Fidelidad a Dios y justicia social

Cuando Jesús habla de dos mandamientos como fundamento de la entera ley de Dios, nos está diciendo también que en base a estos dos mandamientos serán juzgadas nuestras acciones en el instante definitivo, vale decir, en el momento en el que, para los que creemos, nos encontremos delante del Padre eterno para la plenitud de nuestra existencia, o para su completo fracaso.

 Desde el principio bíblicamente la alianza que Dios hace con el hombre está basada en una relación con Él que implica esencialmente al prójimo. No hay salvación solo amando a Dios y cumpliendo sus preceptos si ello no va eminentemente unido a una acción social concreta que incluya al prójimo. La alianza de Dios con su pueblo supone fidelidad a Él y del mismo modo fidelidad a los hermanos. Incluso las personas que no abrazan ningún credo hallan el reconocimiento unánime cuando sus vidas se fundan en valores trascendentales que van más allá de la materia y, justamente por ello, enarbolan principios éticos que los involucran netamente con un compromiso social que es especialmente sensible ante la injusticia, el respeto a la vida y la libertad del hombre. Hay en ellos, de algún modo, huellas evidentes de esa ley divina para los creyentes y que para ellos puede ser tan solo expresión de una conciencia evolucionada, que por ser tal es cada vez más social y más espiritual. Lo determinante es que en los dos casos, creyente o no, el vínculo trascendental y social es determinante para la plenitud o el fracaso de la existencia. Es notorio también cómo aquellos que no ejercitan ningún vínculo trascendental ni con Dios ni con el prójimo son atrapados por la materia oscura y viven según esa ley: sin Dios y sin hermanos. Absurda soledad que los encarcela en una actitud tan dramáticamente egoísta, que “no ven, no sienten, ni se conmueven ante nada”. Cuerpos sin alma, vaciados de aquello que les debería dar el verdadero sentido a sus tristes existencias. Viven para sí, todo es en función de sí, y todo es tan absolutamente vano que buscan con desesperación llenar el horroroso vacío que deja el egoísmo en sus vidas con falsas apariencias: cuentas y cuerpos esculturales a costa de la propia alma que completamente extraviada en su esencia, va desmintiendo en cada acción la razón más profunda de su ser. Y así como en el hombre justo todo lo que toca se transforma en “obra buena”, en el hombre impío todo lo que toca se transforma en “obra mala”, cumpliendo la sentencia del Señor: “Por sus frutos los conoceréis”. De la perfecta sintonía entre el alma que busca a Dios y la concreción de eso en una acción buena en favor de los hermanos depende el éxito de una existencia. Ser exitoso en la vida no es “ser viajado”, ni tener el aplauso social por los bienes materiales acumulados. El verdadero éxito consiste en “amar y ser amados”. Quien puede llegar a experimentar esto es seguramente porque tiene una mirada trascendental y sobrenatural de la existencia y un profundo compromiso con los hermanos. Quien ama y es amado esta seguramente fundado en estos dos mandamientos que sostienen toda la ley y los profetas: “el amor a Dios y el amor al prójimo”. En efecto, nadie queda en la memoria colectiva por haber vivido para sí mismo, sino justamente al contrario, cuando se ha atrevido a vivir por los demás. No con el fin de quedar en los libros de historia, sino, por sobre todas las cosas, para quedar en el “libro dorado de la vida” donde su nombre quedará escrito para siempre, si se ha sido capaz de expresar concretamente, en el modo que cada uno eligio hacerlo, “el amor a Dios y el amor al prójimo”. “Entraremos en la esfera de la luz con los brazos cargados de hermanos o nos quedaremos en la oscuridad de nuestro egoísmo donde habrá solo llanto y rechinar de dientes”.