¿El fin del imperio o un nuevo reciclaje?

Aunque todo hace pensar que el centro de la tormenta está hoy localizado en Europa, en realidad el mayor problema lo tiene Estados Unidos en su interior. Aunque la crisis de las deudas soberanas ha convertido a Europa en el centro aparente de la crisis mundial, ese centro sigue localizado en Estados Unidos y esconde una verdad más violenta y terrible que arrastra a los gobernantes a defender los intereses del gran capital antes que los de sus pueblos, cocinando salidas a la situación que sacrifican en el altar de los salvatajes bancarios a su propia gente.

No nos equivoquemos 

¿Qué fue, se preguntan muchos, de aquel codiciado “sueño americano”? ¿Qué triste estampa muestran por estos días quienes quisieron erigirse ante el mundo como ejemplo a seguir de la “verdad”, la “democracia” y el “nuevo orden mundial”, de quienes asolaron cada rincón de la tierra que se les antojó y arrasaron arrogantes como chacales voraces con cuanta riqueza, patrimonio, recursos, soberanía servía a sus intereses sin que les importara vida, honra y honor de quienes a su paso eran despojados de su condición humana? 

¿Cuántas son las naciones y continentes enteros (África) que padecen una depauperada y creciente miseria, no por la fatalidad sino porque los depredadores del gran imperio hicieron posible que la expoliación contra ellos llegara hasta ese grado de flagelación humana? 

Hoy, casi asombrados, vemos cómo se resquebraja aparatosamente todo un andamiaje de inmoralidad sustentado en el dinero fácil especulativo, ejercido desde hace muchas décadas a través de la extorsión, el chantaje, la estafa, el crimen organizado, las guerras preventivas, las drogas, la prostitución, la intimidación, el bizarro genocidio contra paupérrimas e indefensas naciones.

La ironía del destino quiere que los ajustes estructurales, el recorte del gasto público y el aumento de los impuestos, otrora recomendados por Washington a los escuálidos países periféricos que batallaban por acceder a los créditos del Banco Mundial o a desembolsos del Fondo Monetario Internacional, sean ahora la propia medicina amarga -esa que bebimos por siglos nosotros- que debe tragar el pueblo norteamericano. 

Pero no nos regodeemos en esta suerte de ironía y bronca con la que observamos lo que ocurre en Estados Unidos y la vieja Europa, que para muchos podría ser la segunda caída del imperio de Occidente. 

Esto puede ser uno de los mil llamados “reciclajes del capitalismo”, que efectivamente se dieron en su historia.
Porque de lo que se trata aquí verdaderamente no es de salvar las economías nacionales, sino los grandes bancos, los grandes banqueros y la rentabilización de los capitalistas. 

Sucesivas reconversiones 

No es la primera vez que el capitalismo está a la deriva. La crisis de 1929, que originó la Gran Depresión, amenazó también su hegemonía. Algunos creyeron que la humanidad giraría hacia el comunismo, triunfante entonces en la Unión Soviética. 

El fantasma de Carlos Marx, que había predicho el triunfo del proletariado, acechó a Occidente, donde la revuelta social en una situación de desempleo masivo socavaba las bases del sistema. 

La doctrina del laissez-faire, la creencia básica de que el sistema se regula “automáticamente”, se desmoronó. Y en su lugar, como respuesta correctiva, el Estado intervino para incentivar la demanda, según la sugerencia del economista británico John Keynes. 

Aun sabiendo que el mercado no era perfecto, a los líderes occidentales de entonces les espantaba la perspectiva del comunismo, que postulaba la colectivización de los medios de producción. 

Nadie describió tan perfectamente la hipótesis de que el comunismo era un remedio peor que la enfermedad como Winston Churchill (1874-1956), primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial: “El vicio inherente del Capitalismo es el reparto desigual de los beneficios; el vicio inherente del Socialismo es el reparto equitativo de la miseria”, dijo. 

Finalmente, el capitalismo se reconvirtió bajo la amenaza de la rebelión social. En Occidente sobrevino, así, el más formidable desarrollo socioeconómico de la historia, conocido como “Estado de Bienestar”. 

La edad de oro del capitalismo 

La “edad de oro del capitalismo”, como la llamaron algunos historiadores, se caracterizó por el pleno empleo y el nacimiento de la sociedad de consumo. Los trabajadores y la clase media pudieron acceder a bienes que hasta entonces sólo estaban al alcance de unos pocos. 

Pero el estancamiento de la economía y la creciente inflación mundial de los `80 generaron su caída y el advenimiento del movimiento monetarista que venía, según sus ideólogos, a salvar al capitalismo
del excesivo intervencionismo estatal. 

Los años `90 transitaron en un mundo unipolar. El comunismo había colapsado y el capitalismo se encontró sin competencia. 

El llamado “Consenso de Washington” supuso en esa época el triunfo de las ideas liberales en economía. 

Ahora este paradigma, a partir del colapso financiero mundial, acaba de ser abandonado en la Cumbre del G-20, en Londres, marcando una nueva vuelta de rosca del capitalismo. ¿Cuál será su nuevo rostro?

Científicos suizos revelaron en New Scientist, en octubre pasado, que 147 corporaciones dominan la economía global; que 88% de ellas son instituciones financieras como Barclays Bank; JP Morgan Chase; Merill Lynch; Deutsche Bank; Credit Suisse; Goldman Sachs; Morgan Stanley; Mitsubishi Group; Société Générale; Bank of America y Lloyds. Que en su mayoría son estadounidenses o inglesas. Que tras la última crisis diez empresas acaparan más de la tercera parte de la propiedad de Estados Unidos. 

Estos dueños del mundo usan el poder político, el militar y el mediático para devastar la naturaleza, incrementar sus riquezas, hacerse inmunes a los impuestos, lucrar fabricando armamentos y declarando guerras de pillaje, descargar sobre los trabajadores el costo de crisis y rescates financieros y condenarlos a la sobreexplotación, el desempleo y la pérdida de todos sus derechos sociales. 

La furia de los indignados del mundo es legítima, siempre que se convierta en conciencia, ésta en planes y los planes en hechos. Porque la pesadilla periódica de las crisis del capitalismo sólo tendrá fin cuando maduren las condiciones para sustituir este sistema por otro. 

Y de la indignación al hecho hay mucho trecho.