Divorcio e hijos

¡Buen día! Una mamá de Resistencia, divorciada de su marido, me contó hace mucho esta pequeña historia de su vida familiar.

La nena de once años se daba cuenta perfectamente de que las cosas no andaban bien entre sus padres. Llegó un momento en que decidieron separarse. Cuando su madre le dio la noticia, la nena se sintió invadida por inmensa pena. No bien se repuso y pudo hablar, le dijo más o menos lo siguiente: “Bueno, supongo que la separación es lo mejor para los dos. Pero no se olviden de una cosa: yo no me divorcié de ninguno de ustedes dos. Ustedes siguen siendo mis padres”.
La señora me dijo entonces que su relación con el papá de la chica era respetuosa, lo mismo que la del papá hacia ella.
Ambos sienten haber tenido que separarse y se comprometieron a seguir cumpliendo sus deberes de padre y madre.
Es fundamental para ello que ambos procuren preservar la buena imagen de quien fue su cónyuge ante los propios hijos.
Porque ese es un derecho humano de todo hijo: el cultivar dentro de sí una imagen al menos aceptable de sus progenitores.
Otro tema es el de los hijos que surgen de una nueva unión.
La Iglesia está dedicándoles un espacio cada vez mayor en sus preocipaciones pastorales. Cito, por ejemplo, lo que Juan Pablo II le expresó al Consejo pontificio para la familia con motivo de su XIII asamblea plenaria realizada en Roma (22-25 enero 97) :
“Un capítulo muy importante es el de la formación humana y cristiana de los hijos de la nueva unión. Hacerlos participar de todo el contenido de la sabiduría del evangelio, según la enseñnza de la Iglesia, es una obra que prepara admirablemente el corazón de los padres para recibir la fuerza y la claridad necesarias a fin de superar las dificultades reales que encuentran en su camino y volver a tener la plena transparencia del misterio de Cristo, que el matrimonio cristiano significa y realiza. Una tarea especial, difícil pero necesaria, corresponde también a los otros miembros que, de modo más o menos cercano, forman parte de la familia”. “Ellos, con una cercanía que no puede confundirse con la condescendencia, han de ayudar a sus seres queridos, y de manera particular a los hijos, que por su joven edad sufren más los efectos de la situación de los padres”. 

¡Hasta mañana!