Los retoños de la calle

Dame tu dolor, Diablito, que tus lágrimas rueden por mis mejillas y el crujir de tu impotencia sea mi tormento y no el tuyo; que mis espaldas carguen tu soledad y tus gritos callados revienten mi garganta.

Como un fiero bramido, el hambre sube por las callejas de los suburbios y las vidrieras del centro, voltea las esquinas, se viste como raro vagabundo, choca con extraños manantiales de basura, se desliza por callejones umbríos que acechan a la ciudad y a todo viajero que no quiere ver en ellos su enigma de viejo forastero.

Se concentra en parques abandonados a la penumbra del olvido donde crecen niños entre la mala hierba que se expande como destellos de cenizas; la miseria trotando con sus alas desplegadas; la indiferencia, lágrima que se escapa al borde de un río; la esperanza que no vuelve a tocar la puerta que nos salve...

Somos lo viejos del siglo pasado pero apenas niños en los primeros pasos del tercer milenio después de Cristo.

Salvo los niños perdidos de El Impe¬netrable, los explotados en las calles de Resistencia, los que duermen en los umbrales de cerradas catedrales, los que na¬die sabe que existen en las villas y asentamientos, en ranchos de cartón, chapas y trapos, los que hambrientos merodean los basurales y pelean por un miserable resto de comida nauseabunda...

Esos niños que no están en los planes del milenio que viene porque muchos de ellos no conocerán siquiera la próxima semana 

Esos que son menos que huérfanos en el desierto... Los hijos del hambre que los acuna y a nadie le importa un cachorro de hombre que juega con su propio cadáver

Esqueletos caminando hacia ninguna parte, recién paridos a la muerte, ojitos que sostienen los párpados en una proeza irrepetible a la hora en que la panza es un enorme vacío que duele, mientras nosotros cambiamos de canal, preparamos la Navidad y renovamos el calendario moviendo las pestañas a control remoto

Niños que no tienen ni un pedazo de pa¬dre ni un poquito de madre Que lloran un llanto que no es música... Es ruido, estertor, rabia y condena; un llanto que no puede ni medirse, ni pesarse en amor, aunque son gotas de luz sus sucias lágrimas...

Van por las calles del desamparo y la desventura, deshabitados, ocultando su in¬fortunio en las esquinas Niños de hambre, niños sin escuela, sin alfabeto, sin pizarra, sin maestro...

Sin besos ni canciones

Quién olvidó, pregunto, el piberío que duerme en los oscuros callejones como si el sol que entibia la mañana llenara la región flaca del frío. Quién olvidó, repito, en qué mugroso tren te abandonaron, hijo de la calle y hermano del olvido con tus grandes ojos color azabache y la infancia arrugada en tu remera desteñida y mugrienta. No te escucha el espeso murmullo de la gente que te aplasta sin enterarse de ese grito de esperanza mutilada, de protección ausente, de niñez deshilachada en el umbral de la nada, acorralado en cada trampa de la vida; estirando tu ilusión a la limosna, abriendo tus manos como dos aullidos... Quienes son los engreídos dueños del hoy y del mañana que día a día te crucifican en la dádiva, te azotan con indiferencia y harapos. Quien apagó el cristal inocente de tus ojos y rasga mi vida inútil para que sangre a borbotones mi impotencia porque de rodillas a tu lado, mi niño, inclino mi cabeza y te ofrendo mi vergüenza. (A “Diablito”, pequeño retoño de la calle).

¿En cuántos simposios, conferencias, cumbres internacionales, organismos internacionales, encuentros de mandatarios —que demandan millones de pesos— se viene diciendo que en tanto ellos siguen allí, en la calle, cada vez en mayor número, corrompidos y abusados, cargando con los prejuicios, el miedo y el silencio abrumador de una sociedad que mira para el costado y niega toda responsabilidad en un problema que es más profundo de lo exhibido, y la inoperancia de un Estado que ostenta una legislación de avanzada olvidada entre las ruinas de una administración que se maneja con códigos arcaicos?

¿Cuántos programas e instituciones para albergarlos, que finalmente no logran retenerlos siquiera entre sus muros? Los chicos que transitan las sucias veredas de la noche, la droga, la prostitución y el alcohol no son “chicos de la calle”, son de esta sociedad que los arrojó a la calle.

El espejo de la infancia no debe ser la prostitución ni el hambre; tampoco la soledad y el abandono, ni sueños robados y miradas ausentes, vacías de brillo. El espejo de la infancia no es futuro incierto, manos sin libros ni juguetes, sonrisas borradas a cachetazos, pulmones comidos por el pegamento, dignidad mancillada y colchones de cartón que se humedecen y se empiojan en esquinas mugrientas.

La infancia es el tiempo más fértil para sembrar democracia, justicia y amor. Para soñar con la Patria Grande

Los latidos de la patria grande

“Hay mucho que hacer en la superestructura de esta lucha por la integración, pero mucho más hay que hacer en la agitación de la conciencia de nuestro pueblo, porque si no tenemos el aliento, el empujón, la participación de los que andan de a pie, de los que andan en los cerros, de lo que andan en los socavones minerales, en la negritud olvidada de este continente, en los pueblos indígenas, no tendremos la fuerza para este tamaño desafío (...)

(Fragmento del conmovedor discurso del presidente uruguayo José Pepe Mujica en el nacimiento de la Celac).