Nacer de Dios para vencer al mundo

Si es muy triste sentirnos privados del amor y de la compañía de nuestros padres, mucho más triste aun es sentirnos huérfanos de Dios. Existen personas que por decisión propia pierden el vínculo de amor con sus padres y se alejan de ellos para convertirse en huérfanos errantes sin el referente de la casa paterna.

Perder esa referencia es hacernos como pájaros que vuelan en el aire sin nidos y sin árboles donde reposar sus cansancios y ahuyentar sus temores en tiempos de peligro. Cuando la vida por ley natural nos deja huérfanos, nos queda todavía el vínculo indestructible de ese amor por nuestros padres que nos sirven de inspiración y sostén en la vida. ¿Quién no recuerda la palabra y el ejemplo del “viejo” o de la “vieja” en los momentos cruciales de la existencia? ¿Quién no siente alivio y paz en el alma cuando pensamos en aquellos seres que nos amaron y nos dieron la vida? En nuestro vínculo con Dios sucede lo mismo, muchos de nosotros rompemos nuestra relación con El y nos alejamos de su presencia. Sin embargo, es tan inmenso el amor de Dios y nos siente tan hijos suyos que no se escandaliza ante nuestra ingratitud y tampoco se cansa de nuestras rebeldías. Y así como en la casa de los buenos padres hay siempre una habitación, una cama y un plato de comida para los hijos, del mismo modo habrá siempre un lugar para los hijos amados en la casa del padre compasivo. Allí habrá siempre pan en abundancia para aliviar el hambre y manantiales inagotables de aguas cristalinas para saciar la sed. “Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán”. ¿Por qué nos empeñamos en buscar la felicidad donde es imposible encontrarla? ¿Y por qué bebemos agua en charcos turbios, teniendo que pagar por ello, en vez de beber del agua cristalina que nos ofrece Dios de manera gratuita? Tan incompresible es nuestro corazón y tan complicada a veces nuestra existencia, pero Dios es más simple que nuestros complejos argumentos: Dios es amor y quien se abre a ese amor con sincero corazón descubre el misterio de la vida. El amor verdadero y la felicidad verdadera nacen del encuentro con Dios. En esa experiencia nos reconocemos hijos amados por el Padre y a partir de ese encuentro son sanadas todas nuestras dolencias. Todos nuestros traumas fruto de las experiencias negativas en la vida son superados a partir de la certeza del amor del Padre que nos llega a través de la fe. Esa fe nos confirma como hijos amados de Dios no solo en el nivel terapéutico y superficial de nuestros sentimientos, sino en lo más profundo de nuestro ser. El amor de Dios como experiencia sana no solo nuestras heridas emocionales sino, y precisamente, las profundas heridas del alma. Confirmados en ese amor podemos gritar a los cuatro vientos: “Hemos nacido de Dios y hemos vencido al mundo”. La victoria de una existencia feliz se funda en esa filiación que públicamente Dios reconoce en el momento de nuestro bautismo: “Tú eres mi Hijo muy amado en quien tengo puesta toda mi predilección”. Nos llama a la vida y nos elige, por eso nos busca en cada recodo del camino, para darnos nuestra verdadera identidad y dignidad. Nunca seremos huérfanos entonces, porque siempre seremos hijos de Dios. Tenemos un Padre y una Madre celestiales que nos aman y estamos llamados a honrar ese vínculo para alcanzar la verdadera felicidad. Vivir errantes, sin casa ni identidad y sin el vínculo con nuestro Padre Dios nos expone a la perversión. En su casa y con su abrazo somos inundados de su belleza y solo de ese modo alcanzamos el verdadero significado de la vida y de por qué nacemos, vivimos y morimos en el mundo.