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Ricardo Panissa: Contrapuntos de un militante de la cultura

En cualquier tiempo de la historia, en cualquier pradera del planeta, para dejar marcada una huella, hay que transitar los caminos teniendo algo que decir y aportar. El Ciclo Cultural Contrapunto, que produce Ricardo Panissa, hoy en Villa Ángela, tiene un largo camino de 15 años recorrido por territorio de Chaco y Corrientes.

A esta altura, tal vez algunos sin darse cuenta, no son pocos los que transitan sobre las huellas abierta por este contrapunto.
Su nacimiento se remonta a aquellos tiempos del dólar uno a uno, de los años noventa. En esa época, Panissa llegó a Chaco y de su presencia derivó un fructífero acontecimiento. No podía pasar desapercibido y así se fue armando un espacio propio en el que confluían artistas, pensadores y distintos personajes de la resistencia cultural de aquellos tiempos.
Tuve la suerte de conocer a Panissa en esos tiempos pues aterrizó en Villa Chica, el barrio de mi infancia y el de Lila Ibarra. El uruguayo con su gran conocimiento musical, su inagotable curiosidad, capacidad de sorpresa, su humor punzante, se metió en las entrañas de la vida cultural de la Resistencia de aquellos tiempos. La noche resistenciana se teñía con la elegante armonía que este nuevo habitante dejaba escapar por las ventanas entreabiertas del Café de la Ciudad, que fue el reducto inicial del Ciclo Cultural Contrapunto. Así se armó una cancha propia el “yorugüa” de sonrisa sonora. Su fuerza emprendedora y su cautivante guitarra, no solo le permitieron abrir puertas y espacios de trabajo para él mismo, sino que también consintió e incluyó el desarrollo de muchos músicos, artistas y productores locales.
Panissa paladeó lo más exquisito de los sabores, coloridos y olores musicales de estas latitudes. Le aportó su propia mirada, conceptos musicales y nociones de libertad a la música.
A poco de su llegada ya cocinaba y tocaba con Cayé Gaúna, era cantor con el Negro Rodríguez, formó dúos con Chiche Barrionuevo, Coqui Ortiz, Raúl Noguera, Néstor Ferreyra, entre otros. Conoció a Julio Ramírez casi niño al que bautizó “el duende del acordeón” y lo hizo tocar en el mismo espacio en que rescataba la significación de una figura como “Juancho” Soto, gran guitarrista de Barranqueas y casi desconocido por la gente o un Mario Bofiff que llegaba al Café para tocar su acordeón de dos hileras o el inigualable Oscar Alem con su piano.
De la mano de Panissa llegarían por estos lugares con sus alforjas de talento figuras como Carlos Negro Aguirre, Ramiro Gallo, Luis Barbiero, Luis Salinas, Jorge Viñas, Ildo Patriarca, Mono Izarrualde, entre tantos que se fueron mezclando con los locales y se fue moldeando una nueva era de sonoridades estéticas. Fueron años de búsqueda y de verdadera militancia cultural en la defensa de un rico legado potencial que no encontraba espacios para desarrollarse y expresarse en aquellos tiempos.
Eran épocas de falsas promesas, de algo que brillaba y no era oro. Épocas en que algunos paladares negros desteñían y el Santa Isabel comenzaba a perder terreno frente al avance del Valmont, épocas de niños ricos tristes y nuevos ricos pobres. Panissa supo abrir cabezas y orejas, a veces a empujones entre las mesas o pidiendo silencio a más de un “valmoncero sordo” devenido en parroquiano. Todo este presente viene construyéndose desde lejos, siempre militando y aportando allí donde hace falta.
En el territorio artístico y de producción cultural, la continuidad es muy difícil y en el caso de Panissa se da como resultado de una mezcla inalterable de talento, trabajo y amor por lo que hace. Ricardo Panissa es muchas cosas al mismo tiempo, pero ante todo es un gran músico que merece compartir con generosidad este espacio cultural con la gente.
WALTER BORDON