Ante el debate del aborto

Una decisión dramática

Está trastornado quien supone que la mujer acude en busca de un aborto como quien va a comprar dos kilos de tomates.
Abortar es un hecho traumático al que ninguna mujer desea llegar, y es el fracaso del sistema legal y de salud pública, la derrota de la educación sexual y la lápida de los métodos preventivos.

¿Hace falta repetir que nadie desea el aborto? Nadie, mucho menos las mujeres, las adolescentes, las niñas, las que ponen su cuerpo para que les sea desgarrado aquello que su instinto les grita como única y sublime pertenencia. Ellas, las que se someten a un aborto, hasta las más ignorantes, oscuramente sienten de qué modo también se les desgarra
el alma, se les parte la conciencia, las perturban la culpa y el terror. Nadie como las mujeres lo sabe. Aun aquellas que han podido acceder a un aborto en una clínica privada, con todos los cuidados y el dinero necesario de por medio, conocen de la “impagable deuda interna” que han contraído con su cuerpo y su alma.

¿Hace falta reiterarlo? Pues lo hacemos a viva voz: Nadie está de acuerdo con el aborto, con interrumpir un embarazo. Ninguna mujer lo elegiría. Ninguna mujer desea abortar ni arriesga su vida tan fresca como si fuese a la peluquería.
Más allá de miedos, deseos y circunstancias que atrapan y oprimen, puesta frente a la situación concreta, una mujer sabe, intuye y comprende, en el mismo instante de tomar la decisión, que va a hacer algo que le traerá un altísimo costo personal por el resto de su vida. 

Si además debe hacerlo clandestinamente -apostando la vida en una suerte de ruleta rusa letal donde siempre la bala acaba saliendo del cañón de la pistola-, una gran parte del alma de esa mujer quedará clausurada y abortada junto con su bebé.

El cuerpo de la mujer habla, designa y nombra, en su singularidad, una identidad profunda, visceral; no es un objeto ni una materialidad muda; abortar es someterlo a una experiencia sórdida, de extrema violencia que se ejerce sobre él pero que perturba y lastima también su conciencia. 

Son mujeres entre el terror a morir, la culpa y la condena social, y aunque aborten solas, hay hombres tras esa decisión.
Hombres que abandonan o que imponen un aborto que ellos no sufrirán en carne propia. Ningún hombre ha vivido en su
cuerpo el dolor, el miedo, la tristeza, la culpa ni la violencia que implica la experiencia de abortar.

Y también hay familias inflexibles, y hay una sociedad que enjuicia y condena, una enorme cantidad de manos dispuestas a arrojar la primera piedra, como si estuviese libre de pecados. Como si olvidase que, cuando una mujer aborta en  clandestinidad, están también abortando los hombres, las familias, la sociedad, la Iglesia, el gobierno y todas las demás
instituciones. Pero la única que puede morir y que será juzgada es ella.

La gran controversia

Tratar el tema del aborto, de la anticoncepción, del derecho de la mujer a la auténtica defensa de “su” vida y la de sus hijos, demanda -tanto de quienes legislan como de todos nosotros- ser moral e intelectualmente honestos y admitir que no es fácil establecer prioridades cuando el debate está inmerso en una gran controversia ideológica, ética y religiosa, y aceptar, además, que seguramente merece un análisis desde perspectivas y reflexiones mucho más serias y profundas, sin aferrarse a posturas extremas.

No significa esto que haya que descartar los principios éticos, morales, filosóficos y religiosos, que, sin dudas, tienen mucho que aportar, tanto a la sociedad como a quienes deben legislar. Pero demanda también no solo honestidad intelectual sino una gran capacidad de humanidad para comprender que, lamentablemente, no siempre esos principios se compadecen o son adaptables a la realidad social que viven muchas mujeres.

De lo contrario se corre el riesgo de que las leyes que se dicten queden reducidas a letra muerta o sigan alimentando una catástrofe que hoy se lleva la vida de muchas mujeres al año en la Argentina. El nudo gordiano que gravita en torno de cualquier decisión que se tome es el que se produce entre el “ser” y el “deber ser”, es decir, entre aquello que  consideramos correcto y apropiado en sí mismo, y los datos de la realidad que por lo general se presentan como abrumadoramente distantes de nuestro ideal de mundo.

Cifras que asustan

Un dato revelador indica que cerca de 500.000 abortos se practican al año en la Argentina, abortos clandestinos, toda vez  que esta práctica está penada por la ley. Y es la principal causa de muerte en mujeres embarazadas en el país: abortos mal practicados, clínicas clandestinas que no reúnen las mínimas condiciones, curanderas, abortivos caseros. 

Hay que decirlo con todas las letras: en la Argentina todos saben que se practica el aborto y que es un negocio que otorga suculentas ganancias a quienes lo realizan. Alrededor de tres mil mujeres, la mayoría jóvenes y pobres, murieron en el país desde la recuperación democrática como consecuencia de abortos inseguros, según estadísticas oficiales.
 
Una  sonda, un tallo de perejil, una curandera que quiso ayudar en la desesperación. Muchas de las víctimas,  seguramente, tenían hijos, y quedaron huérfanos. Otras sobrevivieron, pero con el útero perforado, sin ovarios,
estériles, incapaces de gestar alguna vez.

Educación sexual

La sexualidad es una dimensión fundamental del ser humano, pero la sociedad de consumo ha hecho de ella un gran mercado, dirigido especialmente a los jóvenes, a través de los medios de comunicación que a cada minuto exponen la sexualidad como una mercancía. 

Cada vez es más común ver a las jovencitas (y no tanto) comentando los pormenores de las aventuras del bicherío de la farándula, en las que desnudan su cuerpo y su ajetreada vida sentimental, sus proezas amatorias, sus deslices de una noche, sus goces sibaritas. 

Cuando nuestros jóvenes están siendo bombardeados sistemáticamente con semejante batería de estímulos que  desdibujan la sexualidad, convirtiendo al cuerpo humano en un producto sujeto a la oferta y la demanda, y cuando a esto se suma el componente hormonal, se obtiene una bomba de tiempo lista para ser activada y explotar. 

¿Cómo evitar entonces la iniciación sexual prematura, la promiscuidad, el libertinaje y el aborto? La familia, la escuela, el estado y la sociedad deberían brindar, tanto a hombres y mujeres, desde niños, todos los conocimientos, valores, actitudes y habilidades para que en forma autónoma puedan iniciar responsable y constructivamente su vida sexual, en el momento que cada cual lo considere. 

La responsabilidad con la cual los miembros de una sociedad vivan su sexualidad será directamente proporcional a la responsabilidad con la cual la sociedad adulta se haga cargo de una buena educación sexual para la niñez y la  adolescencia.

Lamentablemente, sucede que la educación sexual está aún hoy cubierta de sexismo, mitos, tabúes y estereotipos  sexistas, y la realidad indica que las buenas intenciones quedan borroneadas por el silencio, que también es una forma de educar (o de desamparar) con la idea de que “de eso no se habla”.