Violencia escolar, ¿quién arroja la primera piedra?

`Un chico que porta un arma necesita que le devuelvan la infancia.’
 

Un chico que juega al fútbol y practica después de la escuela, pone las zapatillas en el bolso. Un chico que adopta la delincuencia como forma de vida, es una víctima del sistema. Si un chico lleva un arma es porque todo el sistema social se ha descompuesto y ha perdido su condición de niño.

No más de dos décadas atrás, que un estudiante ingresara a una institución educativa con cualquier tipo de arma era desde todo punto de vista una idea descabellada. La escuela o el colegio eran considerados
como el espacio de conocimiento donde los maestros eran las personas más respetadas de cada institución. 

Hoy no caben dudas de que el contexto escolar es diferente en una realidad que también es otra, donde los jóvenes se encuentran permeados por una sociedad violenta, por medios de comunicación que sólo muestran violencia, por una notoria desintegración familiar que se ve reflejada en el comportamiento de los jóvenes, y un enemigo común de la sociedad: la droga y el alcohol, que esclavizan a su antojo a todo aquel menor que cae en sus redes.

Esta realidad ha trasladado la violencia a las instituciones educativas y la trama social en la que vivimos ha hecho de las escuelas y colegios territorios “liberados”, tanto para el consumo de drogas como para conseguirlas. Esto es así y lo sabemos, lo dicen los mismos chicos, aunque todos, incluso padres y directivos o docentes, simulemos no ver lo que sucede.

Por más altos que sean sus muros, la violencia presente en nuestras calles, nuestras casas y nuestros medios de comunicación termina por traspasar los patios y las aulas de nuestros colegios.

Esta agresividad latente no es ni nueva ni aislada, sino parte de la estructura de nuestra convivencia social; y la violencia escolar, como fenómeno emergente, debe ser asumida de manera conjunta por los gobiernos, las autoridades educativas, los docentes, los padres de familia y los propios alumnos.

Cruzarse de brazos
Al fin y al cabo, somos los adultos quienes dimos forma a la sociedad en la que viven los adolescentes. Y también somos nosotros los que nos cruzamos de brazos ante los horarios, los modos, el vocabulario, la desidia y los excesos de nuestros hijos.

Como si ellos fueran más fuertes que nosotros, nos quejamos, ponemos el grito en el cielo, pero nos tiramos la pelota unos a otros. ¿A qué obedece nuestra pasividad? En primer lugar, tenemos miedo de convertirnos en los tiranos que siempre juramos no ser.

En segundo lugar, también nos asusta criar niños inadaptados si rechazamos con demasiado fervor las costumbres del grupo al que ellos pertenecen.

A estos dos motivos hay que agregar otros más difícil de asumir: nosotros mismos estamos cansados y aturdidos. Cansados de nuestra carrera tras el éxito profesional y aturdidos por la velocidad de los cambios, la competencia atroz, el exceso de información, la precariedad de las certezas, la facilidad con que podemos ganar o perderlo todo en un instante.

Cruzarse de brazos o echar la culpa a otros es lo más fácil. Lo difícil es asumirnos como coautores del presente. ¿Qué juegos dejamos jugar a nuestros hijos en sus consolas de video? ¿Qué programas
les dejamos ver? ¿Cuánto hablamos con ellos? ¿Cuánto tiempo nos tomamos en escucharlos? ¿Qué medios de entretenimiento alternativo les proponemos? ¿Tenemos armas en nuestra casa? ¿Dónde las tenemos y para qué?

Es muy obvio decir que un chico de sexto o séptimo grado, o del secundario, sabe muy bien lo que es un arma y los peligros que conlleva su manipulación. ¿Qué lo impulsa a llevarla al colegio o a cualquier
parte? ¿El deseo de mostrar poder? La pregunta no es ociosa. Nuestra época exalta el poder, no la inteligencia. Y nosotros, aunque no estamos de acuerdo, nos callamos ante nuestros hijos y los dejamos hacer. Vivimos vidas divididas.

Como si tuviéramos varias personalidades a la vez: nos preocupamos por el medio ambiente, ¿pero hacemos algo por preservarlo?; nos quejamos del exceso de violencia de la televisión, ¿pero dejamos de mirarla? ¿Y qué tan violento son nuestro propio lenguaje o nuestras reacciones?; nos desvelamos por nuestros hijos, pero
cuando regresan del colegio ¿estamos en casa o estamos demasiado ocupados en otra cosa?

Hace dos décadas, la familia y la escuela eran las encargadas de transmitir los valores de la sociedad; hoy, los trans mite el mercado. La institución escolar, sin apoyo de la sociedad y de los padres, apenas puede impartir algún conocimiento, mientras los adultos estamos tan empeñados en correr todo el día, tan confundidos con nuestras propias contradicciones que olvidamos que ser padres es mucho más que comprar algo para comer y el último modelo de celular.

Nadie es inocente
Por esquivar la tiranía, nos hicimos cómodos. Para evitar alejar a nuestros hijos del grupo, nos callamos muchas cosas con las que no estamos de acuerdo, intentando darles lo mejor, nos agotamos trabajando,
por hacer un culto de la libertad en lugar de cobijarlos los hemos lanzado a la intemperie.

`Para educar a un niño se necesita la aldea entera’, dice un proverbio africano. Los adolescentes están enojados y es porque los hemos dejado solos, sin valores, sin recursos emocionales con qué hacer
frente a la agresividad que los rodea. Con sus excesos de alcohol, con su promiscuidad sexual, con su apatía o su violencia, nos están pidiendo que los cuidemos un poco más.

No se trata de aislarlos del mundo en el que viven, sino de mostrarles que existe otra realidad que convive con la violencia cotidiana, pero que es diferente.

La antesala del destierro
Por último, conviene señalar que las escuelas siguen siendo un lugar seguro a pesar de ciertos hechos de violencia que pueden ser catalogados como significativos. Ello no nos avala para distorsionar la realidad escolar y particularmente la de sectores populares, como espacios peligrosos. Esto solo nos conduciría a un discurso discriminatorio y estigmatizador sobre estos espacios y los niños y adolescentes que
los habitan, donde el uso de la violencia es un recurso más o menos recurrente pero no exclusivo de estos segmentos de edad ni de estos estratos sociales.

No hay niños ni jóvenes “malos”, como tampoco hay escuelas “malas”. Son lo que hemos construido como sociedad, nada más ni nada menos.

Es más sencillo pensar que todos los “morochitos” pobres de las villas o barrios marginales nunca van a hacer nada productivo con su vida -salvo seguir procreando para traer aún más negritos villeros y violentos al mundo-, que considerar siquiera que en esas villas y barrios existen niños, jóvenes y adultos que darían todo por una oportunidad de progreso.

Es más cómodo levantar una pared para separar el barrio privado o el centro de los suburbios de la ciudad que intentar incorporar o urbanizar la villa, construir viviendas dignas e integrar al marginado. Es muy cómodo. Tan peligrosamente cómodo que nos convertimos en algo peor que los “negritos villeros”: seres inmersos en nuestra creencia de ser superiores cuando no proveemos ninguna solución a los problemas de ellos como si no formaran parte de la sociedad ni de la raza humana.