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Felipe Di Marco, a la eternidad desde los doce pasos

El robusto defensor con bigotes y morfología que daba más bien gordo se dirigió serio, como siempre, para acomodar la pelota en el punto penal. Una nerviosa calma se percibía en el aire.

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La definición desde los doce pasos que quedó en la historia por el inolvidable ascenso de Chaco For Ever.

Sabía que no debía fallar... tenía decidido de qué forma pegarle. Prestancia y carácter sobresalían en un central exquisito con dominancia absoluta del juego por el piso como de aire. Había llegado en silencio desde Rosario y aquella tarde de julio de 1989 saldría de sus piernas el ascenso más importante, en la que va hasta ahora, en el Gigante de la Avenida.

El Oso (tal apodaban sus compañeros) concede por primera vez una entrevista después de dejar el Chaco, y tal vez por su introversión o quien sabrá por qué, relativiza magna responsabilidad aunque no al hecho histórico: “En ese momento lo tomé como un penal más, lo tenía que hacer y listo... no me iba a achicar justo esa tarde ”.

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Felipe Di Marco, el exquisito “stopper”, hoy, flanqueado por sus hijos Santiago (chaqueño) y Matías (rosarino).

Habitante de un mundo de introversión grabó su imagen de jugador con jerarquía como también la de compañero con valores que dista bastante de aquellos que no pierden ocasión para hacerse notar. Eso hace que aún viviendo en una ciudad tan apasionada por el fútbol, como Rosario, no dé pistas del extraordinario jugador que fue. Rubén Sogne (amigo en común y mediador en el encuentro) cuenta que ni entre sus más íntimos jamás lo han escuchado chapear de su pasado ganador, siendo que, además, con Newell’s Old Boys fue subcampeón dos temporadas seguidas. La emotiva charla fue como acercar su figura corpulenta con trato agradable y respetuoso.

-¿Cómo continuó tu vida una vez que dejaste el fútbol?

-Cuando falleció mi padre (1994) tuve que hacerme cargo de la metalúrgica que era el trabajo de toda su vida ya que mi único hermano se dedicó a la medicina, también fui administrador de algunas propiedades que habían quedado. Dirigí el taller durante 17 años y luego construí cocheras en el lugar. Cuando ocurrió lo de mi viejo, yo estaba en Los Andes, siendo esa mi última relación con el fútbol ya que después solo lo jugué informalmente hasta los 43 años cuando se me manifestó la artrosis. Este año me colocaré las prótesis sí o sí, lo estiré al tiempo todo lo que pude solo porque era aún joven. Hoy casi no puedo caminar, y cada dos días uso antiinflamatorios.

-¿Alguno de tus hijos siguió tus pasos?

-Los dos eligieron estudiar y estoy orgulloso de ellos por poder ayudarlos. Yo estoy separado hace 16 años, aunque siempre sigo cerca de ellos ya que viven con su madre a cinco cuadras de casa. Santiago, el mayor, nació en Resistencia y será odontólogo a fin de año, mientras que Manuel (27), está terminando Derecho. Mi madre (80) vive en Italia hace 20 años, y mi único hermano (52) es traumatólogo oncólogo y reside en Francia, con su mujer cardióloga. Aunque no lo demuestre estoy feliz por haber jugado al fútbol, también por la pequeña gran familia que tengo y hoy solo le pido a Dios que me deje caminar normalmente, no aspiro a otra cosa.

-¿Cuánto le sirve a un chico, en fútbol, formarse en la escuela rosarina?

-Yo jugaba en el barrio con el equipo de un señor que nos presentó a Ñuls donde le permitieron formar una presexta que de a poco nos mezcló con los del club. En Ñuls jugué pocos partidos en primera, eso sí, los más importantes, estando en la foto de dos subcampeonatos logrados. Salimos detrás de River y Central. El Indio Solari fue un técnico que me marcó mucho, tal vez por llegar en un momento justo de mi vida. Ya en For Ever, Oscar Palavecino fue motivador y paternal, recuerdo que antes de entrar a la cancha solo me decía: “Vamos Oso, que usted puede”, algo tan simple pero que me servía muchísimo.

-¿Es verdad que al dejar el profesionalismo también lo hiciste con todo lo que tuviera que ver con una pelota de fútbol?

-Jugar al fútbol fue una etapa buena de mi vida pero que ya fue, y no vivo de recuerdos. Cuando me retiré jamás regresé a ninguna cancha, tampoco veo Felipe Di Marco, a la eternidad desde los doce pasos Por Cacho Leguizamón o escucho fútbol, tal es así que algunos de los que me conocen no están enterados que alguna vez fui jugador y si a eso le sumás que apenas puedo con mis piernas, mucho menos. Cuando chico Iba a verlo a “Ñuls” aunque cuando me di cuenta que podía jugar en primera ya dejé de seguirlo, debe ser que el fútbol me interesaba solo para jugarlo, no de otra forma.

En los asados de los jueves mis amigos miran la tele cuando hay algún partido, sin embargo a mi me da lo mismo si no la prenden. Acá en Rosario vivo tranquilo, nadie me conoce y ni siquiera polemizo sobre fútbol porque solo veo partidos de tenis. De Chaco sé muy poco, solo tengo registrado lo vivido en el Nacional “B” incluso hasta la liguilla, pero de los otros partidos que jugué en la “A” casi nada. De mis compañeros con el único que me crucé una vez fue con Daniel Sperandío y hace muchos años, en una estación de servicio donde charlamos un ratito, nos abrazamos y reímos recordando lindos momentos. Otro fue Huguito Parrado, quien alguna vez pasó a saludarme.

Cuando jugué en Morón lo visité a Merlo (arquero) que por ese tiempo vivía en Boedo. Y si en Chaco vos me decís que la gente aún me recuerda me alegra mucho, a uno le llega como una caricia pero no puedo agregar otra cosa, es mi forma de ser, que sepan disculparme. Mi vida desde hace muchos años es otra y nada tiene que ver con una pelota.

-Aquel penal convertido a Lanús en la última fecha ya es un mito, algunos dicen que no sólo le entraste a la pelota sino que, además, pateaste la tierra.

-Noremberg (Hugo) era el encargado de patear los penales pero esa tarde, cuando Lousteau (J. Carlos), lo marcó el gringo caminó hasta donde yo estaba y solo me miró. Con eso me dijo todo. Se ve que no se sintió seguro y era yo quien lo seguía en el orden cuando él no estuviera bien. Tomé la pelota como lo había hecho otras veces, para la gente no era cualquier penal, para mí uno más porque jamás le escapé a la responsabilidad dentro de una cancha. Decidí patearlo bien fuerte, no la calcé muy bien, lo reconozco, porque la pelota sale mordida.

Le entré desde la mitad hacia arriba para que no se levante y al calzarla sentí un hormigueo que imagino fue por el momento ese de una tensión muscular que ningún jugador puede evitar. Cuando le pegué sentí como un hormigueo en la pierna y ya en el aire tirándome al piso, temiendo el desgarro en el apoyo o seguir corriendo. Por suerte solo fue una fea sensación y pude terminar jugando. No hay otro misterio, no pateé la tierra, no me lastimé el dedo gordo, ni nada parecido.

Esa tarde fue cuando “Felipe venció a Felipe” ya que el arquero Perazzi se llamaba Felipe... como yo.

Anécdota

Llegué a la terminal de Resistencia durante una madrugada y nadie me esperaba; agarré por una avenida (Alberdi) para otro lado caminando hasta que se terminó el asfalto. Volví hasta encontrar el hotel (Marconi) y ni el conserje tenía la orden para alojarme. Me había recomendado Lulo Milissi -dirigente rosarino- pero Motta (Rodolfo) apenas me vio me aclaró que él no me había pedido, me dijo que esperaba a Giovagnolli.

Encima, mis kilogramos de más no me ayudaban en la presentación, hacía dos meses que no entrenaba, solo ayudaba en el taller de mi viejo porque Ñuls me había dejado libre. Mi físico poco estilizado lo hacía dudar pero le pedí que me probara, que tal vez le podía ser útil. Después de unos días y superar la prueba acordamos que quedaría porque Giovagnolli no llegó nunca. Los primeros partidos jugó Gómez (Osvaldo) como titular.

A la primera práctica de fútbol llegué tarde y jugué solo quince minutos con los suplentes teniendo a Tito Vilchez como arquero, Alarcón de líbero y Mauricio Esquivel en un lateral. Con los titulares jugaban Merlo (Néstor) y Freyre (Celso), a quienes escuché (lo decían entre ellos) mencionar... “el Oso”, cuando se referían a mí. Por ese tiempo yo usaba barba y así excedido de peso tuve que marcarlo a Córdoba (Chirola) que parecía un avión cuando pasaba cerca mío.

Para no complicarme, rechazaba todo lo que me llegaba y eso fastidiaba a Esquivel, tanto, que en uno de los rechazos escucho que hablan detrás de mí pidiendo a Vilchez, el único al que conocía: -“¡Che, pedile a la bolsa de papas que, aunque sea una vez, salga jugando!”. Entre ellos festejaban la ocurrencia mientras yo seguía ignorándolos, ya que siempre fui algo parco. Aquellos chaqueños eran unos jugadores bárbaros, sobre todo Esquivel, “Zapallo” Cravero y Raúl Valdez, entre tantos otros que no me vienen a la memoria en este momento.

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Cacho Leguizamón
Cacho Leguizamón