobra ominosa que escondía, ni considerar muchas cuestiones fundamentales que hacían imposible un éxito en aquella empresa.

Las posiciones contrarias a ese triunfalismo fanático sólo fueron defendidas por un puñado de integrantes de diversos organismos defensores de los derechos humanos y por individualidades que poco eco lograban, en el marco de la férrea censura impuesta por la dictadura, contrastada con el ruidoso coro de defensores de la absurda aventura.

En la locura y necedad de Galtieri y compañía, se enfrentó a la Argentina a uno de los principales países de la OTAN y una de las cinco economías más importantes del globo. También se desafió a la historia: el Reino Unido jamás se retiró sin luchar de ninguna parte.

Pero en sus delirios de grandeza y estupidez absoluta, se consideró que un regimiento de conscriptos sin entrenamiento, sin armamento avanzado, cuya única función hasta entonces había sido la de servir a oficiales aprovechados en los cuarteles, podría conseguir lo que no pudieron lograr las divisiones panzer unidad de elite de la SS - de Hitler en Francia o la Luftwaffe (fuerza aérea alemana) en la Batalla de Inglaterra, en 1940.

Del triunfalismo a la derrota

Las primeras noticias de la guerra sostenían que Argentina ganaba, y como si fueran notas deportivas los principales medios de comunicación y sus comunicadores exaltaban los valores heroicos de esos jóvenes soldados que, mientras en la Plaza de Mayo se vitoreaba a Galtieri, en las islas morían de frío, por las balas del enemigo y las propias.

La guerra sirvió también para medir la miseria ética e intelectual de gran parte de la dirigencia política argentina. La inmensa mayoría de los políticos se alineó en la aventura militar, concurriendo a izar banderas junto al ejército y avalando prácticamente todo lo actuado por la Junta Militar con relación al conflicto.

También los partidos de izquierda quedaron pegados en la “defensa de la patria”, equívoco nombre que recibía la defensa objetiva de la dictadura, independientemente de la voluntad de quienes adherían a estos discursos.

Estos partidos no habían digerido adecuadamente una afirmación que antes del conflicto ellos mismos realizaban: “Un territorio no vale más que la vida de las personas que lo habitan”.

El principio del fin

Pero la guerra terminó, la derrota fue contundente y aquella fuga hacia delante de la dictadura se convirtió en el principio del fin del régimen.

Lo único positivo que arrojó el conflicto es que la dictadura criminal debió irse, abriendo paso a la democracia- independientemente de la valoración que hagamos de ella- que hoy goza el pueblo argentino.

Pero en la medida que los genocidas debieron irse en estas condiciones, sin sufrir una derrota contundente por parte del pueblo; se gestaron las condiciones de una democracia débil, superficial y procedimental. El poder económico - verdadero causante y beneficiario del criminal plan de gobierno implementado desde 1976- observaba todo desde bambalinas y sacó las conclusiones del caso:

los militares dejaban de ser confiables, era necesario pasar a otra etapa: las democracias restringidas y condicionadas que aún vivimos.

La basura bajo la alfombra

Los sobrevivientes regresaron sin pena ni gloria y la sociedad argentina les dio la espalda. Se hizo carne en el pueblo aquella idea en la que todos somos padres de la victoria pero las derrotas son huérfanas.

La mentira de Malvinas caló hondo en los sentimientos de los argentinos. Había entonces que poner bajo la alfombra la basura para que no se viera en los nuevos tiempos que comenzaban con la primavera alfonsinista.

Si nos torturaron, nos hicieron desapa¬recer y luego nos condujeron a la derrota en el Atlántico sur, que no se note, que no se sepa y mucho menos se recuerde.

El olvido comenzó a ganarle la guerra a la memoria y los ex combatientes quedaron desamparados.
Los más de 400 suicidios se suman a los más de 600 chicos muertos en las islas.

Eran, en ese momento, la vergüenza de un país que no podrá mirar nunca hacia delante si no es capaz de asumir los errores del pasado.

La responsabilidad criminal del ejército en la guerra es la misma responsabilidad criminal por los 30.000 desaparecidos, pero también la responsabilidad social de haber permitido que aquello ocurra.

¿Cómo fue posible el holocausto nazi? Se pregunta la sociedad alemana. Nosotros en vez de volvernos sujetos críticos con nuestro propio pasado damos vuelta la página de la historia y seguimos cami¬nando a ciegas, pensando tal vez que de esa manera vamos a salir de la perpetua crisis en la que vivimos.

No hay sociedad que logre desarrollarse sino mira y estudia críticamente su propio pasado.