Enterrar a Blair

El congreso del Partido Laborista británico acaba de generar una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva políticos que habían sido desplazados durante más de una década.

La aparición de un Blair joven, carismático, de sonrisa perpetua, recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, cierre de minas de carbón y privatización de los servicios públicos hizo que Tony Blair concibiera un corrimiento del laborismo al centro, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos y los ideales igualitaristas de la izquierda inglesa. 

El Nuevo Laborismo consistió en eso, en la renuncia a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo), el giro en el discurso de Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada. 

En el mejoramiento de la paz social el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la delegación de facultades legislativas a los colegios parlamentarios de Gales y de Escocia. Lo que parecía impensable apenas unos años antes se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas celebraron los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación que sigue siendo un ejemplo de política internacional para imitar. 

Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía”; que no se había acercado a la Unión Europea más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente al gobierno de derecha estadounidense del republicano George Bush (junior). 

La invasión a Irak y el ocaso del laborismo 

Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional. El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible y el aumento constante del desempleo avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua. 

Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie —salvo en tono irónico— denominaba “New Labour”. 

El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham. 

Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta: ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora? 

El congreso laborista parece haber llegado a una respuesta a esa interrogante: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales. Y eligieron a Ed Miliband, un “duro”.