Enero y las ansiadas vacaciones en la playa

En la playa, ese breve y ansiado período de relax y placer (¿¿??), es como si se viviera en un enorme edificio
sin paredes; todos ven, miran - de reojo o abiertamente - y escuchan lo que hacen y dicen los otros.

Es como un gran hermano real o el enorme ojo de un cíclope que nos devora a todos, no porque seamos chismosos - que además somos re -, sino porque no nos queda otra: por mucho que intentemos ignorar lo que pasa alrededor, todos estamos más apretados que pingüinos bajo el sol y, para desgracia, morbo o divertimento, nada se nos pasa desapercibido de ese particular zoo humano.

* El peor espécimen playero es el Tío Rico que habla por su celular a los gritos, tanto que uno se pregunta si a grito pelado se puede comunicar mejor. Para colmo, el amable sujeto justo vino a sentarse a nuestro lado y exactamente cuando una modorra pegajosa está a punto de conver¬tirnos en somnolientas lagartijas al sol. En ese instante precioso suena el minúsculo aparatito (una musiquita nada discreta, por supuesto), pero la cosa no pasaría a mayores salvo porque habla dando alaridos como si adrede, para que te enteres de sus aventuras amorosas y sus desventuras con el Banco que no le quiere vender dólares y cómo diablos va a hacer nuestro pequeño Tío Rico para irse a “Mayami” en febrero.

Como la playa es un lugar público no te podés quejar pero tampoco te pueden prohibir acordarte de toda la familia del presuntuoso varón domado por el deseo de ostentar.

* Otro protagonista de las playas al uso nostro son los odiosos kilos de más que, ¿quién no los tiene? Aunque sea unos pocos. El tema se complica con el operativo bikini, tanga o hilo dental que se empeñan en ponerse algunas féminas que tienen más que unos kilos de exceso, pese a que durante todo diciembre se mataron en los planes especiales de gym, fitness, masajes reductores y demás mágicas fórmulas reductoras, cuyo fracaso rotundo ante la sobreingestas de las fiestas findeañeras está a la vista en esos hermosos reforzados Michelín en la cintura.

Hasta aquí todo bien. ¿Pero por qué intentar introducirse entre tanto rollo esas diminutas piezas de baño que exigen todo un operativo imposible? Existen otras alternativas. A saber:

* Meter barriga, enderezar espalda, contener el aire, inflar pecho. Suele dar un fugaz resultado pero pueden suceder casos de explosiones espontáneas de mujeres apretándose la panza para que nadie las vea en su paseo hacia el agua. A propósito, ¿por qué el agua está siempre tan lejos?

* En estos casos sería mejor optar por declararse nudista: si sos mujer nadie se va a fijar en tu prominente barriga o tus rollos porque tienen algo más que mirar, por lo menos dos poderosas razones en el frente y la retaguardia. Todo lo demás pasa a segundo plano. Los hombres abstenerse, ciertos atributos propios serán sopesados minuciosamente por las mujeres e impla¬cablemente criticados, o ellas se lanzarán sobre ellos echando espuma por la boca y las orejas

* De todos modos, hay maneras menos complicadas de ocultar los kilitos de más. Sin muchas dificultades, podés cruzarte de brazos, a una altura un poco baja. Es una manera muy efectiva y usada en el mundo entero, recomendada hasta por universidades australianas. Eso sí, si abrís los brazos procurá seguir el primer consejo, no bajarlos de cierta altura, caso contrario estás perdido. El cruzar los brazos en las mujeres también es muy útil ya que si lo hacen por debajo de los pechos los levantan onda chica Tinelli, y ya se sabe que donde hay un escote nadie más mira hacia otra parte.

* La señora sola, es un personaje típico. Víctima o victimaria, con el pretexto del trabajo su marido la envió a la playa con los cinco hijos, dos sobrinos y una vecina comedida que llevó el pichicho. La idea es que el grupo familiar se quede todo el tiempo en la playa, mientras en la ciudad el jefe de hogar se dedica a tomar cerveza, hacer asados y divertirse con sus amigos u ocasionales señoritas. Pero como la señora en cuestión conoce los planes del susodicho, o al menos los intuye, se cobra venganza vía billetera: compra todo lo que el ejército de niñas y niños le pide, se da dos o tres gustitos por día y de paso descansa del “tarado de mi marido que se quedó”.

* Merodeando a la señora están los `ni¬ños ladilla’. Cuando se juntan dos o tres de ellos, ya podemos hablar de una plaga. Su inocente comportamiento incluye tirarnos arena sobre el cuerpo empapado de bron¬ceador y convertirnos en dorada milanesa cuando corren; eso si no te pisan la cabeza mientras chillan como desaforados. Los responsables de pararles el carro casi nunca actúan, porque está de moda creer que si uno reta a un niño/a ladilla éste sufrirá un trauma sicológico irreparable. ¿Cuándo dejarán que se pueda enterrar a este tipo de niños en la arena y esperar que suba la marea?

* Infaltable en la fauna playera es la exhi¬bicionista. Joven ella o sexi/genaria. Suele caminar por la arena como si lo hiciera en una pasarela ante miles de ojos que la miran solo a ella. Cuando sale del agua sacude su pelo y se acomoda el bikini dejando que las gotas resbalen por su cuerpo con un movimiento que intenta ser igualito al de Demi Moore en pleno baile sexy en la película StripTease, lo que deja tuertos a un noventa por ciento de los giles que están en la arena (el diez por ciento restante es gay o llegó a la playa con la bruja).

* Por supuesto, no puede estar ausente el Curiosus viejus verde: “masculino” de entre 40 y 50 años con notorios problemas de orientación. Ha ido a la playa pero no mirará en ningún momento hacia el agua. El espectro de su mirada se centra en la arena y lo que allí ocurre. Con los pies en remojo, a su espalda el agua, mira obscenamente las adolescentes que toman sol, las que pasean o las que juegan al vóley, mientras un hi¬lillo de baba le chorrea por la comisura de la boca. Nunca se saca sus anteojos de sol, imprescindibles para canalizar sus deseos de viejo verde sin ser pillado aunque todo el mundo lo tiene bien calado.

* Y por último, está uno o una misma: criaturas que visitamos nuestras playas nada más que para hacer una radiografía de su fauna típica siguiendo las estric¬tas normas de investigación in situ del eminente doctor Housse: llegar, sentarte y mirar pa’ un lao y pal’ otro, de puro malditos no más.