Ceguera y mano dura

Inesperadamente, ardió Londres. Nadie lo esperaba: el clima político, revuelto por el affaire Murdoch y sus medios de prensa amarilla, había logrado ser conjurado por el conservadurismo en el gobierno y Cameron decidió que bien valía un relax en los soleados viñedos de la Toscana italiana. Y de pronto, en medio de ese sopor veraniego, prendió la chispa de esas dantescas imágenes de edificios incendiados, coches reducidos a hojalata, saqueos, pillajes, bandas juveniles, ciudadanos apedreados. Y muertos.

El gobierno, después de haber sido sobrepasado en sus previsiones, intenta imponer una lectura neutral de la movilización social, a la que sólo atina a desactivar mediante la represión policial y un mayor recorte de derechos civiles. 

Es cierto que, una vez iniciada la revuelta, en la bola de nieve que crece a cada paso se mezclan anarquistas con delincuentes, pandillas juveniles con minorías reprimidas, desocupados con ladrones. Pero negar el carácter de problema social que se encuentra en el origen de los desmanes es de una ceguera voluntaria. 

Porque los disturbios comenzaron con la muerte de un joven, integrante de una minoría racial, desocupado, en situación de pobreza y discriminación, y muerto a causa de una bala disparada por un arma reglamentaria de un agente policial. Intentar no verlo puede poner paños fríos en lo inmediato, pero sólo hará más grande la burbuja, y la presión social volverá a hincharla, más temprano que tarde.

David Cameron anunció que el “contraataque” había comenzado. Aseguró que inundaría Londres con 16.000 agentes policiales y carros hidrantes, y que no le temblaría el pulso para suspender las comunicaciones telefónicas e internet. Y todo esto en la ciudad ícono de la libertad de expresión, donde siempre cualquier ciudadano ha podido llevar su banquito a la Speakers´ Corner de Hide Park, subirse en él, y decir lo que piense (aunque lo que piense no sea muy agradable para los que mandan, o aun para Su Majestad la reina). 

Luego, se dirigió a la Cámara de los Comunes y ratificó allí su estrategia de medidas represivas como única vía para frenar el estallido social. Siempre en tono beligerante, aseguró que otorgará mayores poderes a la policía, e impondrá en algunos barrios toques de queda: un extremo común en el triste derrotero reciente de las dictaduras latinoamericanas, pero desconocido en la historia contemporánea de Gran Bretaña. Y rozó la sobreactuación cuando dijo que evalúa quitar la ayuda social a los jóvenes revoltosos y que sus familias sean expulsadas de las viviendas de protección oficial. 

Es imposible creer seriamente que David Cameron logrará parar, con medidas que aumentarán la discriminación social, un estallido que encuentra sus orígenes precisamente en la brecha de integración que el modelo de inclusión aplicado va dejando abiertas. 

Antes bien, parece una estrategia armada al calor de los acontecimientos y por una administración muy cuestionada, que no ha logrado hacer pie fuerte en ninguna de las medidas adoptadas desde que llegó al gobierno, y que necesita desesperadamente nuevas señales de legitimación en su ejercicio del poder. Pero, se decida el gobierno a mirarla o no, la otra cara de Londres empuja desde los bordes para llegar al centro. 

Tottenham, la barriada donde prendió la mecha de los disturbios, es sólo una avanzada de ese empuje. La rapidez con que los barrios se sumaron a la avalancha, así como el salto hacia otras ciudades británicas (Liverpool, Manchester, Nottingham, Salford, Birmingham y Bristol), demuestran que el ambiente sólo necesita de una chipa para que las llamas corran. 

Si David Cameron supone que aumentando la mano dura logrará desactivar a mediano plazo este coctel explosivo, peca de ingenuidad. Aunque la mano blanda con que se le ha visto tratar recientemente a los Murdoch y a los ricos magnates de la prensa, los bancos y el sistema financiero no lo mostraron cándido en absoluto, sino como un convencido liberal. Como el doctor Jekyll y el señor Hyde, una cara para cada ocasión.

Gatillo fácil
Tottenham sólo ha sido la excusa: la policía intentó impedir una marcha que protestaba por la muerte del joven Mark Duggan, un chico desocupado y de raza negra, que había muerto en un tiroteo con la policía. Un agente también fue herido, y Scotland Yard dijo que Duggan habría disparado, y en respuesta a la agresión lo ultimaron. Sin embargo, el diario The Guardian publicaba luego que los exámenes periciales mostraban que la bala que había herido al agente había sido disparada por otro policía. Un claro caso de “gatillo fácil” hacia los sectores más marginados. 

En Tottenham, como en los barrios vecinos que son auténticas ciudades satélites de la capital, el alquiler de un departamento cuesta alrededor de 1.000 euros; el municipio al que pertenece (Haringey) es el lugar de Europa en el que más lenguas se hablan –más de 300 idiomas y “slangs”-, y también el que soporta el mayor desempleo de Londres.