La sociedad mediática

Caricatura de la realidad

“Las mitologías actuales tienen que ver con el nerviosismo absoluto del colectivo social: siente el hombre ansiedad porque ya no puede abarcar ese todo que crea”.


La sociedad mediática y tecnologizada se complace en acentuar los rasgos más vertiginosos y estereotipados de un mundo que ha contraído el tiempo y el espacio de modo prepotente. 

Las tecnologías de la imagen han proclamado su propia victoria a expensas de un tiempo en que el contacto y la palabra nos acercaba al otro, nos hacía permeable a su piel, sus olores, el sonido de su voz o el temblor de una mirada. 

La inmediatez de la pantalla televisiva es, obviamente, más rápida. Es el vehículo más veloz y el medio más apto en un siglo de vértigo: todo debe representarse en forma instantánea. 

En este contexto, todos los rasgos de la sociedad se distorsionan, se disparan a los extremos y proliferan al infinito en una suerte de crudeza que se sucede con la estética del zapping, fragmentada y vertiginosa: películas en las que el sadismo y la violencia se perpetran, de hecho, durante el rodaje o, incluso, hasta la imagen de los muertos reales del tsunami en Japón, flotando en las calles, es garante de lo explícito; tanto que una u otra, ficción y realidad, nos afectan de la misma manera o nos dejan igualmente indiferentes. 

Reality-shows que redoblan cada vez más su apuesta y que proponen audacias ilimitadas; cuerpos natural o artificialmente deformados. 

El lenguaje cotidiano, resignificado por los medios, ha incorporado en los últimos años los modismos, los giros y el tono del habla corriente y ésta, a su vez, ha readaptado a su modo la estética y las formas del lenguaje mediatizado: ¿Vistes...? Qué se yo, no sé, nada, ¡qué lomo la guacha!, sos una turra y un largo repertorio in crescendo. 

Todo queda reflejado en un espejo que, a fuerza de excesivamente real, pierde el sentido, queda literalmente vacío de contenido. 

Esta realidad mediática se convierte en una caricatura de la propia realidad, exagerando sus rasgos, exacer¬bándola y, al mismo tiempo, simplificándola. 

Ocurre la misma ecuación paradójica en la información: a mayor bombardeo informativo, se pierde el sentido de los acontecimientos, hay menor espacio para la reflexión y, por tanto, mayor desinformación. 

La realidad no se desvanece -o no solamente- en el silencio y la sublimación, en la oscuridad y la censura, sino también en su representación desorbitante, patética. 

La misma lógica que la de un primerísimo plano: ya no poseemos el secreto de lo ausente, la perspectiva y el contexto se han difuminado, y en este juego de la trans¬parencia en que se inscriben los medios todo aparece en su espectral desnudez: la mirada, los cuerpos, las inten¬ciones, hasta las almas. 

El discurso, sobre todo el político, despojado ya de con¬tenido y relevancia, también desnuda su intrascendencia. La presencia cada vez más recurrente de la muerte en vivo y en directo constata, con certeza, la fragilidad de la vida y los márgenes cada vez más estrechos de seguridad personal y social. La omnipresencia de la publicidad desviste nues¬tra insatisfacción en tanto sujetos deseantes de consumo. 

La perfección de unos cuerpos en la pantalla modifica las reglas del deseo sensual, lo convierte en virtual y, por lo tanto, en frío y superficial. De alguna manera, la transparencia de lo sexual resalta la cada vez más marcada inutilidad de la sexualidad, una batalla perdida a manos del deseo virtual, aséptico e incorpóreo.

Espectadores compulsivos

El hombre en la sociedad mediatizada se ha convertido cada vez más en espectador compulsivo. En tanto observador, ha permanecido inmovilizado, paralizado por la proliferación de la información y el consumo de bienes. El espectáculo cotidiano de la TV lo anula. 

González Requena, en su Introducción a una teoría del espectáculo, dice que hay relación espectacular cuando existe un cuerpo que se muestra (no necesariamente humano) y una mirada que desea dicho cuerpo. Ese deseo virtual y su satisfacción encierran una lógica obscena. 

Cuando produce el mismo efecto un hecho policial consumado, una guerra, un partido de fútbol o un escándalo menor entre personajes del mundillo artístico, es que esa mirada de espectador se ha vuelto definitivamente vacía de sentido. Es el mismo efecto que el que produce un strip-tease: satisfacción del deseo de la mirada, vértigo frío que paraliza, en un éxtasis que conduce a la anulación del espectador. 

Si todo el secreto es entregado a lo visible, y más que a lo visible a la evidencia obscena, si toda ilusión es puesta en el mismo plano, entonces el cielo se hace indiferente a la tierra.

Prepara mi ausencia 

Cuando la muerte pronuncie mi nombre
me quedaré enredada a mis duendes traviesos.
Hoy, su sombría mirada
me sabe a quebranto,
su impasible gesto umbrío
y su llanto obstinado.
Prepara mi ausencia
para cuando la muerte me encuentre
aunque vuelva después a escondidas
a reconciliarme con mis entrañables espantos.
“Carpintero, haz un féretro pequeño
de madera olorosa,
se me ha muerto un sueño,
algo que era entre el pájaro y la rosa”.