Disfrazarse por dinero

En 1910, el médico judío alemán Magnas Hirschfeld, militante por la defensa de los derechos de los homosexuales, escribió un libro cuyo título traducido al castellano sería “Los travestidos: una investigación del deseo erótico por disfrazarse”. Por medio de testimonios personales que el autor recogiera de diversas entrevistas, lo que cuenta el libro es lo que siente un travesti cuando se disfraza del sexo opuesto.

Puede ser un varón que se viste de mujer, o a la inversa, aunque lo más común es lo primero. El travesti es eso, una persona disfrazada con ropa que habitualmente utiliza el sexo opuesto. En muchas ocasiones, no tiene relación con la prostitución, porque no reniega de su sexo, sino que siente satisfacción por ser “un rato” alguien del otro sexo. La discriminación de la cual son objeto personas así, hace que en ocasiones lo usen como pretexto para recurrir a la prostitución. 

Travestismo 

Otro alemán, en este caso, el doctor y sociólogo Martí Peretti, creó la palabra “travestismo” en función de la combinación de dos expresiones del latín. Una de ellas es trans, que significa cruzar; y la otra, vestire, que significa vestir. Podríamos señalar, en función de esas dos palabras juntas, que su significado práctico sería, cruzar la barrera que la sociedad ha impuesto como límites conocidos a la forma de vestir de un hombre y una mujer. La principal motivación de una persona por romper ese límite, según los especialistas, es que no se siente satisfecha desempeñando únicamente el género asignado a su sexo, sino que desea representar también el rol del sexo opuesto, aunque más no fuese por un rato. 

Travestismo político 

Esta idea generó automáticamente una asociación con actitudes parecidas a la que suelen tener algunas personas que transitan por el mundo de la política; o mejor dicho, que intentan hacer de la política partidaria, el eterno sustento económico de su vida. En ese marco, se le ha denominado travestismo político, a la práctica que existe en ese ámbito, de cambiar el color de la camiseta partidaria por cualquier otra que le asegure seguir recibiendo buenos dividendos económicos. El erario público les asegura buenos ingresos a los políticos y cuando ven la posibilidad de que eso se corte, no tienen mayores problemas de ponerse cualquier camiseta, con tal de seguir cobrándolos. Obviamente, a la hora de cambiar, siempre será más linda la camiseta del oficialismo; es decir, la que llevan puesta los que ejercen el poder desde los distintos ejecutivos; quienes, a la corta a o la larga, son los que manejan los recursos. 

Todo rápido 

Cuando se habla de travestismo político, no se alude a la idea de la prostitución sexual de alguien en particular; sino, a la práctica de disfrazarse con la ropa política opuesta a la que habitualmente usaba, con tal de lograr retener el posicionamiento político, que a su vez le permita seguir conservando sus ingresos. Así como el travesti es dominado por una fuerza que lo impulsa a disfrazarse con ropa del sexo opuesto, y sentir placer en ello; también —no todos— pero si la mayoría de los políticos, no dudan mucho cuando tienen que disfrazarse con otro color de camiseta y dejar en la basura la que antes decían tener puesta, si es que ello le asegura satisfacer sus placeres personales. Primero un buen departamento o una hermosa casa, luego un excelente auto alemán, japonés o similar, después una casita de fin de semana, luego el campo, después los animales, y si queda tiempo, otras inversiones. Todo en tiempo record. Conseguir honestamente, lleva en el mejor de los casos, dos o tres generaciones. Pero ellos tienen la receta para hacerlo sólo en veinte años. 

Mito urbano 

En realidad, sería bueno terminar con el mito urbano que asegura que el político trabaja para la gente. Es solo una frase inventada por ellos y que se rinde ante la realidad diaria. Solo puede haber algunos con espíritu altruista, porque las evidencias prácticas muestran que la mayoría de ellos solo engorda sus propios bolsillos. Ya que bajo el falso slogan de trabajar para los pobres, mientras éstos cada día son más, ellos pelean con uñas y dientes para no dejar el lugar que tantos dividendos les rinde, aunque ello implique disfrazarse con la camiseta de sus eternos rivales. Entre los cuales no faltan los que tienen valores exagerados de si mismos, y que el resultado de las recientes elecciones, se encargó de ubicarlos en el ostracismo del cual nunca debieron salir, marcando con absoluta claridad el casi nulo grato de representatividad que cada unos de ellos posee en realidad. Siempre lo hemos dicho y ahora lo repetimos.
 
La democracia, hasta ahora, solo ha demostrado ser un gran negocio para pocos y una gran frustración para el resto. También siempre hemos dicho que la democracia es el mejor sistema de gobierno que le puede tocar a un país. Pero no como funciona en el nuestro. Donde, repetimos, sus actores se llenan la boca hablando de la democracia, mientras al mismo tiempo se llenan los bolsillos, casi burlándose de los pobres a quienes dicen defender. Seguro que habrá políticos honestos, aunque más no sea algunos pocos. El mensaje no es para ellos. Es para los que delinquen día tras día y creen que nunca morirán. Allí vendrá la verdadera justicia. Todavía pueden arrepentirse. No podrán escapar.