Obama mueve las fichas

Las primeras decisiones del presidente norteamericano, tras el descanso de las fiestas de fin de año, muestran que el primer bienio al frente de la Casa Blanca ha templado el carácter de Barack Hussein Obama, y que ese aprendizaje en el ejercicio del poder lo lleva a recuperar la iniciativa en un entorno adverso, para pelear la nominación demócrata a la reelección en 2012. 

La firmeza del presidente y los movimientos estratégicos que está mostrando han sorprendido a los observadores. Especialmente después de las críticas que algunas de sus posiciones dubitativas levantaron durante el año pasado y que, en su conjunto, contribuyeron a la dolorosa derrota que tuvieron que soportar los demócratas en las elecciones legislativas de noviembre. 

No tiene mayor sentido encarnizarse con Obama por esas idas y vueltas, leídas como debilidad y falta de experiencia en el manejo de la cosa pública por una parte considerable de los analistas internacionales. Muchos de éstos, precisamente, habían sobredimensionado las expectativas de su llegada al poder; una inflación ficticia de esperanzas que provocó que, en el corto plazo, la falta de transformaciones estructurales condujera a un desencanto con la figura del presidente. 

Pero más allá de esta conducta un tanto errática en algunos de los sectores que lo habían aupado al centro neurálgico del poder mundial, sí es cierto que también tuvieron una dosis de responsabilidad en el manejo que el entorno del presidente hizo de la agenda y del tratamiento de las coyunturas internas. 

Las duras posiciones críticas frente a los gigantes financieros, a quienes se responsabilizaba de la crisis global, se corregían en cuestión de días y terminaban implicando un giro de reservas públicas para salvar a las mismas firmas que antes se había censurado. O el pavor que se pintó en el rostro del presidente cuando el fallecimiento del senador Ted Kennedy, en agosto del año pasado, lo dejó sin mayoría propia en la Cámara Alta, sin uno de sus principales apoyos para la reforma sanitaria entonces en trámite y sin el interlocutor con la vieja oligarquía demócrata del feudo de Massachusetts. 

El rostro de desconcierto y las canas prematuras del mandatario asustaron entonces a más de uno. El saldo de la primera mitad de la presidencia era escueto, demasiado magro. Con la popularidad en declive por las expectativas frustradas, Guantánamo abierto y vigente a pesar de todas las promesas, Irán en ruta hacia la bomba nuclear sin nada que lo pare, Rusia volviendo a despertar de un sueño de olvido, Israel desoyendo las presiones, China financiando descaradamente el déficit público estadounidense, Afganistán desangrándose, una multiplicación cancerígena de agencias de seguridad que no logran evitar siquiera que un estudiante musulmán introduzca un explosivo en un avión con rumbo a New York, Irak corrupto y sin visos de solución y con una desocupación interna que no se aleja de la frontera del 10 por ciento de la población, el presidente parecía haber perdido el rumbo. 

En la vereda de enfrente, los conservadores más activos comenzaron a limarse las uñas y los dientes. El fogoneo a los fundamentalistas del Tea Party y la machacona repetición de los condicionantes que acabamos de reseñar les otorgaron a los republicanos el manejo de la Cámara de Representantes en las elecciones de noviembre pasado. El Congreso resultante, el 112º legislativo de los Estados Unidos, asumió sus curules la primera semana de enero, y llegó con todas las intenciones de tumbar las reformas aprobadas por Obama -especialmente la polémica reforma sanitaria, también el gasto público y los controles a las grandes firmas de Wall Street- y cerrarle el camino a la reelección. 

Pero el Obama que encuentran en Washington ha cambiado. Ya no queda ni una pizca de mirada dubitativa y sus gestos son relajados, seguros; la oratoria vuelve a ser encendida, encantadora, como en los mejores momentos de aquella campaña que lo convirtió en el primer negro en sentarse en la poltrona del poder, apenas a 43 años de que los afroamericanos conquistaran el derecho a voto, y sólo 143 años después que la esclavitud fuera (formalmente) abolida.
Esta nueva parada del presidente no era la que esperaban los líderes republicanos. 

Tanto el nuevo vocero opositor en la Cámara Baja, John Boehner, como el jefe de la bancada conservadora en el Senado, Mitch McConnell, llegaban a sus escaños para enfrentar a un Ejecutivo con la guardia baja. En cambio, se han encontrado con un político recuperado, que parece haber aprendido a fuerza de golpes, y que los primeros días de enero les ha arrebatado el protagonismo y la iniciativa: Barack Obama ha anunciado que moverá las principales fichas de su tablero, cambiará el gabinete, reestructurará el gobierno y comenzará a plantear la estrategia para alcanzar un segundo mandato en 2012. La novedad política más descollante del siglo XXI conserva la capacidad de sorprender.