Salvarnos, una decisión personal

En el momento definitivo Dios no emitirá juicio, nuestras obras lo harán. Así como desde la filosofía se afirma que el hombre es un proyecto en construcción que alcanza su momento culminante en el momento de la muerte, desde la fe afirmamos que, en efecto, la muerte es la instancia de cualificación en la que el viviente alcanza la plenitud de la autoconciencia.

 En ese nivel, liberados de los condicionamientos espacio temporales, el alma se enfrentará a la verdad, sin excusas ni justificaciones; el bien hecho resplandecerá para la victoria del alma y el mal hecho también emergerá para dolor del alma al comprender, ya sin excusas, todas las veces que pudiendo amar no amó. 

Nuestras obras buenas y malas son las que dictarán sentencia en la hora de la verdad. Dios por múltiples caminos ha buscado desde siempre hacerle entender al hombre que lo único que sirve para la construcción de su verdadera humanidad es el amor. Esa conciencia humanista que atraviesa la entera palabra de Dios y que nos habla de la dignidad que tenemos por haber sido creados por Dios nos sitúa en la cúspide de la responsabilidad ética que tenemos ante toda la creación, justamente porque somos capaces de discernir lo que es bueno de lo que es malo.
 
Desde esta perspectiva la palabra de Dios este domingo pasado sugiere que salvarnos en realidad depende de una decisión personal. Esa decisión personal tendrá que ver con la bondad y la justicia de nuestros actos. De muchos modos Dios nos ha hecho saber que lo que le place es la felicidad y el bien del hombre. Ese bien y esa felicidad no dependen tanto de Dios como de la decisión que cada individuo toma en relación con ello. Es obvio que una persona que construye su proyecto sobre la base de la infelicidad de los otros está optando por el mal, e indirectamente optando por su propia infelicidad. Ya que la vara de la justicia, que llega inexorablemente como correlato de las propias opciones de vida, nos pasará la factura puntual en la exacta proporción de lo que hemos dado o dejado de dar. 

Si damos amor, amor recibiremos, si odiamos, el odio será nuestra cosecha, si la mentira es nuestro argumento, toda nuestra vida será fundada en la mentira. Si la inspiración fundamental que nos mueve no está motivada por la compasión y la misericordia, no recibiremos eso en el momento en que más lo necesitemos. Por eso elegir la sabiduría y la prudencia en la vida supone tomar la decisión personal de salvarnos a costa del amor que debemos prodigar y de la compasión y la misericordia con que podemos revestir nuestros actos para estar listos para el momento definitivo.
 
La necedad del alma amplía las posibilidades de fracasar en la existencia, porque de nada sirve una vida en la que se tiene todo menos amor. En efecto, la peor de las muertes es no ser capaces de amar y por eso el hombre sabio gasta la vida en nombre del amor. El aceite que mantiene encendida las lámparas del alma es el amor, la ternura, y el perdón que supimos dar mientras vivimos. Una vez que hemos muerto todo dependerá de la misericordia de Dios, pero mientras estamos vivos, la salvación depende de cada acto singular en el que nosotros elijamos ser salvados por el amor. 

Cada acto de amor es una página de oro escrita que nos está esperando en el cielo como una lámpara encendida. Todo perece menos esa acción sublime del alma, que abraza, que cuida, que sana, que consuela, que alimenta, que besa, que acaricia, que auxilia, que se sacrifica, que aconseja e ilumina la vida de los otros a costa de puro amor. Estas acciones serán las lámparas encendidas que nos acompañarán en el camino definitivo que nos conducirá a la casa del amor.