Sudán del Sur: un país, una esperanza

La semana pasada, la Asamblea General de la ONU admitió, por aclamación, el ingreso de Sudán del Sur, trámite que completa los procedimientos formales del nacimiento de un nuevo país, el número 193 del mundo, por la única vía que permanece y es admitida en estos días nuestros, tan modernos, racionales y felizmente alejados de bendiciones divinas en los asuntos políticos: la aceptación de los pares.

La partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha sido la mejor solución a un viejo y triste problema que, además, fue impuesto por agentes externos. 

Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, impuso la convivencia en un único Estado de dos entidades sociales distintas. Las poblaciones nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz arabo-egipcia y religión islámica, junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100 grupos lingüísticos diferentes) del Sur, selvático y tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era). La forzada convivencia terminó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005. 

Una sangrienta guerra civil

Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los acontecimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. 

Los acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referéndum para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por ciento de votos por el Sí. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por el genocidio perpetrado en Darfur, aceptó l consulta, y el nuevo país avanzó hacia su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio. 

Sólo faltaba el ingreso a las Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona como la instancia legitimadora del planeta. El provisional gobierno sur sudanés solicitó el sillón número 193 el lunes 11. El Consejo de Seguridad recomendó positivamente la admisión el miércoles 13; y la Asamblea General aceptó, el jueves 14, el ingreso de la República de Sudán del Sur.

Todo por hacerse

Todo ha sido una fiesta, la manifestación de una alegría indisimulable, expresada con esa capacidad musical para los cantos y los bailes tan propia de los africanos. Festejan no sólo el corte de los lazos con el Norte, sino también el fin del proceso colonialista y con la opresión que Occidente –Gran Bretaña en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud. 

Pero también todo está por hacerse. Los detalles ocuparán parte de este tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra, como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada en la larga guerra; y verde, como la selva; con un triángulo azul, como las aguas que aporta el Nilo. Tienen un nuevo himno; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursudanesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas… 

Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. Hará falta mucha imaginación, paciencia y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza. 

El nuevo Estado, que se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano, comprende una superficie de 640.000 km2 (unas cuatro veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9.000.000 de habitantes. De ellos, más del 90 por ciento sobrevive por debajo de la línea de pobreza. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y única ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte de los espacios públicos. 

Estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo que alojan más del 75% de los 500.000 barriles de crudo diario que exportaba el Sudán unificado hasta la semana pasada. Los pozos están en el Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte. Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte la frontera más larga de África.