El talento más preciado

La raíz de todos los talentos es la santidad. Sin santidad no hay explosión de talentos, porque lo que hace resplandecer el potencial de belleza que el ser humano es en sí mismo por ser creación de Dios, es el amor.

Aunque Dios llama a la santidad por diversos caminos, los cristianos católicos creemos que ella acontece de modo preponderante cuando somos sumergidos en la gracia que nos concede el bautismo. En ese instante se activan en el creyente todos los mecanismos que lo irán configurando a Cristo a lo largo de toda su existencia.
Quien es configurado a Cristo es de algún modo “adecuado” al amor verdadero, y por eso, “santificado” hasta alcanzar a lo largo de toda su vida su completa divinización. Vale decir, la completa adecuación al amor que lo transformará en “otro Cristo”.
En la naturaleza Dios nos regala ejemplos de lo que sucede en el hombre que configurado a Cristo alcanza el máximo nivel de su esplendor. Un árbol de lapacho emerge del vientre de la tierra como una frágil plantita que se va robusteciendo a base de agua y luz solar hasta que se hace un árbol adulto y entonces estallan en el todos sus talentos. Florece el lapacho y todo ese árbol se transforma en una copa florida que sirven para el deleite de quienes contemplan su hermosura.
La ley natural y el diseño estructural por el que fue llamado a la vida cumple su cometido y el resultado es ese árbol florido que por su belleza nos lleva a evocar al creador. El equivalente al agua y la luz solar que nutren la vida del árbol, en la vida de los creyentes son los sacramentos.
Es allí donde nos nutrimos y robustecemos para cumplir el cometido que como creación de Dios tenemos en el mundo. En efecto un cristiano de vida sacramental muy pobre, es como una planta privada de agua y luz; no florecerá ni producirá frutos, acaso pueda producir alguna que otra flor y alguno que otro fruto, mas no en el máximo esplendor de su posibilidad.
Los talentos que Dios nos da a cada ser cuando entramos en el mundo son multiplicados por la acción de la gracia que activa en nosotros la máxima luz y la máxima belleza posible.
Podríamos preguntarnos ¿qué pasa con las personas de otras confesiones religiosas que no conocen a Cristo e incluso con las personas que no profesan ninguna creencia? La iglesia nos enseña que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la plenitud de la verdad”.
En este sentido diremos que Dios por múltiples y variados caminos ha buscado desde siempre al hombre, y, del mismo modo, el hombre ha buscado a Dios y ambos se han encontrado en esa búsqueda. Quienes confesamos la fe católica, sin embrago, comprendimos que ese camino es Cristo y que la multiplicación de los talentos pasa en primer lugar por reconocer que estos vienen de Cristo el cual vive en cada uno de los sacramentos.
Muchos católicos no bautizan a sus hijos, muchos han dejado de casarse por Iglesia, muchos han perdido el hábito de la confesión y muchos, muchísimos no van a misa, el resultado es visible: ¡que escasos estamos de lapachos florecidos!
No se multiplican los talentos porque hemos enfermando la raíz. Familia, escuela e Iglesia, las tres instituciones llamadas a multiplicar los talentos han perdido la esencia de su misión en el mundo: formar seres humanos e hijos de Dios Cuando ese círculo de familia escuela e iglesia vuelva a integrarse en el común propósito de la formación integral de los hijos, los talentos volverán a multiplicarse y el mundo será un festival de lapachos florecidos en el máximo potencial de su hermosura.