Niñas violadas, infancias rotas

Por las innumerables violaciones que se están cometiendo y se cometerán este año nos levantamos y decimos basta. Por los millones de mujeres y niñas prostituidas, víctimas del negocio de la esclavitud moderna, nos levantamos y decimos basta. Por la violencia invisible que ataca cuerpos, almas y mentes femeninas, nos levantamos y decimos basta.

Una nena correntina de 10 años atraviesa el sexto mes de gestación, mientras que otra de 12 se encuentra en el quinto, aparentemente de una relación consentida con un chico de 19 años (estupro).

El arzobispo correntino, Andrés Stanovnik, advirtió que “un niño por nacer, por más que haya sido concebido en circunstancias indeseadas, nunca puede ser considerado un peso del que hay que deshacerse.” Con todo respeto, como hija de Dios, quisiera preguntarle a monseñor Stanovnik, y a toda la jerarquía católica que no sólo se opone al aborto
en cualquier caso (totalmente comprensible: el aborto es un asesinato con una matiz de tragedia absoluta, de la que nadie puede ser partidario o sentirse beneficiario), sino que tampoco admite la anticoncepción en ninguna de sus formas (salvo
la abstinencia o el método natural) y sostiene a rajatablas que la educación sexual debe ceñirse a la familia, a partir de determinada edad y dirigida al único e ideal objetivo de la castidad - entre tantos requisitos y exigencias -, quisiera
preguntarles, insisto, ¿sinceramente creen que esas niñas de diez o doce años, cuyos embarazos han sido violentamente impuestos por la peor de las vejaciones, están aptas y maduras física, psicológica y moralmente para ser madres o incluso para dar curso y término a un embarazo?

Si quieren evitar los abortos, ¿por qué rechazan la educación sexual? ¿Por qué están en contra de los preservativos y anticonceptivos?
 
¿Y luego qué? Quisiera que me respondan: ¿entregar al niño o niña en adopción? ¿Creen que esta es una decisión sencilla que ellas son capaces de tomar, o alguien decidirá en sus nombres infligiéndoles otra violación y mayor confusión? Pensar en esto como una alternativa fácil a semejante tragedia es un autoengaño o una desfachatez.

Me tortura saber: ¿Le duelen a la Iglesia las niñas violadas y embarazadas o sólo levantan la mano en función de su parcela de poder, de sus dogmas, pecados, castigos y tridentes? Si es así, continuarán siendo las hijas de nadie.

Invisiblemente incómodas
 
Y quiero también preguntarles: ¿qué de las mentes, qué de las almas, qué de los cuerpos
 de estas niñas? 

Tienen las bocas cerradas, pero nos interpelan desde su profundo silencio. Tienen los ojos vacíos, pero sus pupilas dilatadas por el miedo. Tienen los pies helados, descalzos por la vergüenza callada que nos vuelve sordos
y mudos.

Tienen las manos rotas, destrozadas por no poder abrazar lo que les fue arrebatado un día o una noche. Tienen el no olvido sellado en sus frentes, brazos, ojos, bocas. Son ellas, todas, ignoradas, pisoteadas una y otra vez ante nuestra mirada indiferente, lejana. Son todas y cada una de ellas, las invisibles incómodas, pero que siempre estarán presentes
 en algún lugar de nuestra memoria rasgada de silencio y oscurantismo. 

Hablemos de “eso” 

La educación sexual no debe empezar a los 15 años, la sexualidad empieza desde que los niños comienzan a explorarse.
Creemos firmemente que es imprescindible una educación sexual responsable, ética, realista, sensata, fundada científicamente, es decir, una educación integral. Esto significa abordar la sexualidad relacionándola con valores.

Pero no hablamos de valores solamente ideales, sino de aquellos que se incluyen entre los derechos humanos: una educación sexual para la convivencia, que apunte a la búsqueda de una sociedad mejor, más tolerante, más respetuosa, más libre, donde la sexualidad se incluya con armonía y equilibrio.

El discurso de la Iglesia

Las prescripciones católicas dominantes referidas a la moral sexual, centradas en el matrimonio indisoluble, la virginidad y a castidad, encuentran reducidos niveles de aceptación en la sociedad. La iglesia católica y sectores confesionales deben flexibilizar la rigidez de ciertas posturas, ampliar la mirada y penetrar con ella la realidad, por cruda que sea. Acompasar su discurso a los tiempos que vivimos, donde son muchas y nefastas las modas y costumbres que atrapan a nuestras niñas y adolescentes. 

En definitiva, la propuesta cristiana debería hacer converger sexualidad y amor, y solo éste debería ser el principio ético fundamental que rija la vida del creyente. Más allá de la genitalidad, la sexualidad debería estar ordenada al encuentro amoroso. Esta podría ser una interpretación del mensaje total de Jesús aplicado al terreno sexual. 

La sexualidad tiene que ver con la vida, con el amor y con el gozo de vivir. Recuperar estas dimensiones es tarea imprescindible de nuestros pastores, tanto como comenzar a comprender, todos, que la sexualidad es un aspecto que no puede ser cercenado de la  estructura global de la personalidad. 

No podemos, mientras la realidad nos pasa por arriba, seguir discutiendo y polemizando acerca de la conveniencia, o no,
de la educación sexual o del uso de métodos anticonceptivos. Dirimir esa cuestión a estas alturas es una tarea condenada al fracaso. 

La pregunta ya no es si se debe enseñar, educar y prevenir. Es, más bien, cómo se debe hacer. Lamentablemente, sucede que la educación sexual está aún hoy cubierta de sexismo, mitos, tabúes y estereotipos, y las evidencias muestran que las buenas intenciones quedan borroneadas por el silencio, que también es una forma de educar (o de desamparar) con
la idea de que “de eso no se habla”.