Mujer, género y lapidaciones

Los cambios de la posmodernidad enmarcan el caso de la mujer iraní Shakine Mohammadí Ahstiani, y han logrado detener su muerte por la vía de golpearla con piedras hasta que se desangre, en una sádica agonía que busca defender principios culturales, pero que sólo es la manifestación de resabios de salvajismo e intolerancia machista. Le ejecución de Shakine por lapidación ha sido postergada por el régimen iraní, presionado por la inédita y masiva reacción mundial expresada en la red.


Tomar el caso de Shakine como uno de los indicios de la nueva política internacional también implica asumirlo desde una mirada puesta en el género, porque todo el proceso contra ella está teñido de elementos que sólo pueden explicarse desde allí, desde una perspectiva analítica que asuma las inequidades de género como criterio explicativo. Los análisis desde el género no se limitan a las discusiones sobre el uso del pañuelo en los edificios públicos por las mujeres turcas, la prohibición del “shador” a las niñas musulmanas en las escuelas españolas o la prohibición del “burkha” en toda Francia. 

Mirar la realidad internacional desde la perspectiva de género va mucho más allá de las disposiciones políticas sobre la vestimenta. Porque Shakine está en vilo de ser muerta a pedradas por varias razones, pero por sobre todas las cosas, por el hecho de ser mujer. 

Shakine Mohammadí Ahstiani tiene hoy 43 años, dos hijos y está viuda. Forma parte de la minoría azerí, que habita en zonas rurales y habla un dialecto turcófono que tiene pocas similitudes con el persa oficial y mayoritario. En 2006 entró en prisión acusada de haber mantenido relaciones sexuales con el hombre que había matado a su marido. No se presentaron testigos, pero igual la mujer fue condenada a recibir 99 latigazos, que ya entonces estuvieron a punto de matarla. Aunque el juicio concluyó y la condena se cumplió, otro juez aún más riguroso decidió reabrir su caso, y consideró que aquella “relación ilícita” con el supuesto asesino de su marido se había dado ya en vida de éste, por lo cual el delito de Shakine era mucho más grave que el de complicidad en un asesinato: ahora se la acusaba de adúltera. No importó que tampoco en este segundo juicio (sobre cosa juzgada) hubiera testigos, y que la mujer dijera que la confesión le había sido arrancada bajo tortura y negara todos los cargos. Los estrictos jueces apelaron a la “sharia” --la ley islámica— y la condenaron a morir a pedradas. 

Cuando el ayatollah Ruhollah Khomeini regresó desde su exilio francés y encabezó la revolución islámica que derrocó al sha de Persia, reemplazó el código penal por un conjunto de normas vinculas con la tradición jurídica musulmana inspirada en el Corán, aunque una corriente del islam niega que castigos como los impuestos a Shakine puedan tener asidero en el libro sagrado, y achacan esa lectura rigorista al carácter conservador de la versión chiíta del régimen iraní. 

Más allá de estos debates, objetivamente el código penal vigente en la República Islámica de Irán desde 1979 regula, como castigo del delito de adulterio, la muerte por lapidación, hasta el detalle sobre las maneras en que la adúltera debe morir: se debe enterrar a la condenada en un pozo, cubriendo su cuerpo hasta los senos; y regula el tamaño de los proyectiles: las piedras no deben ser tan grandes como para que la maten rápido, ni tan pequeñas como para que no le causen heridas. Los testigos que presenciaron el adulterio deben arrojar las primeras, el juez que dictó la condena a muerte, las segundas. Los sucesivos y lentos golpes en el pecho, cuello y cabeza de la mujer causarán una lerda agonía, hasta que la hemorragia de las heridas provoque su muerte. 

Entonces reaccionó la “web”, que generó un movimiento de presión mundial que llegó a las máximas instancias políticas, diplomáticas y religiosas. El brasileño Lula da Silva sufrió en carne propia la presión de la red global. Los internautas le pedían que, dada su relación de especial cercanía con Mahmmoud Ahmadinejad y su gobierno, intercediera. En un primer momento Lula se negó, pero cuando la avalancha ya era imparable en todo el mundo, “apeló a su amigo” Ahmadinejad, y le solicitó que le permitiera que Brasil le concediese asilo político. En cambio, el presidente de Irán cortó por lo sano, le respondió a Lula por televisión: Shakine no irá a Brasil ni a ningún lado.
El régimen de los ayatollahs iraníes se asienta en la tradición. El caso de Shakine pone en evidencia la puja entre la tradición —asegurada por la soberanía— y la capacidad de influencia de la sociedad civil mundial. La manera en que el caso se resuelva mostrará las tendencias del nuevo tiempo internacional.