Aunque la higuera no florezca

El diccionario ilustrado de la lengua española, define como profeta a aquel que posee el don de profecía; y que, guiado por indicios o señales, anuncia o predice algo. A su vez, el diccionario bíblico ilustrado, señala como profeta, a aquel a quien Dios reviste de Su autoridad para que comunique Su voluntad a los hombres, y los instruya.


Habacuc


La tribu de Judá, que posteriormente les da nombre a los judíos, fue testigo de las proclamas de un profeta llamado Habacuc. Con algunas diferencias entre si, los eruditos bíblicos opinan que este profeta desarrolló su ministerio o trabajo, unos 600 años antes del nacimiento de Cristo. Su clamor de protesta contra la violencia y la iniquidad, sin que Dios parezca reaccionar, fue el eje central de su ministerio. Al menos, eso se deduce del dialogo conque inicia su discurso bíblico, cuando le pregunta al Creador ¿Hasta cuando, oh Dios, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?; y le sigue preguntando ¿Por qué me haces ver corrupción, y haces que vea desazón? Y luego argumenta: “destrucción y violencia están delante de mi, y pleito y contienda se levantan, por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no sale según la verdad; por cuanto el pagano asedia al justo, por eso sale torcida la justicia”.

Como hoy

Siempre que se quiere enfatizar la maldad actual, se utiliza como termómetro, lo que el común de la gente define como una especie de profecía popular, la denunciada por la letra del tango Cambalache. Su autor, Enrique Santos Discépolo, en el año 1935, le vuelve a recordar a todos los argentinos y al mundo entero, lo mismo que Habacuc denunciara dos mil quinientos años atrás. Dice la letra del tango “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil, también”. Dicho de otro modo, salvo excepciones contadas con los dedos de la mano, la gente no cambia; al contrario, si lo hace, es para peor.

Mafalda

Hace cuarenta años, un exitoso creador de tiras cómicas, conocido popularmente como Quino, fue autor del inolvidable personaje bautizado con el nombre de Mafalda, una niña inteligentísima, que en la tira no hablaba para los chicos, sino para los adultos de la clase media argentina. En uno de sus tantos y clásicos diálogos con personas mayores, Mafalda le preguntaba a uno de ellos: “Usted, ¿es bueno?” y el entrevistado siempre decía: “¡Por supuesto Mafalda, yo soy bueno!”. Entonces ella, meditando un rato, luego afirmaba: “Todos dicen que son buenos, pero sin embargo, el mundo es una porquería”. En definitiva, el pensamiento de Mafalda solo ponía blanco sobre negro una realidad actual. Denunciaba la inmensa distancia que existe entre lo que las personas dicen que son, y lo que realmente son.

Comprensión de Habacuc

Le llevó mucho tiempo al profeta de Judá comprender a Dios. Salvando las distancias, pensaba como Mafalda, y como justiciero, quería que Dios envíe truenos y rayos para destruirlos, pero Dios sabía que si hacía eso, casi todos habrían muerto por causa de su propia maldad. En definitiva, los hombres no pensamos como el Creador. El tiene paciencia, nosotros no. Cuando Habacuc entendió el plan divino basado en la espera y la paciencia, solo se dedicó a decirle a los malos lo que Dios haría con ellos si no se arrepentían. Eso cambio su vida. Dejó de reclamar castigo para los malos y solo se dedicó a profetizar el destino que ellos tendrían si no cambiaban.

Aunque la higuera no florezca

Tal fue el cambio de Habacuc, que pasó del reclamo a la exaltación. Termina su libro con una magistral clase de dependencia divina, diciéndole a su Creador: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en el Dios de mi fortaleza, el cual hace mis pies como ciervas, y en mis alturas me hace andar”.

Para el pueblo de Israel, la expresión “debajo de su parra y debajo de la higuera” era sinónimo de prosperidad y seguridad; porque, otro profeta, en este caso Zacarías, pronosticó metafóricamente que en el día de prosperidad de Israel, “cada uno de vosotros convidará a su compañero, debajo de su vid y debajo de su higuera”. Sin embargo, Habacuc, realmente consustanciado con la manera de actuar de Dios, deja de lado la preocupación personal y muestra su predisposición a adorarlo, aunque las cosas no fueran como él quería que fuesen.

Nosotros

Podemos recoger por lo menos dos enseñanzas de Habacuc. Una, que los malos tendrán su castigo en el tiempo de Dios y no en el nuestro. La otra, que a pesar que la higuera no florezca, ni que en las vides haya fruto, aún así, deberíamos depender de la soberanía divina.

No pocas veces los justos caen a manos de los injustos. Muchas veces el justo ve que las cosas no salen como quisiera que salgan. Pero esa, no deja de ser una realidad pasajera. La verdad central es que, más tarde o más temprano, el justo será premiado y el injusto será castigado. Por eso mismo, Habacuc, elogiando al justo y prediciendo el castigo para el inmoral, dice “He aquí que aquel cuya alma no es recta se enorgullece; más el justo por su fe vivirá”.