Hasta dar la propia vida

Sucede a menudo que a quienes tenemos responsabilidades pastorales y sociales se nos enfría el corazón. El ejercicio de la profesión o el ministerio sin un alma que lo inspire se transforma justamente en eso: una mera profesión. Podemos, en efecto, transformarnos en “profesionales” y no en “pastores” al servicio de la gente.

 El bautizado, cualquiera sea su profesión, es en primer lugar “pastor de almas” y después profesional. El sacerdote también es en primer lugar pastor en el ejercicio de su ministerio, pero podría suceder y, de hecho. sucede que haya sacerdotes que sean más profesionales que pastores. Tenemos también el caso de profesionales que, debido a la consagración con la que viven su profesión al servicio de la gente, son más reconocidos como pastores que por la profesión que ejercen. Hay una diferencia abismal entre quienes “ejercen” la profesión desde una perspectiva solo “profesional” y entre aquellos que la ejercen desde un sentido más “pastoral”. En el primer caso la motivación fundamental está dada por el máximo usufructo monetario que se le puede sacar a la profesión, y, aunque esto es absolutamente legítimo, se distingue de aquel cuya profesión es ejercida con una motivación fundamental como servicio al prójimo. Sin restarle valor a la “profesionalidad” con que debemos llevar adelante la evangelización, quienes tenemos responsabilidades sociales y pastorales debemos pensar en qué nivel de compromiso estamos viviendo ese ejercicio, porque es cierto que hay que “dar razón de nuestra esperanza”, sin que esto nos lleve a olvidar que en primer lugar tenemos que amar. En este sentido nos preguntamos: ¿somos más pastores o más profesionales en nuestros servicios? La palabra de Dios de este domingo tiene una severa admonición tanto en el profeta Malaquías como en el Evangelio hacia aquellos que debiendo ser servidores del pueblo se trasformaron en realidad en funcionarios religiosos más preocupados por las formas, los ritos y el rédito económico de los títulos que ostentaban, que por el cuidado del pueblo de Dios. San Pablo ilustra desde su propia experiencia el trabajo y la actitud del verdadero pastor: “Fuimos tan condescendientes como una madre que alimenta y cuida a sus hijos. Sentíamos por ustedes tanto afecto que deseábamos entregarles no solamente la Buena Noticia de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos”. Servir como pastores significa involucrarse en la vida de las personas a las que se sirve amándolos como una madre ama a su prole. Involucrarse tiene sus costos. El ejemplo cabal del auténtico amor al prójimo lo dio el mismo Cristo, quien por involucrarse con la situación real de sus hermanos debió pagar un costo máximo: dar su propia vida en la cruz. San Pablo reafirma esta condición de donación sin reservas en el pastoreo cuando les dice a los de Tesalónica que los ama con un amor dispuesto a entregar la propia vida. En el Evangelio Jesús critica duramente a los que viven su condición de pastores solo para el beneficio propio y nos aporta otra característica que debe distinguir al verdadero pastor: “El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla, será elevado”. La pregunta que nos deja todo esto a quienes tenemos responsabilidades de servicio dentro y fuera de la Iglesia es ¿qué tipo de servicio prestamos al prójimo? Haciendo examen de conciencia y escuchando también la opinión del pueblo de Dios, quien raramente se equivoca, deberíamos preguntarnos: ¿somos pastores según la palabra de Dios? ¿O somos, en realidad, meros funcionarios más o menos profesionales al servicio de la gente en apariencia, pero en realidad, lejos de la imagen bíblica del pastor, que significa dar a Dios a la gente y consolarla con una actitud maternal que alimenta a los que sirve como hijos con la palabra de Dios y con los sacramentos de la Iglesia?