Continúa la escribanía

La democracia bien entendida funciona como tal cuando la división de poderes, su razón de ser, funciona correctamente. No ocurre eso en el país. El sistema presidencialista, representado en su máxima expresión por la primera mandataria, como lo dijimos en reiteradas oportunidades, es más parecido a una monarquía que a una sana democracia.

Las pruebas

Existe un conocido aforismo jurídico que afirma, “a confesión de parte, relevo de pruebas”. Esto ocurre cuando en un juicio, el acusado se confiesa culpable. El ingenio popular lo adoptó para dar por cierto una crítica, cuando el criticado acepta que es cierto el motivo por el cual se lo critica.

Si bien es cierto que este reconocimiento lo hicieron muchos funcionarios públicos en centenares de oportunidades, siempre había sido confesado fuera de micrófono; es decir, puertas adentro, donde se dice lo que por miedo no se animan a reconocer públicamente. Pero, el exministro de Agricultura, ahora presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez, lo acaba de reconocer públicamente, cuando dijo respecto de su relación con el Poder Ejecutivo: “Si diciéndonos escribanía nos quieren descalificar, le digo a la oposición, que la verdad es que no tengo inconveniente de ser el escribano de un gobierno que defiende los intereses del pueblo…”

Escribanía


En definitiva, una escribanía, en términos generales, es una función que otorga carácter público a documentos privados. Eso es lo que vienen haciendo los legisladores hace rato. Son manejados por el Poder Ejecutivo, y en lugar de controlar el ejercicio de las funciones administrativas públicas del Ejecutivo, admiten de manera explícita los abusos presidenciales. En lugar de equilibrar la balanza de poderes, acto mismo por el que fuera creado ese poder, se desacreditan obedeciendo lo que tendrían que rechazar.

Las declaraciones ahora públicas de Domínguez, no hacen otra cosa que acreditar lo que venimos sosteniendo columna tras columna, que por su gran vocación hegemónica —nada democrática— el Ejecutivo sofoca a sus adversarios políticos, transformándolos en enemigos a vencer. Actitud que no se hace necesaria para con los de adentro, como por ejemplos los diputados nacionales, quienes no tienen otra alternativa que la de obedecer, bajo la amenaza encubierta de ser castigados políticamente. Una verdadera lástima. Porque desacreditan un poder que fue creado para controlar y lo reducen a una simple escribanía, que da por bueno los constantes desvíos constitucionales que ya son una norma presidencial.

Los jueces


Ante la grave carencia de un poder legislativo sometido a ultranza por un poder ejecutivo sin límites, solo queda la esperanza que el otro poder no perezca ante el mismo encantamiento. Nos referimos al Poder Judicial. Es cierto que existen jueces honrados y honestos y tal vez sean la mayoría de los magistrados argentinos; pero nadie puede negar que también existan de los otros. Porque es casi imposible creer, que solo por casualidad, las causas judiciales más nefastas para el país, siempre terminen parando en determinados juzgados que han dado muestras irrefutables de haber caído bajo los tentáculos del encantamiento presidencial.

Pero, en su penúltima alocución del año, desde el umbral de la soberbia que nunca pudo abandonar y en el que se muestra como la maestra que todo lo sabe, la presidente menospreció públicamente, a quienes, desde la prensa, hacen una defensa irrestricta de las Instituciones constitucionales que deteriora día a día con su accionar.

Monarquía vs. Instituciones


No importa lo que sostenga, a menos que cambie, siempre diremos que su gobierno es más parecido al de una monarquía que al de una democracia genuina. Seguiremos sosteniendo que su gobierno es mucho más parecido al del venezolano Hugo Chávez, que al de la brasilera Dilma Rousseff. El tiempo dirá si estamos equivocados.

En ese contexto, es dramático ver por televisión a quienes hemos bautizado como los aplaudidores. Los que se sientan en los salones, la escuchan, y la aplauden aunque no haya razón para hacerlo. Aunque a decir verdad, algunos de los aplaudidores ya no coinciden con ella, pero no tienen el valor necesario para resistirle, y solo aplauden después que comienzan los más manejables. Es increíble ver al grado de degradación que algunos llegan por mantenerse aferrados al poder.