Una granja para recuperación de adictos a la droga y el alcohol

San José: un refugio donde la vida recupera su sentido

Al refugio San José se llega atravesando un sendero bordeado por grandes árboles. La mirada y los sentidos se expanden en un infinito horizonte de verde, silencio, paz y sosiego sólo interrumpido por el polifónico concierto de los pájaros. Transitar lentamente esa huella abierta, sin alambrados, sin barreras, como quien nos recibe con los brazos abiertos y un “puedes entrar y salir cuando lo decidas”, es suficiente para ensanchar el alma.

A poco de andar, se divisa una sencilla construcción con jardines, algunos árboles frutales, un cerco de altos pinos y en el fondo, la granja con su variedad de animales, muchos perros guardianes, celosos del lugar.
Así es la granja donde el padre Juan José Crippa y sus colaboradores se dedican al trabajo de recuperación de jóvenes y adultos que por distintas circunstancias de su vida cayeron en el consumo de drogas y alcohol.
El padre Juan José hace 23 años es sacerdote y estuvo antes en varias parroquias, pertenece al clero diocesano, vive en la granja y, además, es párroco de la iglesia Santísima Trinidad de Resistencia.

Vocación de servicio e independencia

Su preocupación por los jóvenes adictos la tiene desde siempre dice “en los encuentros con grupos juveniles, advertimos como la droga entraba insidiosamente en ellos e iba cambiando su estructura. Fuimos acompañándolos a través de esos encuentros, hasta que llegó el momento en que un grupo de nosotros decidimos hacer un acompañamiento más próximo, más comprometido. Así surgió la idea de una casa de contención, para jóvenes y adultos. Y aquí estamos, desde hace ocho años”.
El refugio es independiente, no depende de ninguna otra institución, se sostiene con la ayuda de la gente, de amigos de la casa que aportan $ 10 mensualmente.
“A veces recibimos alguna ayuda extra, pero hasta ahora no tenemos nada fijo. Por ahí, no se dieron las circunstancias, y por ahí, esto es muy particular, hay muchas experiencias que se vienen haciendo a nivel provincia. Hay características y situaciones que uno las tiene que llevar adelante, y el condicionamiento de lo económico o el aporte que pueda hacer alguna institución puede malograr el trabajo”.
Hoy son doce los internos, y esa la cantidad máxima que se puede acompañar y atender. “Falta material humano para la contención, somos tres coordinadores los que vivimos acá y seis que se van rotando”.

Rutina diaria de los internos
En un día normal los internos se levantan a la seis de la mañana. Tienen su momento de oración, luego el trabajo comunitario. Atienden los animales, les dan de comer, les cambian el agua. Luego se desayuna para dedicarse después a alguna tarea de la casa o tomar clases de herrería, manualidades, electricidad o tareas en el jardín con profesores, hasta cerca del mediodía. A esa hora se reúnen bajo la sombra de los árboles, leen algún pasaje de la Biblia y la interpretan en conjunto.
Luego en la pequeña capilla, rezan y de allí al comedor para el almuerzo. Una vez terminado llega la hora del descanso de la siesta.
Por la tarde tienen un momento de reflexión, un momento para compartir sus vidas, hablan sobre los progresos, los descubrimientos. Se hace algo de deporte hasta la hora de la merienda y después, en tiempo libre. Algunos miran TV, usan la computadora, internet o la radio, hasta la hora de la cena.

Internación con aprendizaje
El padre Juan José cuenta que la Granja funciona anexo de la EPET 4 y tiene profesores titulares que dictan clases de herrería, electricidad, carpintería, jardinería, albañilería y manualidades.
Del refugio salen con sus certificados de capacitación, y como los jóvenes ingresan en cualquier época del año, muchas veces ya comenzados los cursos, sucedió más de una vez, que finalizaron su recuperación e ingresaron a las escuelas técnicas para concluir su capacitación.
Cuando se presentan casos de jóvenes o adultos analfabetos, hay maestros que se ofrecen y les enseñan las primeras letras.
Algunos aprenden lo básico, otros completan el nivel secundario; otros la universidad. Todo depende de cómo los haya afectado la droga a cada uno.

Condiciones de ingreso

El ingreso a la granja se había establecido a partir de los 14 años, pero se tuvo que bajar a ocho, porque ya a esa edad presentan problemas de adicción.
La adicción se da tanto en las clases sociales altas, como bajas y muchas veces por carencias afectivas y familiares o por el propio entorno.
El padre recuerda a un niño de 8 años, que estuvo dos años para recuperarse. Inhalaba pegamento, luego la madre se lo llevó porque lo necesitaba. Hoy se encuentra en las calles, en Resistencia, ya no consume. Pero se trata de un resultado incierto, por lo pequeño que es.
“Hacemos terapia familiar, una vez por semana nos juntamos con los papás en Resistencia, para que todos participen y vayan transformando alguna realidad en sus casas”.
Los internos tienen como base de recuperación nueve meses, tiempo en que los padres deben estar dispuestos a acompañarlos, sino no son aceptados. El proceso lleva doce meses. Los nueve primeros son de internación, después comienzan a compartir los tiempos, pasan más días en sus casas y menos en la granja. De esta manera se van insertando nuevamente a sus familias.
“Nunca hemos experimentado casos extremos o de violencia, a pesar de que hemos tenido gente con más de 30 años de adicción. Por ahí estuvo algún tiempo perdido, pero después siguió normalmente. Yo creo que eso se debe mucho a la oración, a la contención, al amor con los acompañamos, porque todo lo hacemos con amor”, asegura el padre Crippa.

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