Vargas Llosa: la dimensión política de un Nobel de Literatura

Faltaban todavía unos segundos para la una de la tarde cuando Peter Englund, secretario de la Academia sueca, abrió la famosa puerta blanca de la sede académica y pronunció el nombre del escritor hispanoperuano como nuevo galardonado con el premio más prestigioso de las letras universales. Lo dijo en varios idiomas y cerró “en castellano”. Como siempre, las razones de la Academia caben en dos líneas: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”.

Leí La guerra del fin del mundo en Santiago de Chile, en el invierno de 1989. Hasta ese invierno tan duro y tan triste de mi vida, había leído poca cosa de Mario Vargas Llosa, a quien la Academia Sueca acaba de galardonar con el Premio Nobel de Literatura. Yo no había leído mucho de su obra, pero para fines de los 80 ésta ya era vasta y cuantiosa, y seguiría aumentando para rondar hoy el medio centenar. 

Una obra tan vasta se estructura comenzando muy temprano y muy decididamente, y Vargas Llosa hizo ambas cosas. Su primer libro se editó cuando tenía 16 años: La ciudad y los perros lo catapultó a la fama con apenas 27. Dos años después llegaría La casa verde, en 1965, y en otros dos Los cachorros. Para cuando cumplió los 30, era un escritor mundialmente reconocido e inmerso, de lleno, en ese maremoto de las letras latinoamericanas que dio en llamarse “el boom”. 

Todos los escritores del “boom”, como hijos de su tiempo al fin y al cabo, ya sea por acción o por omisión tuvieron una importante presencia en la escena política de América latina, desde García Márquez a Onetti, desde Neruda a Borges, desde Cortázar a José Donoso, de Octavio Paz a Benedetti, y Vargas Llosa no quedó fuera de esa ola que impulsaba a los intelectuales a tomar partido por la política y las transformaciones sociales. 

Y el otorgamiento del Premio Nobel (hoy a él, ayer a algunos de los otros) también guarda una relación con los roles que cada uno decidió jugar en aquellos años. 

Decía que aquel triste invierno en que rehuía de la gente y me internaba en los parques de la ribera del Mapocho con el grueso lomo de La guerra del fin del mundo bajo el brazo, se abrió ante mí un universo literario que desde entonces me acompaña desde muy cerca. 

Y al mismo tiempo, una discusión permanente con su creador: por sus posturas ideológicas tan cerradas, por su manera de leer la realidad política y social de una manera voluntariamente sesgada, por esa costumbre suya de apostar siempre en contra. En contra del camino que tomen las mayorías, en contra de los discursos socialmente inclusivos, en contra de todo lo que huela a popular. Vargas Llosa es, políticamente, un conservador que utiliza la parafernalia discursiva del liberalismo para cubrir con esa lana de oveja su verdadera piel de lobo, puro y duro.
Sin embargo, esa postura de ortodoxia liberal fin fisuras se desdibuja y queda en los márgenes en el momento en que uno se zambulle en sus novelas. Lo que hizo con La guerra del fin del mundo, esa pretensión de llegar a una novela que cobijara la visión de todo un continente, volvió a intentarlo con La fiesta del Chivo. 

El régimen autocrático, entre fantasmal y circense, de Trujillo en la República Dominicana, sus excesos y su locura, su pasión por los coloridos uniformes entorchados, y, al mismo tiempo, el pavor del generalísimo a mearlos por su poco control de esfínteres, aportan más elementos para la comprensión de América que varios sesudos tratados académicos. 

Por eso escuece tanto cuando ese escritor genial, de prosa densa, de obra vasta, de talento comprobado, deja la literatura y se sube a la tribuna. Una grada política que, sin excepción, utiliza para defender a los poderosos de la tierra y al statu quo. 

Su activismo contra, en sus palabras, “el autoritarismo y la corrupción endógena de latinoamérica”, ceba sus dardos en Cuba, y contra Fidel Castro el tema ya es personal; contra la Venezuela de Chávez; la Bolivia indigenista de Evo; Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. Apenas un escalón más abajo de esos villanos de toda villanía, Vargas Llosa también articula argumentos críticos punzantes contra los “populismos”, como ese recalcitrante peronismo argentino, que vuelve una y otra vez a escena, ahora de la mano de un matrimonio presidencial que le provoca más sospechas que otra cosa. 

Por eso en los 80 Mario Vargas Llosa decidía pasar de la tribuna intelectual a la real, y se postulaba para la presidencia del Perú. Justificaba su salto a la arena política en que su persona traería racionalidad y realidad a un ambiente viciado. Alan García, para el escritor, era la imagen del desgobierno al que había llevado al Perú el populismo de izquierda; la guerrilla de Sendero Luminoso era la expresión de la locura a la que la izquierda radical puede empujarnos. Y Alberto Fujimori era la traducción del populismo vacío de ideología. Quizá en esto último no se equivocaba tanto. 

Pero lo venció Fujimori. Despechado, Mario Vargas Llosa se fue a Madrid y tomó la nacionalidad española. Que allá se quedaran los peruanos con sus políticos poco realistas y poco racionales, él seguiría con la literatura. Cada vez que leo un nuevo libro suyo, creo que fue una buena decisión.