Vocación

¡Buen día! En su “Psicología del autor dramático” apuntaba don Jacinto Benavente: “Basta leer la vida de los grandes hombres, basta con observar nuestra propia vida para comprender que hay en toda criatura una predisposición natural que la inclina, sin forzarla, hacia una dirección espiritual determinada”.


Diríamos que en lo hondo de cada personalidad hay como flechas indicadoras de direcciones; más o menos precisas, conforme a la mayor o menor claridad con que uno puede percibir su propia vocación.
¿Qué es, en definitiva, la vocación, hablando en términos humanos?
Una página de María Granata, “La vocación de vivir”, nos brinda su respuesta en términos que realmente merecen meditarse:
“Toda vocación significa una suma de impulsos, de convicciones, una suma de pasión dirigida claramente hacia una dirección definida.
También una elección irrenunciable. En la vocación, la duda es desplazada por una entusiasta seguridad que se impone y se fortalece a raíz de su propia persistencia. Se diría que es allí donde fluye nuestra personalidad con mayor decisión que la habitual en nosotros; y es su ejercicio lo que exalta lo mejor de nuestra condición, especialmente de nuestra condición creadora.
El ser humano, por el hecho de serlo, es creador en una u otra medida. Y es la vocación la que canaliza esta capacidad hacedora, esta posibilidad de transformación tan inherente a la vida misma. Sin ese impulso que no cede a nada, nuestro presente no se diferenciaría de un pasado todo nebulosa, todo incertidumbre e interrogación.
Es precisamente la vocación la que establece la ruptura con esa falta de luz, la que la enciende. Es a partir de ahí que el hombre ve dentro de sí mismo y puede conducir el tiempo hacia su superación. Y es cuando sus mejores facultades se aglutinan en torno a algo enaltecedor que, a la vez, lo ayuda a perfeccionarse...”.
¿Verdad que valía la pena?
¡Hasta mañana!