Ama y haz lo que quieras

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.

La medida de Dios es el amor, nada más ni nada menos, por eso los criterios de Dios se distinguen de los nuestros. El atributo fundamental de Dios es el amor, ya que no mide ni calcula sus acciones hacia el hombre en términos de conveniencia personal sino que todo lo hace en función del bien del hombre. Dios quiere nuestra felicidad y el modo como elige darnos esa felicidad es participándonos de su amor incondicional. San Agustín en el “ama y haz lo que quieras” entendió perfectamente la dinámica de la verdadera justicia divina. Dios es justo en cuanto que ama y perdona y la balanza de su justicia no es venganza sino un perfecto equilibrio que nace del amor. Dios, en efecto, no ha creado al ser humano para castigarlo y condenarlo. ¿Cómo será posible conciliar la imagen de un Dios amor y al mismo tiempo etiquetarle el atributo de castigador y vengador? Bien dice un filósofo que es contradictorio pensar que Dios, si es amor, haya creado algo para después encontrar satisfacción en su destrucción, hubiera sido preferible no haber creado. Es obvio que en el riesgo de la libertad dada al hombre por Dios está el caudal inconmensurable de su amor, porque así como la libertad nos hace pecadores esa misma libertad nos lleva a la vida de la gracia con Él. La turbina que nos mueve hacia Dios y hacia el prójimo es el amor. Es en Dios y en el amor caritativo donde encontramos el molde adecuado que nos llevará a la perfección. Entender el amor de Dios en términos de justicia humana es incorrecto, hay que abrirse a una dimensión más profunda hasta entrar en contacto con la mente de Dios. Entender ¿por qué Dios actúa como actúa? es solo posible desde una actitud contemplativa que no solo usa el intelecto para la comprensión de esta realidad sino también el mecanismo del alma que puede llevarnos a entender “lo que ni ojo vio ni oído escuchó”. Es incomprensible, en términos de justicia humana, comprender lo que Jesús narra en el evangelio de hoy en relación con el último obrero que trabajó media hora y al que le paga igual que a aquellos que estuvieron trabajando todo el día. Se necesita frente al Evangelio una mirada mucho más profunda que aquella que puede darnos la sola elucubración mental. El Evangelio es palabra divina, y, por ende, para los que tenemos fe, ley superadora de la letra humana. Acaso Dios quiera decirnos que su acto de justicia no mide tanto la cantidad sino la calidad de nuestras acciones y que todo puede ser superfluo si estas acciones no llevan el sello distintivo del amor. El amor de una mamá es ejemplo del amor divino. La madre ama a su creación hasta ser capaz de dar la vida por ella. En efecto, una mamá ama a su hijo sea este virtuoso o pecador, sano o enfermo, inocente o culpable. La inspiración que la mueve es el amor más allá de lo que el hijo sea o haga. Si es buen hijo se deleitará y sentirá orgullo por él y lo amará con gratitud; si es mal hijo sufrirá en silencio por ese hijo y lo amará con dolor. El amor de aquella madre que felicita al hijo o hija en el día de su graduación no es distinto del amor de la madre que va a la cárcel a visitar a su hijo, es el mismo amor incondicional de madre solo que uno tiene el matiz del gozo y el otro el matiz del dolor. Si el hijo reconoce ese amor por ese amor será sanado y liberado. Con el pecador y Dios sucede lo mismo. En el amor de Dios somos sanados y reconstruidos y por eso a Él no le importa cuánto tiempo sino el exacto momento en que decidimos volver a Él para ya no abandonarlo nunca más.