Cuerpos sin alma

Podemos tratar a nuestro cuerpo como un material biológico, o podemos tratarlo situados desde su comprensión más profunda como una realidad sobrenatural que por ser creación de Dios tiene un destino de gloria. La historia de nuestro cuerpo no termina en la sepultura sino que tiene continuidad más allá de la muerte.

 El cómo se da esa continuidad en la eternidad es materia de fe. Los cristianos, en efecto, creemos que nuestro cuerpo está contenido en una realidad sobrenatural que llamamos alma o espíritu, la cual es indestructible e inmortal. De la postura que adoptemos en relación con nuestro cuerpo será también el modo como lo trataremos. Si tenemos una comprensión solo materialista y biológica de nuestro cuerpo, le daremos a él una atención solo material, vale decir, responderemos básicamente al llamado natural del cuerpo que es una de sus dimensiones, aunque no la única. La naturaleza del cuerpo instintivamente lo impulsará a mantenerse en la vida, reclamando el alimento para nutrirse y al mismo tiempo, también instintivamente, buscará su continuidad en la especie a través del impulso sexual que buscara la procreación. La otra dimensión del cuerpo que tiene que ver con el alma y el espíritu lo impulsará a la búsqueda de la reciprocidad para concretizar el llamado profundo del ser que tiene que ver con el amor. Esta reciprocidad que como amor busca al otro halla su punto más culminante cuando el cuerpo descubre la razón más honda de su existencia: Dios que es quien lo ha creado. De este modo el cuerpo se hace consciente de su realidad espiritual y al mismo tiempo descubre la extraordinaria dignidad que tiene por ser obra de Dios con un destino y una misión muy particular en el mundo. El cuerpo por tanto puede quedar de manera absurda solo en el nivel de corporalidad bilógica instintiva, o ascender hacia la dimensión más profunda e integradora que tiene que ver con su realidad espiritual. En este sentido diremos que el cuerpo considerado solo material biológico queda sin alma y entonces condenado a la sola ley del instinto y regido por ella. Vivirá entonces solo para comer y para procrearse. San Pablo llamará “fornicación”, o prostitución del cuerpo, al uso del cuerpo fuera de la ley moral que Dios ha instituido al crearlo. Esa ley moral dice que por haber sido creados por Dios, nuestro cuerpo tiene una extraordinaria dignidad a tal punto que San Pablo lo llama “templo del espíritu santo”, o lugar donde efectivamente puede habitar la divinidad. La comprensión del cuerpo como una realidad espiritual excede la religión, ya que no es por la religión que el cuerpo es espiritual sino porque ha sido creado por Dios. Y el sello que expresa nítidamente esa realidad es que ese cuerpo tiende naturalmente al amor, busca el amor y quiere realizarse desde el amor. Y así como el cuerpo se debilita ante la carencia de alimentos, del mismo modo ese cuerpo se vuelve frágil cuando el amor no lo nutre en su dimisión espiritual. El odio corrompe el cuerpo y lo vuelve no solo enfermo emocionalmente sino también enfermo físicamente. Al no estar contenido en el alma que lo armoniza y fortalece el cuerpo se transforma en un vehículo de energías muy nocivas que terminarán destruyéndolo. Un cuerpo sin alma muere mucho antes de que le llegue la muerte, muere en el mismo instante en el que el vicio, la fornicación y la mala vida en todas sus formas, le quita el oxigeno que le da vida: el Espíritu Santo en el que el cuerpo está contenido para poder alcanzar su pleno desarrollo y plenitud. El cuerpo sin alma, es decir sin vida espiritual, es un cuerpo muerto por más que continúe teniendo actividad biológica.